GALICIA-AUSTRALIA
VIEJOS
AMIGOS
Mª Rodríguez Galdo y Abel Losada Álvarez
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1. Galicia, un país de
viejos emigrantes.
2. Gallegos hacia la
Terra Australis Incognita.
3. Presencia en Australia
de un gallego singular. El Obispo. Fr. Rosendo Salvado.
4. Australia, país de
inmigración. Las singularidades de la presencia gallega en la emigración española
a Australia.
Este trabajo constituye una aproximación al
estudio de las relaciones establecidas entre Galicia y Australia durante un
periodo próximo ya a los quinientos años. Se inicia con una presentación de
Galicia como país de emigración, una tierra de fuerte tradición marítima y
vocación atlántica que proyectará también su presencia en las expediciones
promovidas por la Corona española través del Pacífico
Un segundo apartado se dedica a la acción
de marinos y navegantes gallegos adentrados en el Pacífico en busca de tierras
ignoradas para los europeos de su tiempo y
particularmente la llegada
de la nave
San Lesmes, que había salido de A Coruña en un lejano 24 de julio de 1525,
Se continúa posteriomente con el estudio de la presencia y
realizaciones de un gallego singular, como fue Rosendo Salvado, en aquella
tierra austral, para, tras una presentación de Australia como país de
inmigración, centrarse, en las singularidades de la
presencia gallega dentro de la emigración española a aquel continente .En las
últimas páginas se ofrece una panorámica de las actuales relaciones entre
Australia y la comunidad Autónoma de Galicia.
Se impone una
reflexión sobre los lazos que unieron a los habitantes de un viejo país como
Galicia, con gentes de una tierra considerada incognita por mucho tiempo para los europeos; de una tierra intuida
en mapas y representaciones; avistada por hijos de Galicia en un ya muy lejano
siglo XVI; y depositaria en exclusiva, hasta muy avanzado el siglo XVIII, de una
cultura ancestral, que otro hijo singular de Galicia como Rosendo Salvado
(imbuido de ideales de cristianización y de valores civilizadores propios de su
época), sabrá con todo apreciar, comprender y contribuir a dar a conocer al
mundo de la cultura occidental en el siglo XIX. Partíamos del conocimiento de
los procesos históricos que llevaron al establecimiento de relaciones, que bajo
distintas formas, correspondientes a períodos históricos también diferentes,
se extienden por un tiempo que se acerca a los casi míticos quinientos años.
Esta investigación se beneficia, de algunas ya
publicadas, como las de Amancio Ladín y otros autores señalados a lo largo del
texto y de más aportaciones entre las que destacan las realizadas por Vicente
Peña Saavedra y Pilar Freire Esparís, con quienes tuvimos la oportunidad de
discutir, durante un tiempo aspectos de este trabajo elaborando el material para
la exposición Inaugurada en Sydney en Abril de 1999
GALICIA,
UN PAÍS DE VIEJOS EMIGRANTES
El territorio que
actualmente denominamos Galicia, la tierra más occidental del Continente
europeo, la vieja Finis Terrae de los
romanos, constituyó hasta bien avanzada la Alta Edad Media un foco de atracción
de sucesivas olas humanas que procedentes del Norte y el Centro de Europa, del
resto de la península y del continente africano se fueron asentando en su
espacio geográfico y modelando la personalidad étnica de un pueblo. En los
siglos finales del quinto milenio antes de Cristo, al tiempo que se estaba
produciendo la muy lenta implantación de la primera sociedad campesina, emerge
el fenómeno megalítico, caracterizado en el aspecto arquitectónico por sus
complejos funerarios, que se mantendrá en plena vigencia hasta finales del
tercer milenio. Se abre ahora el tiempo del llamado Grupo galaico de arte rupestre al
aire libre, los petroglifos galaicos que muestran unas características
marcadamente propias. En la introducción de los siglos X a. C. se sitúa la génesis,
lenta e irregular pero definitiva, de la cultura castreña, con lo que ésta significa de progresiva
sedentarización de la población. Se puede afirmar que el mundo castreño
supone la primera y definitiva fijación conocida de la población galaica al
territorio.
Sobre el sedimento vivo
y protohistórico de la cultura de los castros se superpuso la romanización,
que se inicia con la primera presencia de las tropas de Roma allá por el año
137 a. C. Nace la nueva Gallaecia, en
la que la partir del año 409-10 irrumpirán los suevos instalándose en la
antigua provincia romana y creando un reino independiente hasta su incorporación
al reino visigodo. A lo largo del tiempo arribaron hasta las costas gallegas los
bretones, que ya aparecen documentados en el siglo VI, más tarde los musulmanes
(s. VIII) y tras ellos los
normandos (s. IX). Pero esta tendencia a ser tierras de aluvión humano comienza
a quebrarse ya en el ecuador de la Alta Edad Media (s. VIII), período en el que
es posible documentar la salida de gente del país hacia otros territorios
intrapeninsulares. Comienza así a tomar cuerpo, de forma incipiente pero en lo
sucesivo ya ininterrumpida, una corriente traslativa hacia el exterior que se irá
intensificando y consolidando con el paso de los años hasta alcanzar
insospechadas dimensiones al llegar a la contemporaneidad.
Del medioevo arranca el
primer ciclo de la emigración gallega, que por el destino de sus efectivos
humanos recibirá el nombre de peninsular. Comprende cuando menos hasta bien
avanzado el siglo XIX e incluso pervive en el XX, aunque registrando variaciones
y desfases intraterritoriales. Tres son los destinos predominantes de los
emigrantes gallegos en este primer ciclo, Castilla, Andalucía y Portugal por
orden de importancia y prelación cronológica. Y dos las variantes que
presenta: una de carácter estacional o golondrina, en consonancia con el ciclo
agrario, y otra de duración más demorada, sin llegar habitualmente a
convertirse en definitiva. Aquella con dirección fundamentalmente a los
asentamientos rurales para realizar tareas agrícolas, y ésta con destino a núcleos
urbanos para desempeñar oficios que no requerían cualificación.
El segundo ciclo,
conocido como transoceánico o americano en razón del destino mayoritario de
los que se ausentan, comprenderá desde, por lo menos, finales del siglo XVIII
hasta el final de la década de los cincuenta o el comienzo de los sesenta de la
actual centuria.
Y el tercer ciclo lleva
el rótulo de continental o europeo, siendo el más corto de todos ellos pero
también el más torrencial, extendiéndose desde los años sesenta hasta el
ecuador de los setenta, también de este siglo. Este coexiste con la emigración
a las áreas más industrializadas de España (Madrid, Cataluña, País Vasco).
Esta etapificación del
fenómeno migratorio en Galicia, que se establece atendiendo a la dirección
mayoritaria de sus flujos demográficos, no puede inducirnos a ignorar, sin
embargo, la participación de los gallegos en la carrera de Indias desde su
nacimiento, sino más bien a relativizar su
presencia.
De hecho, se puede
afirmar y acreditar de modo documental que desde los primeros viajes de Cristóbal
Colón y la inmediata conquista y colonización de América, Galicia estuvo
presente en aquel continente. Pero esa presencia en los primeros tiempos fue más
bien modesta, o casi diríamos que tan sólo testimonial. Así nos lo confirman
los datos recabados de diversas fuentes demográficas por el hispanista Boyd-Bowman
y los extraídos de los Libros de Asiento de Pasajeros de la Casa de Contratación de
Sevilla. Del Índice elaborado por
Boyd-Bowman se desprende que de los cinco mil cuatrocientos ochenta y un
colonizadores que partieron de España con destino a Indias entre los años 1493
y 1519 únicamente ciento once eran de origen gallego; esto es un 2,02% del
total. Mientras, por ejemplo, los andaluces tenían una representación do
39,63% y los castellanos en su conjunto alcanzaban el 26,82%. Menor es aún el
cupo relativo de los gallegos en las dos décadas siguientes (1520-1539), ya que
desciende al 1,45%. Y en las dos posteriores apenas se acerca al 0,8%.
Globalmente para todo el siglo XVI, la cifra de los pobladores gallegos se sitúa
en seiscientos sesenta y siete; su cota no supera la tasa del 1,25%. A su vez,
en el Catálogo de Pasajeros la Indias,
de un total de 36.568 registros conocidos para el intervalo de 1509 a 1599 sólo
trescientos setenta y cinco aparecen identificados como gallegos; es decir, un
1,02%. Cabe matizar, no obstante, que se carece de información referente a los
pasajeros de varios años y que además una parte muy considerable de los
inscritos figura en los asentamientos sin procedencia conocida. Al mismo tiempo,
ambas lagunas informativas imposibilitan determinar el volumen exacto o cuando
menos aproximado del contingente de gallegos que en estas fechas aurorales hizo
la travesía. Así y todo, combinando los datos que ofrece Boyd-Bowman y los
procedentes de la Casa de Contratación hispalense, José Luis Ante Felez estima
en ochocientos treinta y ocho el número de gallegos que pasaron a Indias entre
1493 y 1599, lo que vendría a significar un 1,61% del total de emigrantes
peninsulares en el citado período. Al margen de este cómputo quedarían aún
los que se ausentaban clandestinamente, que podrían representar el triple de
los emigrantes registrados. Aún aceptando esta generosa que no inverosímil hipótesis,
Anta Felez considera que la emigración real de Galicia a América en la primera
centuria tras el Descubrimiento no debió superar el 3,8% del monto peninsular.
Las cifras anteriores,
incluso las más abultadas y
optimistas, corroboran la debilidad de los flujos migratorios gallegos al Nuevo
Mundo en su etapa inicial. Especialmentesi se compara con la participación de
los habitantes de otras áreas territoriales de España en las expediciones del
momento –sobre todo Andalucía, Extremadura y Castilla- y más aún con la
propia presencia hegemónica de Galicia en la corriente tres siglos más tarde.
Con todo, no conviene olvidar que una de las naos Colombinas, capitana del
Descubrimiento – la Santa María o La
Gallega-, se había construido en astilleros gallegos y tras el
embarrancamiento de la misma con sus restos se erigió el Fuerte
de la Navidad, primer asentamiento español en América. También cabe
mencionar que el puerto gallego de Baiona fue el primero de la península en
tener conocimiento del Nuevo Mundo por causa de la arribada a esta villa de la
carabela Pinta capitaneada por Martín
Alonso Pinzón. Y merece ser resaltado que en el segundo viaje de Colón acompaña
al Almirante el noiés Sebastián de Ocampo, que hizo la primera medición de la
isla de Cuba en 1508. Como veremos, la
participación de los gallegos en las expediciones del Atlántico y el Pacífico
Sur fue destacada y merece otro capítulo
Además de las modestas
magnitudes que exhibe la corriente gallega transoceánica en esta primera hora,
hay dos hitos institucionales que merecen ser subrayados en lo tocante a las
relaciones entre Galicia y América en el transcurso del siglo XVI. El primero
es la instalación en 1522 de la Casa de
Contratación de la Especiería en la ciudad portuaria más importante de
Galicia, A Coruña, con el objetivo prioritario de encontrar una nueva ruta
occidental a las islas Molucas. Parte la primera expedición con rumbo á América
Septentrional en marzo de 1525. Los resultados de la misma en la esfera económica
fueron inapreciables, pero desde el punto de vista geográfico, valiosos e
interesantes puesto que permitió cartografiar la franja costera entre Terranova
y Florida. De A Coruña salieron aún otras tres expediciones que al cabo
resultaron accidentadas y parcialmente fallidas. Especial relevancia reviste la
segunda expedición capitaneada por García Jofre de Loaysa. De las cinco naves
iniciales que habían partido
de A Coruña tan sólo una, la Santa
María de la Victoria, llega hasta las islas Molucas, mientras que la San
Lesmes, desviada de la flota que logra pasar el Estrecho de Magallanes,
protagoniza el episodio singular de arribar a las costas australianas.
La Casa de Contratación
coruñesa tuvo una vida muy efímera, al renunciar el rey español Carlos I a
las Molucas a beneficio de los portugueses por el Tratado de Zaragoza de 1529.
Y el segundo hito es la
autorización para el comercio indiano de los puertos de la ciudad herculina (A
Coruña) y de Baiona en 1529 –junto a otros seis puertos de la Corona-,
privilegio que estuvo en vigor hasta el año 1573, lo que posibilitaba mantener
legalmente relaciones mercantiles con el Nuevo Continente y abría una vía más
accesible para el traslado de emigrantes hacia América; esto último al menos
hasta 1561, en que se prohibió de forma explícita el traslado de pasajeros.
Sin embargo, no hay constancia expresa de que se haya hecho uso de la licencia otorgada.
Poco sabemos de la
presencia de los gallegos en Filipinas, pero sí de la labor desarrollada en
aquellas tierras por el gobernador Gómez Pérez das Mariñas, que principia su
mandato en 1590 y lo termina con su trágica muerte en 1593.
En cuanto al siglo
XVII, las referencias acerca de los gallegos que cruzaron el Atlántico son aún
mucho más fragmentarias e imprecisas, con lo que resulta imposible aventurar
cifras siquiera estimativas de los flujos migratorios transoceánicos durante
esta centuria. De todos modos no existen indicios que evidencien ni que permitan
divisar mutaciones significativas en cuanto a las magnitudes de la dinámica
migratoria transoceánica respecto al siglo anterior. Se aprecian, en cambio,
variaciones cualitativas que afectan a la composición interna del contingente
humano desplazado, pues, como ya anticipó en su día Luisa Cuesta (1932) en un
trabajo pionero sobre la materia, “en el siglo XVII, ya no son los gallegos
que cruzan el Atlántico pobres emigrantes, anónimos casi siempre, sino que se
trata de una cruzada espiritual de la civilización”. Y añade: “Se pide a
las Universidades gentes notables en Ciencias y Santidad, para enviarlas en
peregrinación de cultura a regir los Obispados y las Audiencias de Indias”.
Efectivamente,
revisando la nómina parcial de los gallegos identificados que pasaron a Indias
y residieron allí durante esta centuria se constata la presencia de cinco
virreyes: García Sarmiento de Sotomayor, Diego Osorio y Escobar, José
Sarmiento de Valladares, Gaspar de
Zúñiga y Acevedo, y Pedro Antonio Fernández de Castro y Andrade (los tres
primeros ostentaron el Virreinato de Nueva España, y el primero y los dos últimos,
el de Perú), frente a sólo uno (Gaspar Zúñiga y Acevedo, virrey de Nueva
España) en el siglo anterior y tres en el siguiente (José Antonio de Mendoza
Caamaño y Sotomayor –Perú-, Pedro de Castro y Figueroa –Nueva España-,
Francisco Gil de Taboada y Lemos –Nueva Granada y luego Perú-). Sin salir del
diecisiete, procedían también de Galicia ocho prelados (Diego Evelino de
Compostela, Mateo Segade y Bugueiro, Diego Osorio de Escobar y Llamas, Francisco
de Aguiar y Seijas, fray Sebastián de Ocando, fray Francisco de Sotomayor,
Alonso de la Peña Rivas y Montenegro, y Sancho de Figueroa y Andrade) y
numerosos altos cargos funcionariales (gobernadores, capitanes generales,
oidores, juristas, fiscales, alcaldes, oficiales reales, corregidores, etc.)
designados por la Corona y que sin duda desarrollaron una acción influyente en
la remodelación de la sociedad receptora. Así y todo, lo que más llama la
atención es la nutrida nómina de clérigos, misioneros y frailes de diversas
congregaciones religiosas (con los franciscanos a la cabeza) que hicieron la
travesía desde Galicia a tierras americanas. Los eclesiásticos configuraron el
grupo estamental mayoritario en esta fase del proceso colonizador, imprimiéndole
al mismo el carácter de cruzada
espiritual y cultural. Este hecho, con independencia de sus implicaciones de
todo signo para la población indígena, tuvo también importantes
contrapartidas de tipo positivo para los residentes en la metrópoli, pues
revertió en beneficio de las propias órdenes religiosas y de otras
instituciones radicadas en Galicia a las que los miembros de aquellas se
encontraban vinculados. No es casual que de este siglo daten precisamente las
primeras remesas escolares debidas a la iniciativa de los indianos gallegos, y
que muchos de estos indianos precursores pertenezcan al clero o estén
relacionados de una manera muy estrecha con él, como permite inferir el destino
que le confieren sus aportes.
Durante el siglo XVIII
la emigración intrapeninsular de tipo estacional o de estadía intermedia, con
dirección a Castilla, Andalucía y Portugal, continúa ostentando una clara
hegemonía en Galicia frente a la variante transoceánica, que, al menos en la
primera mitad de esa centuria, presentaba aún perfiles de corriente débil y
minoritaria. No obstante, en el transcurso de este siglo y singularmente en el
recorrido do su último tercio los flujos demográficos ultramarinos de extracción
popular experimentaron una notoria intensificación, mostrando por vez primera
riesgos de incipiente torrencialidad como tímido preludio de su configuración
ulterior en forma de éxodo masivo. Esta densificación y reorientación de la
corriente quizás tenga que ver con las crisis agrarias de finales del siglo y
de mediados del XIX, y con los desajustes entre los recursos agrarios existentes
y la población que de ellos vivía. El transvase humano a Indias adopta además
una nueva modalidad, complementaria de la vigente hasta esos momentos de carácter
fundamentalmente individual. Se trata de una emigración bajo la variante de
desplazamiento colectivo y tutelado, con fines repobladores y a instancias del
Estado. Esta nueva modalidad migratoria encuentra su expresión más palmaria en
las Expediciones de Familias
organizadas y promovidas por la Administración Colonial para poblar las
regiones desiertas y hasta inhóspitas del Río de la Plata, con el doble propósito
de neutralizar la expansión de los portugueses por aquellos territorios y
evitar las incursiones del enemigo francés e inglés.
La primera expedición
de esta naturaleza –que al cabo resultó fallida para los gallegos- data de
1725. Pero será hacia finales de la década de los 70 cuando la iniciativa
alcance su punto más álgido, saliendo del puerto de A Coruña hasta doce
expediciones entre los años 1778 y 1784. De todas ellas, la que mayor
resonancia historiográfica alcanzó fue la datada en 1778, que tenía como
destino previsto la Patagonia, si bien finalmente la mayoría de los
pasajeros recaló en tierras del Uruguay y en los alrededores de Buenos Aires,
esparciéndose sus componentes por diversas villas y aldeas, abandonados a su
suerte, víctimas del fracaso de la experiencia y sumergidos en el más absoluto
desamparo. En las doce expediciones salidas de A Coruña participaron mil
novecientas cincuenta y seis personas, arribando a Montevideo mil novecientas
veintiuna; quinientos diecisiete de los embarcados eran originarios de Galicia.
Como se puede apreciar, la empresa tuvo muy tímida acogida entre los gallegos,
poco acostumbrados y aún nada proclives a la emigración familiar con
perspectivas de asentamiento definitivo fuera de su solar natal.
Asimismo, cabe añadir
que las relaciones entre Galicia y el Nuevo Continente se afianzaron a lo largo
de la segunda mitad del siglo de las Luces a causa de la concesión a la ciudad
herculina, en 1764, del monopolio de los Correos Marítimos con las Indias,
compartiéndolo con Cádiz (Andalucía). La materialización de esta
prerrogativa contribuyó a crear un fluido intercambio mercantil entre el puerto
coruñés y los del Río de la Plata y Nueva España principalmente. El hecho
tendría crucial importancia para el despegue comercial y marítimo de A Coruña
y también para una relativa dinamización económica de toda la comunidad
gallega, que por esta vía quedaba introducida en la red del tráfico colonial.
La empresa tuvo corta duración puesto que apenas superó los tres lustros en régimen
de monopolio (1764-1778) y, si bien franqueó ampliamente el cambio de siglo en
régimen de comercio libre (1778-1818), lo hizo ya en el marco de una conyuntura
de aguda e insolventable crisis. Con posterioridad al de A Coruña, otros
puertos gallegos fueron habilitados para comerciar con América: el de Vigo en
1773 de forma restrictiva con las Antillas y a partir de 1783 de forma libre, y
el de Ferrol en 1785.
La continuidad de la
corriente migratoria ordinaria de carácter popular, tanto controlada como
clandestina; su reforzamiento con las expediciones de familias, y la reapertura
del comercio colonial directo entre Galicia y América, junto a otras
circunstancias como los reclutamientos militares para engrosar el ejército español
con destino a Indias, hicieron posible el incremento de la presencia humana
gallega en diversas regiones del Nuevo Continente durante el XVIII. Pruebas de
esto y de la conciencia diferencial y solidaria que gradualmente van adquiriendo
los ausentes radicados en el exterior son las colectividades que de forma
sucesiva constituyen en sus principales asentamientos. La Real
Congregación del Apóstol Santiago de los naturales y originarios del Reino
de Galicia con sede en México fue la primera en tomar cuerpo, quedando
aprobadas sus Constituciones por cédula del monarca datada el 6 de febrero de
1768. En 1790 se funda en Buenos Aires otra congregación homóloga. Y en los años
de tránsito entre siglos emergerán nuevas réplicas de estas corporaciones en
otras latitudes de la América continental e insular. Con la implantación de
estas entidades se inicia la protohistoria
del asociacionismo gallego en América, un fenómeno de extraordinaria
significación por sus realizaciones e implicaciones de todo tipo, con gran
proyección en los dos espacios territoriales de la Galicia
escindida, como ha corroborado la investigación reciente.
La primera mitad (o el
primer tercio) del siglo XIX representa un período de transición entre la
etapa configurativa de los movimientos migratorios ultramarinos de raíz popular
(que ni tan siquiera la constitución de las nuevas repúblicas americanas logró
cortar) y la etapa del éxodo transoceánico masivo. Durante esta secuencia
cronológica se consolida de manera definitiva la dirección exterior de la
corriente, que en su destino americano registra cada vez mayor densidad. Así y
todo, los lustros aurorales de la centuria difieren de los más próximos a su
ecuador. El proceso independentista que se gestó y consumió en los primeros y
las convulsiones sociales que provocó el mismo, crearon unas condiciones muy
poco apropiadas para la entrada y el asentamiento en los países en vías de
emancipación. Esto contribuyó a mitigar temporalmente –que no a neutralizar-
el caudal migratorio, si bien es cierto que los territorios que permanecieron
bajo dominio español hasta 1898 continuaron absorbiendo parte de los excedentes
demográficos peninsulares. Superada la coyuntura adversa del primer tercio de
siglo, la emigración vuelve a recuperar la fluidez de tiempos anteriores.
Tampoco resultaron eficaces las prescripciones antiemigracionistas promulgadas
por el Gobierno español. Antes bien, propiciaron una emigración clandestina y
oficialmente incontrolada alrededor de la cual fue naciendo un fraudulento y
lucrativo negocio de tráfico de recursos humanos, de nefastas consecuencias
para muchos que huyendo de la necesidad o de la miseria se embarcaban en busca
de tierras de promisión y limpios horizontes para labrar su porvenir. Quizás
sea este el período más lúgubre, truculento y escabroso en los anales de la
emigración más allá del mar, por los abusos, vejaciones y engaños que
sufrieron sus protagonistas, previos a su partida, durante la travesía y una
vez arribados a las costas americanas.
Termina así un ciclo
de larga duración que sirve de dilatado prefacio a otro mucho más corto en número
de años, pero también mucho más torrencial y de muy superior transcendencia
en la historia de las relaciones gallegas de base con el resto del mundo.
Se viene invocando el año
1853 como frontera legal que, no tal vez, real divisoria entre las dos etapas
por las que transitó la corriente migratoria de Galicia hacia el Continente
americano. La etapa que ahora comienza difiere en parte de la anterior –al
menos de su primer tramo- y sus características más destacables podrían
quedar condensadas en los siguientes enunciados:
-La emigración
adquiere ya proporciones de masividad, movilizando en Galicia un contingente de
efectivos humanos superior al de fases precedentes. La magnitud del fenómeno irá
confiriendo la categoría de éxodo,
al afectar directa o tangencialmente a todo un pueblo y no ya sólo a un
segmento del mismo.
-La variante migratoria
exterior predomina de forma manifiesta sobre la intrapeninsular, y la modalidad
transoceánica sobre cualquiera otra.
-Las autoridades españolas
derogan la prohibición de emigrar, atenúan gradualmente las restricciones para
ausentarse e incluso fomentan las salidas del país.
-Los gobernantes
iberoamericanos, inspirados en el lema del presidente argentino J. B. Alberdi
“gobernar es poblar”, desarrollan una política inmigratoria de atracción
de población blanca, e incentivan a los europeos que se dirigen hacia sus
territorios.
La magnitud del fenómeno
queda patente de manera diáfana en las cifras que presenta, tanto en términos
de saldos netos como de salidas brutas. Entre 1861 y 1930 Galicia pierde
definitivamente por la vía del éxodo más de setecientas cuarenta mil
personas, lo que viene a representar un 41% de los censados en 1860 y un 33% de
los inscritos en el censo de 1930. Y entre 1931 y 1960 la pérdida se estima en
unas doscientas ochenta y ocho mil. Un drenaje, pues, muy ostensible de su
potencial demográfico, sobre todo si tenemos en cuenta que Galicia tenía una
población de un millón setecientos noventa y nueve mil doscientos veinticuatro
habitantes en 1860 y de dos millones doscientos treinta mil doscientos ochenta y
uno en 1930. Pero este cómputo, ya de por sí muy abultado, resulta sin embargo
muy inferior a la suma total de los que se ausentaron del país entre 1861 y
1930: más de un millón seiscientas once mil personas, o, lo que es lo mismo,
teóricamente uno de cada dos gallegos, lo que viene a representar un 38% de la
emigración española en este intervalo. Para la etapa siguiente (1931-1960) las
salidas del país se cifran en unas trescientas treinta y siete mil. En un
balance totalizador, se puede fijar en más de dos millones el número de
emigrantes salidos de Galicia entre 1836 y 1960 de los cinco millones
trescientos mil que partieron de todo el territorio español. Si también
tenemos en cuenta que la población gallega no suponía más del 10% de la española,
nos daremos cuenta de la elevada cuota de participación de Galicia en el éxodo
peninsular durante estos años, lo que la sitúa en términos comparativos entre
las regiones más fuertemente expulsivas del conjunto europeo. Todo un pueblo,
pues, se vio involucrado de uno o de otro modo en la experiencia o cuando menos
directamente afectado por ella y por sus múltiples consecuencias inmediatas y
diferidas. Por eso no resulta hiperbólico afirmar que el éxodo impregnó hasta
lo más hondo el tejido social del país gallego, llegando a convertirse en un
componente sustancial de la propia idiosincrasia de sus gentes, con incidencia
en todas las esferas de la comunidad gallega.
Si hasta los años
centrales del siglo XIX el destino mayoritario de los emigrantes gallegos había
sido el interior de la propia península, a partir de entonces América toma el
relevo, atrayendo en la década de los sesenta a cerca del 50% de los que
emigran, y hacia finales de la centuria a un 85% de los que emprenden el
itinerario del éxodo. Los enclaves de asentamiento de esta población emigrante
fueron, por orden de preferencia y magnitud, Cuba, Argentina y Brasil durante el
XIX, mientras que en el primer tercio del XX Argentina pasa a ostentar la
primera posición, seguida a considerable distancia por Cuba y más aún por
Brasil y Uruguay. Tras la Guerra Civil española de 1936-39 dos nuevos destinos
se incorporan como focos de atracción de los gallegos expatriados: México y
Venezuela, rivalizando este último país con Argentina en su capacidad
atractiva desde el fin de la II Guerra Mundial hasta la década de los sesenta
en que da comienzo el denominado ciclo europeo; compitiendo con la fuerte
atracción que ejercen los núcleos españoles que lideran el llamado desarrollismo de estos años.
En esta etapa comienza
la emigración gallega a Australia, constituyendo un capítulo de la emigración
española a aquel continente.
GALLEGOS
HACIA LA TERRA AUSTRALIS INCÓGNITA
Los
años finales del siglo XV señalan el inicio de la etapa de las exploraciones
marítimas desde Europa, que van a suponer la expansión ultramarina de los
habitantes del Viejo Mundo, lanzados al que para ellos representará el
descubrimiento y colonización de nuevas tierras. Hasta bien avanzado el XVIII
el protagonismo de esta aventura le corresponderá, casi en exclusiva, a las
monarquías española y portuguesa, si bien en el caso de esta última se verá
suplantada por Holanda a lo largo del XVII. Después, Inglaterra emergerá como
la incuestionable potencia colonial en los mares.
Si
bien desde los inicios mismo del siglo XV los portugueses habían venido
buscando rutas alternas para el comercio de las especias (que les permitieran
romper el monopolio de los intermediarios venecianos y genoveses, y evitar los
excesivos impuestos cobrados por el Imperio Otomano que controlaba las rutas
terrestres y marítimas del Mediterráneo), no será hasta 1498 cuando lleguen
al emporio de las especias en el noroeste de la India, después de circunnavegar
las costas africanas y unir las vías marítimas tradicionales de los mercaderes
musulmanes en el océano Índico.
Por
su parte, los españoles no entraron hasta 1492 en la carrera para llegar al
Este asiático. Los descubrimientos de Cristóbal Colón y la nueva ruta del Atlántico
les iba a permitir adelantarse a los portugueses en la apertura de otras vías
marítimas. Pero Colón, en contra de lo que se esperaba, no se encontró con el
ansiado Cipango, sino con un mundo entonces inimaginado: el continente
americano. En 1513 Vasco Núñez de Balboa, tras cruzar el istmo de Panamá, da
con el océano Pacífico, que él bautiza como Mar del Sur. De este modo, España,
en palabras de Carlos Prieto, se convertirá “en
la nación que poco después de atravesar el Atlántico y descubrir y empezar a
poblar un Nuevo Mundo, descubre, recorre y mide la más grande cuenca oceánica
del globo, ensanchando geográfica y culturalmente las dimensiones del mundo”.
España
no dejará de insistir en su intento de alcanzar las islas de la especiería. La
expedición capitaneada por Fernando de Magallanes, a quien tras su muerte en la
isla filipina de Mactán sucede en el mando Juan Sebastián Elcano, y que había salido del puerto andaluz de San Lúcar de Barrameda
en 1519 con cinco naves y doscientos cincuenta y siete hombres, arriba a las
Islas de las Especias por el Oeste. Rodea América, donde descubre el estrecho
que lleva su nombre, y se convierte en el primer navegante europeo en llegar por
barco al otro océano que bautizará como Pacífico por comparación con el
tormentoso Atlántico. A Juan Sebastían Elcano le corresponde la honra de ser
el primero en circunnavegar el mundo, cerrando el circuito en septiembre de 1522
cuando arriba de nuevo a las costas de San Lúcar con una sola nave la Victoria.
El
descubrimiento de una nueva ruta occidental a las Molucas tendrá otra
importante consecuencia: el establecimiento de la Casa de Contratación de la
Especiería en A Coruña. Se escoge
esta ciudad gallega, al decir de F. López de Gomara en su Historia
General de las Indias, en razón “de ser muy buen puerto, conveniente para la
vuelta de Indias, y cercano a Flandes, para la contratación de las especies con
los alemanes y hombres más septentrionales”.
Los
españoles que circunnavegaron por primera vez el globo, como recuerda el
investigador pontevedrés Amancio Landín, ignoraban las dimensiones reales del
océano descubierto siete años antes por Vasco Núñez de Balboa. Desconocían
igualmente los regímenes de vientos y corrientes de aquella vastedad marina, así
como la existencia de grandes zonas sembradas de fondos coralíferos y de
atolones orlados por peligrosas barreras madrepóricas. Estaban ajenos a las
graves dificultades del regreso al Nuevo Mundo, sólo superadas tras el
descubrimiento del tornaviaje por Andrés de Urdaneta en 1565, hallazgo de
especial importancia pues inaugura la línea de navegación mercantil de mayor
persistencia en el mundo, conocida en México como nao de la China o galeón de
Manila, y como nao de Acapulco en Filipinas.
La
pobreza de instrumentos náuticos en aquellos tiempos era sólo comparable a su
excepcional olfato marino. Es bien sabido que la determinación de la longitud
geográfica requeriría la utilización del reloj marino o cronómetro
perfeccionado, que no aparece hasta el siglo XVIII; sin embargo, valiéndose de
rudimentarios astrolabios, cuadrantes o ballestillas, calculaban la latitud con
sorprendente precisión.
Como
continúa A. Landín, para tener una ligera idea del dinámico entusiasmo con
que España afrontó la exploración del Pacífico, en la zona comprendida entre
las latitudes de los 40º al Norte y al Sur de la línea equinoccial, bastará
con recordar que en tan sólo los ochenta y seis años que van desde la expedición
de Magallanes a la última de Fernández de Quirós quedan descubiertos para
Europa la mayor parte de los grandes archipiélagos de Oceanía. No se detendrá
aquí el empeño español por tomarle las medidas al inacabable océano, pero la
simple enunciación del hecho en los ocho primeros decenios nos da una idea
cabal de la magnitud de aquella tarea, no pocas veces silenciada por razones de
Estado, lo que llevó a que muchos de los memoriales realizados hayan
permanecido arrumbados en el Archivo de Indias de Sevilla. Con todo, entre 1520
y 1607 las cartas náuticas de nuestros navegantes se enriquecen de islas
correspondientes a los archipiélagos
hoy llamados de Bonin, Volcano, Filipinas, Palaos, Marianas, Carolinas,
Marshall, Gilbert, Ellice, Galápagos, Revillagigedo, Juan Fernández, Salomón,
Santa Cruz, Nuevas Hébridas, Marquesas, Tuamotu, varios próximos a Nueva
Guinea y Australia, y posiblemente el mismo de Hawai. No sin razón puede
admitirse la hipérbole de que el más grande de los océanos se había convertido en el lago español.
Galicia,
uno de los reinos que conforman la Corona de Castilla en los inicios de la Edad
Moderna, contaba con una bien acendrada tradición marinera y Atlántica, como
se iba a reflejar una vez más en los descubrimientos protagonizados por sus
hijos en los Mares del Sur en el siglo XVI, y que continuarán, a un ritmo menor
ya, hasta bien entrado el XVIII.
Cabe
destacar desde los primeros momentos de las exploraciones oceánicas la
presencia de navegantes de origen gallego, que desempeñarán un importante
papel. Así, las primeras participaciones de gallegos en las exploraciones en
los Mares del Sur vienen dadas por la presencia de personas de este origen en
las exploraciones realizadas por los portugueses que, tras cruzar el cabo de
Hornos, los llevarían en un primer momento a las costas de la península índica
y luego a las Indias orientales.
Entre
esos gallegos es de justicia destacar a Juan da Nova, descendiente de una
familia hidalga que acabó estableciéndose en Lisboa, por lo que es apodado El
Gallego. Se desconoce su procedencia concreta, aunque A. Landín señala como su
posible lugar de origen la ciudad de Pontevedra.
El
4 de marzo de 1501 Juan da Nova embarca en el puerto de Lisboa como capitán
mayor al frente de una flota de cuatro naves. Después de una primera travesía
a Brasil, vuelve a cruzar el Atlántico hacia la costa africana, donde descubre
la actual isla de Ascensión, a la que llama de la Concepción. Después de
salvar Hornos se dirige a la costa de
la India, donde funda (en la localidad de Cananore, provincia de Madrás) una
nueva factoría portuguesa. En el viaje de regreso al puerto lisboeta descubre
en la costa atlántica africana la isla de Santa Helena.
En
1505 Juan da Nova vuelve a embarcar. En esta ocasión en la flota capitaneada
por Francisco de Almeida, primer virrey de la India portuguesa. Durante esta
travesía se descubren las islas de Ceilán y Maldivas y participa activamente
en la exploración de las costas de Madagascar, dándole su nombre a una isla
situada en el canal malgache.
La
presencia gallega en las expediciones castellanas por el Océano Pacífico se
remonta a una fecha tan temprana como el viaje de circunnavegación del mundo,
capitaneado por Fernando de Magallanes. La participación gallega en esta nueva
aventura protagonizada por doscientos sesenta y cinco hombres viene de la mano
de marineros como Antón de Noia, Luís de Veas, Vasco Gómez, Juan Gallego,
Luis de Avendaño, Rodrigo Nieto, Vasco Gallego, Pedro Gallego, Rodrigo Gallego
y un largo etcétera. El 10 de agosto de 1519 la escuadra formada por cinco
naves (Trinidad, San Antonio, Concepción, Victoria y Santiago) sale del puerto
de Sevilla, y tras hacer varias escalas en las Canarias, Cabo Verde y Río de
Janeiro, descubre un paso en el extremo meridional del continente americano, que será conocido como Estrecho de Magallanes. En su viaje
por el nuevo océano hay numerosas deserciones e intentos de rebelión. Por fin
los expedicionarios logran arribar a las islas Filipinas y en una de éstas,
Mactán, muere Magallanes tras un enfrentamiento con los indígenas. El número
de naves queda reducida a dos: la Victoria, capitaneada por Elcano, y la
Trinidad, bajo las órdenes de Gonzalo Gómez de Espinosa. La primera de ellas
continúa la ruta inicial prevista por Magallanes: recala en las Molucas, donde
embarca clavo, canela, sándalo y nuez moscada, cruza el Índico y circunnavega
Africa, llegando al puerto de Sanlúcar el 6 de septiembre de 1522, con
dieciocho marinos a bordo, uno de los cuales, Diego Gallego, es vecino de Baiona
(localidad de la provincia gallega de Pontevedra).
La
otra nave, la Trinidad, en mal estado y ante la imposibilidad de seguir a la
capitana, trata en un primer momento de regresar a América cruzando de nuevo el
Pacífico, pero ante el fracaso en este intento se limita a realizar desde la
isla de Tidore una serie de viajes que permitirán descubrir nuevas islas
pertenecientes a los archipiélagos de las Palao y de las Marianas, como las Doi
y Morotai, y la de Sonsorol. Entre los tripulantes de este navío figura Gonzalo
de Vigo o Gonzalo Álvarez, el cual va a desertar junto a dos compañeros en una
de las Marianas, probablemente Maug. En ella permanecen hasta que son
encontrados por la nave Santa María de la Victoria, integrante de la expedición
de García Jofre de Loaysa a las Molucas. Después de embarcar en ésta, los
tres se trasladan a Tidore, donde Gonzalo de Vigo prestará servicio como intérprete.
El destacado marino y cronista de este periplo, Andrés de Urdaneta, relata que
“un gallego que se llamaba Gonzalo de Vigo, que quedó en estas islas con
otros dos compañeros de la nao de Espinosa, los otros dos muriendo, quedó él
vivo, el cual vino luego a la nao e nos aprovechó mucho, porque sabía la
lengua de las islas”.
Pero,
sin duda alguna, el principal vínculo de Galicia con el Océano Pacífico vendrá
dado por la instalación en la ciudad de A Coruña de la Casa de Contratación
de la Especiería, creada por la Real Cédula firmada por el Rey Carlos I en
Valladolid con fecha del 24 de diciembre de 1522. Gracias a ella A Coruña
adquiría la exclusiva de organizar las expediciones que irían “a las yslas
de Maluco y a otras partes donde huviese espeçiería”. Las varias
expediciones que se emprenden desde la Casa de Contratación coruñesa serán
alentadas por el conde Fernando de Andrade. Salen entre 1525 y 1529 cuatro
expediciones al Pacífico oriental, participando, según las expediciones,
banqueros alemanes, españoles y flamencos.
La
primera, dirigida por Esteban Gómez, navegante de origen portugués, se hace a
la mar en marzo de 1525 con la finalidad de buscar un nuevo paso en la parte
norte del continente americano que permita ir a las Molucas. Tras recorrer
infructuosamente la costa desde Florida a Terranova, tiene que regresar al
puerto del que había salido.
La
segunda expedición, bajo el mando del comendador García Jofre de Loaysa y que
tenía como piloto a Juan Sebastián Elcano, está compuesta por siete navíos,
que salen al mar el 24 de julio de 1525. Antes, el Rey Carlos I le había
concedido al comendador el título de Capitán General de la Armada y Gobernador
de las Islas de Maluco, como se recoge en un extenso documento del que se
reproduce un extracto:
“Por cuanto Nos mandamos ir al presente una armada á la continuación y
contratación de la especiería á las nuestras islas del Maluco, donde habemos
mandado que se haga el asiento y casas de contratación... por ende acatando la
persona y experiencia de vos Frey García de Loaisa, Comendador de la orden de
san Juan, que sois tal persona que guardareis nuestro servicio, é que bien y
fielmente entendereis en lo que por Nos vos fuere mandado y encomendado; es
nuestra merced y voluntad de vos
nombrar, y por la presente vos nombramos por nuestro Capitán general de la
dicha armada, desde que con la bendición de nuestro Señor se haga a la vela en
la ciudad de la Coruña, hasta llegar a las dichas islas, ... y vos damos poder
y facultad para que por el tiempo
que nuestra merced y voluntad fuere, podais usar, e useis de los dichos oficios
de nuestro Capitán general de la dicha armada, e de nuestro Gobernador y Capitán
general de las dichas islas de
Maluco, asi por mar como por tierra ... e hayais y tengais la nuestra justicia
cevil e criminal en la dicha armada, y en las dichas islas y tierras de Maluco,
asi de naturales dellas, como de todas otras cualesquier personas, asi de
nuestros reinos e señoríos, como de fuera dellos que en ellas estuvieren, e de
aquí en adelante a ellas fueren, e de las que fueren e anduvieren en la dicha
armada... Y es nuestra merced , y mandamos que hayais de salario en cada un año
de los que ansi vos ocupárades en lo susodicho... dos mil e novecientos y
veinte ducados, que montan un cuento y noventa y cuatro mil y quinientos
maravedis, los quales mandamos a nuestros oficiales que
residen en la dicha ciudad de la Coruña en la Casa de Contratación de
la especería, que vos den y paguen en esta manera: los ciento y cincuenta
mil maravedis luego adelantados, que es nuestra merced de vos mandar dar
con que os adereceis, y proveais de las cosas necesarias para el viage , y lo
restante, que se montare en vuestro salario a razón de los dichos un cuento y
noventa y cuatro mil y quinientos maravedís por año, a la vuelta que volvais a
estos Reinos en llegando a ellos en la dicha Casa de Contratación de la
especiería, sin nos pedir nueva libranza para ello...”
Las
condiciones del viaje provocan la pérdida de varios barcos y sólo una parte da
flota cruza el Estrecho de Magallanes. Únicamente la nave Santa María de la Víctoria
llega a las Molucas.
Durante
el viaje por el Océano Pacífico se aleja de la expedición la nave
San Lesmes, con treinta y dos hombres, de los que aproximadamente la
mitad eran gallegos, según la relación que publica R. Hervé, extraida a su
vez del documento conservado en el Archivo General de Indias de Sevilla
(Contaduría, legajo 427, ramo 8, folio 123 ro.-125 vo.):
Francisco
de Oçes, capitan desta caravela, hijo de Fernando de Oçes, defunto, y de
Lionor de Bargas, vecino de Cordova.
Diego
Lopez, criado del Francisco de Oçes, fijo de Bartolome Sanches de Monrroy,
defunto, y de Mari Lopes, naturales de Monrroy.
Juan
de Bolivar, clerico, hijo de Gonzalo de Bolivar, defunto y de Mari Ortis de la
Herera, vecinos del Valle de Salzedo.
Bartolomé
Dominguez (sobresaliente), hijo de Pedro Domingues, vecino de la Coruña,
defunto, y de Maria Alonso, de la feligresia de San Niculas.
Petre
Rux, condestable de los lombarderos desta nâo, no tiene padre ni madre.
Johan
de Rauman, lombardero, natural de Arrauman, casado con Agueda de Cortynes.
Enrique
de Pomar, lombardero, natural de Pomar en Alemania, casado con Beatris de Trabay
ques y esta en La Coruña.
Johan
Sanches, marinero y piloto de Poniente a Levante, natural de Calis, no tiene
padre ni madre.
Ortiño
de Alango, piloto de Portugalete, hijo de Ortuño de Alango, defunto, y Maria
Ochoa de Butron.
Rodrigo
Varela, maestro de la nâo, casado con María Alonso, vecino de La Coruña en la
feligresia de San Jorje.
Pedro
Guerra, contramaestre de la dicha nâo Santo Lesmes, casado con Sancha de San
Pedro, de la feligresia de Santo Tomas.
Johan
Dasagras, marinero y despensero, hijo de Pedro Rodrigues e de Maria Dasagras,
vecinos de La Coruña, de la feligresia de Santo Tomas.
Gonzalo
Yanes, vecino de La Coruña, marinero y carpintero, casado con Yñes Calada, de
la feligresia de San Jorje.
Fernendo
de Baldayo, calafate, vecino de La Coruña, casado con Maria Alonso, a la colación
de San Jorje.
Gonzalo
Fernades, marinero, casado con Yñes Fernandes, vecino de La Coruña, de la
feligresia de San Nicolas.
Johan
Garcia, marinero, hijo de Fernan Garcia y de Maria des Fernos, vecinos de La
Coruña, de la feligresia de San Niculas.
Johan
Lopes, de La Coruña (marinero), casado con Maria Fereyrina, de la feligresia de
San Jorge.
Alonsa
de Parga, marinero, vecino de La Coruña, casado con Constança Orves, de la
feligresia de San Niculas.
Alonso
Rodrigues, marinero, vecino de La Coruña, casado con Maria Domingues, de la
feligresia de San Niculas.
Juan
de Arratran, marinero, natural de Bilbao.
Garcia
Martin, marinero, vecino del Puerto de Santa Maria, no tiene padre ni madre.
Diego
Ollero, marinero, vecino del Puerto de Santa María, casado con Marina
Rodrigues.
Pedro
Xuares, grumete, no tiene padre ni madre, natural de Bibero.
Pedro
de los Casares, grumete, hijo de Fernando de los Casares, defunto, y de Marina
Dorada.
Pedro
de Sarria, gromete, natural de Maman, de la feligresia de San Salvador, junto de
Sarria, no tiene padre ni madre.
Sancho
de Turçios, gromete, hijo de Johan de Paços, naturales de Turçios.
Adan
de Toro, gromete, natural de San Lucar, no tiene padre ni madre.
Pedro
de Valladolid (gromete), natural de Valladolid, no tiene padre ni madre.
Johan
de Dios, paje, hijo de Garcia de Dios, defunto, y de Juana de las Fragas,
natural de las Fragas, tierra y obispado de Burgos.
Johan
Peres, paje, hijo de Diego Allero, marinero, y de Marina Rodrigues, natural del
Puerto de Santa Maria.
Por
mucho tiempo se especuló sobre su destino final. Su rastro se pierde el 1 de
junio de 1526. Según diversas investigaciones pudo ser el primer navío europeo
en divisar las costas del nuevo continente australiano. Así, el investigador de
ese país Robert Langdon, responsable del Departamento de Manuscritos de la
Universidad Nacional de Canberra, publica en 1975 la obra The Lost Caravel en la
que a partir de diversas observaciones antropológicas y lingüísticas llega a
la conclusión de que que la San Lesmes recorrió el archipiélago de Tumatou,
donde divisó por primera vez, entre otras, las islas de Amanu, de Hao y Anaa, y
en las que se asentaron algunos tripulantes. El resto, en la misma nave o con
otra embarcación local o de nueva construcción, sigue rutas distintas: una
parte prosigue hacia el archipiélago de Sociedad (isla de Raiatea) y a las Cook,
para llegar posteriormente a las grandes islas de Nueva Zelanda; otro grupo se
dirige desde Anaa hacia el levante, llegando a Raroia, Takume, Napaku, Fangatau,
Tatakoto, Nukatuvake y Vahitahi. Para R. Langdon, estas etapas no se cubrieron
de un modo continuado; antes, en muchos casos, debieron mediar largas estancias
en las islas, en las que algunos mismo afincarían creando así una
descendencia, aún perceptible, de sangre mestiza. El profesor de Canberra
considera más probable que estos descendientes protagonizaran la migración que
él documenta a las otras islas.
Una
tesis que goza hoy de más predicamiento es la presentada por Roger Hervé,
conservador del Departamento de Cartas y Planos de la Biblioteca Nacional de París,
en su libro Découverte fortuite de l'Australie et de la Nouvelle-Zélande par
des navigateurs portugais et espagnols entre 1521 et 1528, publicado en 1982. En
el volumen, a partir de una muy documentada representación cartográfica de un
amplio territorio denominado Xava la Grande (que en diferentes mapas de la
escuela del puerto normando de Dieppe ocupa el lugar correspondiente al
continente australiano, con referencias a su descubrimiento por navegantes
portugueses y españoles entre 1521 y 1528), llega a la conclusión de que la
ruta tomada por la San Lesmes la llevó hasta las costas de Nueva Zelanda y
Australia.
Para
R. Hervé, el elemento decisivo para el primer avistamiento europeo de Australia
es la derrota seguida por la San Lesmes, una vez que se pierde de la flota de
Loaysa. Ante la imposibilidad de regresar a España a través del Estrecho de
Magallanes, la carabela pone rumbo al sur y descubre la isla de Santa Inés,
sobre los 53º de latitud austral, llega después al estrecho de Drake y las
islas Shetland del Sur, no lejos de la Antártida. Vientos del sureste obrigan a
la nave a tomar la dirección noroeste, lo que le permite concluir tan larga
etapa avistando a las Antípodas y, finalmente, la costa suroriental del archipiélago
novocelandés. La información cartográfica diepperiana le permite a Hervé
concluir que el avance hacia poniente le aconsejó a Alonso de Solís, a la sazón
capitán de la San Lesmes, navegar en busca de las Molucas, por lo que aprovecha
el viento favorable que le lleva a las aguas meridionales de Australia. La
tripulación desembarca en la isla de Tasmania y, posteriormente, pasa a la
tierra continental del actual estado de Victoria (desembarcando quizás cerca de
las dunas de Warnambool). Prosigue su viaje a lo largo de la costa oriental de
Australia hasta el extremo septentrional de la península de York, permaneciendo
por un tiempo en la badía de Rockhampton, zona abundante en topónimos en las
cartas dieppesas.
Apunta
el investigador francés la posibilidad de
que a la altura de 1528, en un punto indeterminado de la Australia
septentrional, se encontrasen los supervivientes de la San Lesmes con la segunda
expedición portuguesa capitaneada por Gomes de Sequeira. Se apunta
como posible que la memoria de estos descubrimientos se haya
perdido por la rivalidad con los portugueses, que disputaban a España la
posesión de las Molucas. Como insiste Hervé, muchos de los descubrimientos
permanecieron ignorados y guardados bajo siete llaves en el Archivo de Indias de
Sevilla por motivos de seguridad del Estado. Un recuerdo confuso de esta
navegación sólo aparece en textos portugueses de la época. Y tenemos también
la mención enigmática del planisferio de Petrus Plancius, de 1592 sobre “los
descubrimientos hechos en el Océano Austral por un navío español separado de
su flota”. Esta mención no recibió nunca explicación hasta este momento.
Tendríamos, pues, en los tripulantes de la nave salida del puerto coruñés en
1525 los primeros europeos en pisar territorio australiano.
Una
tercera expedición, formada por tres naves capitaneadas por Diego García de
Moguer, sale del puerto gallego de Fisterra, pero se va a limitar a la exploración
del estuario del Río de la Plata y la costa argentina.
La
cuarta expedición, organizada por Simón de Alcazaba, no llega a salir, a pesar
de que este marino de origen portugués crea en el puerto de A Coruña unos
astilleros para construir las naves con las que pretendía hacer el viaje.
Ante
el fracaso de estas expediciones y las presiones de Lisboa, el Rey le cede a la
Casa Real Portuguesa (Tratado de Zaragoza, 1529) los derechos sobre las islas de
la Especiería, motivo por el que desaparece la Casa de Contratación de la
Especiería de A Coruña.
Esta
primera mitad del siglo se completa con la expedición de Miguel Noble,
contramaestre de la nave Santiago, de 144 toneladas de arqueo. El barco se
dirige desde México, en 1536, a prestar ayuda a las tropas de Francisco de
Pizarro, que estaban en Perú. Una vez auxiliadas y de regreso, en el mes de
abril de 1537 el capitán del Santiago, Hernando de Grijalva, decide adentrarse
en el Océano Pacífico en busca de nuevas tierras. Después de varios meses de
navegación sin hallar ninguna traza de tierra firme, y terminadas las
provisiones, la muerte se ceba en la tripulación, falleciendo el propio capitán;
otras fuentes hablan de un motín a bordo. Fuera como fuera, se pone al mando
del navío a Miguel Noble, que recorre la costa de Nueva Guinea e islas próximas
como Supiori, Ninigo, Japen y Biak. Varios de los marinos deciden quedarse en
Nueva Guinea, entre los que se encuentra el propio Miguel Noble, donde son
apresados por los papúas y, posteriormente, pasan al servicio de los
portugueses.
En
la segunda mitad del siglo XVI destacan las expediciones organizadas por Alvaro
de Mendaña y Neira, noble de reconocido origen gallego (hoy cuestionada por
algunos historiadores de la comarca leonesa del Bierzo, limítrofe con Galicia),
que van a permitir el descubrimiento de las Salomón y de las islas Marquesas y
de Santa Cruz. Las expediciones protagonizadas
por Alvaro de Mendaña se comprenden mejor
si las situamos en el marco de las expectativas despertadas en diversos
escritos contemporáneos.
A
mediados de la centuria se extienden una serie de leyendas que hablan de enormes
riquezas en lugares del Pacífico como Havachumbi y Ninachumbi. Señala A. Landín
que el prelado y político Pedro de La Gasca pudo alentar esas conjeturas en el
escrito que, como presidente de la Audiencia peruana, remite al Rey el 2 de mayo
de 1549, y en el que le informa que “parece que esta mar del Sur está
sembrada de islas muchas ... y podría ser que en las que están debajo de la
equinoccial, o cerca della, hubiese especería, pues están en el mismo clima
que las de los Molucos”. Años
después, alrededor de 1553, el historiador Pedro Cieza de León, en La Guerra
de Quito, escribe: “Noticia muy
grande se tiene, entre los bárbaros moradores de los valles que están entre
los arenales confinantes a la mar austral, que hay muy grandes islas, pobladas
de gentes ricas y abastadas de muchos metales de oro y plata, y bien proveidas
de arboledas fructíferas y de otros muchos mantenimientos”.
El
clima creado propicia que surjan expediciones desde la costa peruana que tratan
de buscar estas nuevas tierras. Entre esas tentantivas se organizan en 1561,
gracias al apoyo del gobernador de Perú, los primeros preparativos para una,
que fructificarán con la salida, seis años más tarde, de los navíos Los
Reyes y Todos los Santos (con un porte respectivo de trescientas y doscientas
toneladas). Al frente de esta pequeña flota figura Alvaro de Mendaña y Neira,
sobrino del gobernador Lope García de Castro, y en la misma se enrolan los
navegantes gallegos como el piloto mayor, Hernán Gallego, el escribano y factor
real Gómez Fernández Catoira y Pedro Sarmiento de Gamboa, destacado marino
pontevedrés quien más adelante tendrá un importante papel en una serie de
descubrimientos en la zona del Estrecho de Magallanes. Después de varios
avistamientos de islas menores llegan a las Salomón, estableciéndose en la
bautizada como Santa Isabel. Sarmiento, como cronista de la expedición, relata
el avistamiento de tierra en los siguientes términos, según el manuscrito que
se conserva en el Archivo de Indias: “Del
miércoles al jueves 15 de enero por el Oeste guiñado a la cuarta del Sudueste
20 leguas, altura 7 grados escasos Este, ya fue Dios servido de consolarnos con
vista de tierra, la cual vido un moço llamado Trejo desde la gavia, como a las
nueve horas del día, la vuelta del Sudueste y certificados que era tierra, con
grandísimo regocijo dimos gracias al Señor y cantamos en alta voz el Te Deum
laudamos, suplicándole nos diese su gracia para que le acertásemos a servir en
tan gran negocio como empeçábamos, descubriéndose nuevas tierras a donde se
divulgase y predicase la palabra evangélica. La tierra que vimos era pequeña y
baja, y por esto el piloto Hernán Gallego no quiso arribar sobrella, diciendo
que él no la quería tomar porque despoblada y sin provecho. Pedro Sarmiento,
como entendió esto, dixo a voz alta que fuesen a ella y que era poblada, que de
allí podrían tomar guía y lengua para lo adelante y que pues que no venían
sino a descubrir y no a barloventear... “.
En
la Santa Isabel construyen un pequeño bergantín, Santiago, que les permitirá
conocer el resto del archipiélago y llegar y explorar islas como Ramos, Galera,
Buenavista, Guadalupe, Sesarga y Guadalcanal, esta última la más importante y
a la que deciden transladar a su centro de operaciones. Pero en Guadalcanal se
producen enfrentamientos con los nativos, cayendo en combate varios españoles.
La conclusión es que los supervivientes cambian su base, instalada ahora en la
isla de San Cristóbal, desde la que continúan realizando nuevas expediciones.
El propio Alvaro de Mendaña, en su relación que se conserva en el Archivo de
Indias de Sevilla, introduce también aspectos antropológicos de los indígenas:
“Hay
en esta isla diferentes colores de indios; unos son de la color de los del Pirú
y otros negros y algunos blancos, son los que salen poco de sus casas, y
muchachos. Enrízanse todos y enrúbianse muchos, y algunos son rubios de su
natural. Las mujeres son de mejor gesto y aún más blancas que las indias del
Pirú, pero aséanse muchos por tener los dientes negros, que de industria los
tienen, ansí hombres como mujeres; los niños y las niñas son de buen gesto, y
no parecen tan mal por tener los dientes blancos. Traen las mujeres corto el
cabello, que no les llega a los hombros, y muy rubio. Los indios se trasquilan
de muchas maneras: unos con coronas, como frailes, otros se cortan el cabello
como nosotros, otros se trasquilan casi media cabeza de hacia el colodrillo,
otros dejan un pedazo de cabello que parece una gorra puesta de lado, otros
dejan unas guedejas que les crecen tanto que, de encima de la oreja, llega hasta
debajo de los pechos, y traenla hecha una trenza, otros no se trasquilan y hacen
unos rizos a manera de tocado, que enrizan el cabello por las puntas por un lado
y por otro, hasta llegar sobre las orejas, y después hacen otro rizo muy menudo
por medio de la cabeza, que toma del colodrillo a la frente...
Traen
la lengua y labios muy colorados y se los colorean con una hierba que comen, que
tiene la hoja ancha y quema como pimienta, y con cal se hacen de lucayos
blancos, que es una piedra que se cría en la mar como el coral; mascando esta
hierba y teniendo desta cal en la boca, hecha un zumo colorado que es el que les
hace tener siempre muy colorada la lengua y labios, y también se pintan con
este zumo la cara por gallardía. Aunque más que en esta hierba, no se tiene el
zumo colorado si no le mezclan con la cal dicha”.
Y
continúa:
“La
música que ellos tienen son muchos canutillos de cañas juntos, puestos por su
orden, unos mayores que otros, a manera de órgano, los cuales tocaban con la
boca, como quien toca pífano, y unos caracoles grandes a que ellos llaman coflís.
Luego mandé que tocasen alguna trompeta y pífano, y después cantaron algunos
soldados, tocando una vihuela; admiráronse de ver nuestros instrumentos, y más
de oír cantar. Danzaron luego, que son muy amigos de danzas, y como yo les daba
algunos regalos y les hacía buen tratamiento y les mostraba mucha amistad, me
venían a ver cada día, aunque con poca comida; y cada vez que venían al navío
traían sus armas”.
Ante
la situación creada con los indígenas y las dificultades para su instalación
deciden regresar a América, optando por realizar una travesía por el norte del
Pacífico, lo que les permite descubrir algunas islas pertenecientes al archipiélago
de las Marshall y San Francisco (actual Wake). Pedro Sarmiento de Gamboa pretendía
seguir una ruta más meridional, que según su teoría los aproximaría a una
gran masa de tierra firme, presumiblemente el continente australiano.
El
deseo de hacer un asentamiento en las Salomón obliga a Mendaña a desplazarse a
España, donde presenta en mayo de 1572 una petición en tal sentido al Consejo
de Indias. Por fin, la autorización real del 27 de abril de 1574 le garantiza a
Álvaro de Mendaña el derecho a poblar aquellas islas. Trasladado de nuevo a América,
la nueva empresa no prospera por la enemistad con el nuevo virrey y por
problemas económicos, y se retrasa hasta 1595. En este año sale una nueva
flota formada por las naves San Jerónimo y Santa Isábel, el galeote San Felipe
y la fragata Santa Catalina, que llevan embarcadas a un total de trescientas
setenta y ocho personas; entre estas se encuentran varios niños y mujeres, ya
que la intención última de la expedición era instalar una colonia permanente.
Acompañaban a Mendaña varios miembros de su familia, su mujer Isabel Barreto y
tres hermanos de ella. En esta flota figura como piloto mayor Pedro Fernández
de Quirós, portugués al servicio de España que es bautizado por Carlos Prieto
como el Don Quijote del Océano por su actuación en una expedición posterior
que lo llevará a descubrir nuevas tierras que él nombra Austrialia en honra de
su monarca Felipe III de Austria.
Esa
armada sale el 9 de abril del puerto de Paita (Perú) y, después de
aprovisionarse en diferentes puertos de la costa norte, se adentra en el océano
el 16 de junio, trazando un rumbo oeste-sureste. En esta travesía va a llegar a
un nuevo archipiélago bautizado como Marquesas de Mendoza, actuales Marquesas,
dando nombre a islas como la Magdalena (la actual Fatu Hiva), San Pedro,
Mohotani, Domínica, Hiva Oa, etc. En la crónica del viaje se describen así
los habitantes de ellas:
“Casi
blancos y de muy gentil talle; grandes, fornidos, membrudos, bueno el pie y la
pierna, y maños con largos dedos; buenos ojos, boca y dientes, y las demás
facciones; de carnes limpias, en que mostraban bien ser gente sana y fuerte;
hasta en el hablar eran robustos. Venían todos desnudos, sin parte cubierta;
los cuerpos y rostros todos muy labrados con un color azul, y dibujados algunos
pescados y otras labores; los cabellos como mujeres, muy crecidos y sueltos,
algunos los traían torcidos y con ellos mismos daban vueltas; eran muchos de
ellos rubios y había lindos muchachos, que cierto para gente bárbara y desnuda
era el gusto el verlos, y había mucho de que alabar a su Criador”.
En
su camino hacia las Salomón continúan encontrando más tierra firme, como las
islas San Bernardo (hoy en día
islas Danger) y la Solitaria (Nurakita), pero durante el viaje pierden la nao
capitana y, tras atracar en la Santa Cruz (en la actualidad Nendo), estalla una
epidemia entre la tripulación que afecta al propio Álvaro de Mendaña, quien
fallece el 18 de octubre de 1595 después de dictar testamento en el que
nombraba a su mujer, Isabel Barreto, como adelantada y gobernadora de las
tierras recién descubiertas. El puesto de capitán general lo ocuparía su
hermano Lorenzo Barreto, aunque por muy breve tiempo pues muere de un flechazo
pocos días después. Isabel Barreto asumirá también el puesto de capitana
general de la flota.
La
decisión es embarcar, y después de una primera tentativa fracasada por llegar
a las Salomón Isabel Barreto pone proa hacia Manila. La epidemia, sin embargo,
se negaba a abandonar a los
exploradores, lo que ocasiona la pérdida del San Felipe y la Santa Catalina.
Tras recorrer las Carolinas orientales (Ponape) y las marianenses de Rota y Guam,
la San Jerónimo y la Santa Isabel llegan a la costa filipina, hondeando en la
bahía de Manila el 11 de febrero de 1596. En esta ciudad Isabel Barreto volverá
a contraer matrimonio, en mayo del citado año, con Fernando de Castro, natural
de as Nogais (aldea de la provincia gallega de Lugo), caballero de la orden
religiosa de Santiago y sobrino del gobernador y capitán general de las
Filipinas, el también gallego Gómez Pérez das Mariñas Ribadeneira. El
matrimonio emprende viaje de retorno y arriba a Acapulco, para establecerse
posteriormente en Perú, donde Fernando de Castro fue gobernador y justicia
mayor de Castrovirreina.
Los
avatares de la segunda expedición de Mendaña
se convirtieron en material literario pues constituyen el motivo central
de la novela de Robert Graves Las islas de la Imprudencia, publicado
originalmente en 1949 y que fue traducida al castellano en 1995.
En
diciembre de 1605 Pedro Fernández de Quirós, que había sido poloto mayor en
la segunda expedicción de Mendaña, salía del puerto de El Callao con la misión
de concluir la colonización hasta entonces fallida de las Salomón. Tampoco
conseguió Quirós colonizarlas, y lo mismo le pasó con las islas de Santa
Cruz, si bien descubrió otras, antes de regresar a la Nueva España, como las
de la Austrialia del Espíritu Santo (Nuevas Hébridas). En estas permanece la
nave almiranta a cargo de Luís Váez de Torres, quien iba a descubrir el
estrecho que separa Nueva Guinea de Australia.
En
el siglo XVIII, coincidiendo con la época del reformismo borbónico y la
necesidad de reafirmar las posesiones españolas frente al expansionismo de
otras potencias europeas, surge un renovado interés por las exploraciones en el
océano. Así, a mediados de la centuria, y siguiendo las instrucciones del
virrey del Perú, Manuel de Amat y Junyent, sale una expedición con la
finalidad de explorar las islas pacíficas próximas al continente americano.
En
estas primeras aventuras marinas participa Cayetano de Lángara y Hugarte,
nacido en Ferrol en 1738, quien embarca en el navío San Lorenzo bajo las órdenes
del capitán Felipe González de Haedot. En el viaje reconocen la isla de
Pascua, también llamada de David o de San Carlos, realizando el primer plano
completo y preciso de la misma, en el que se registran todas sus
particularidades. Hoy llevan el nombre del marino ferrolano una ensenada y un
farallón. Allí dirige el bojeo de la isla.
En
1772, y como fruto de esta misma política, salen desde Perú varias flotas para
explorar la Polinesia del Sur y más concretamente Tahití, la mayor de las
islas de Sociedad. La última de esas expediciones fue capitaneada por Cayetano
de Lángara, en 1775.
También
navega a las costas del Pacífico oriental Francisco Seijas y Lobera, natural de
la ciudad gallega de Mondoñedo (Lugo), quien recorre las costas de China y Siam
y atraviesa posteriormente el Pacífico.
Pero
quizás el navegante gallego más destacado en este siglo es Francisco Mourelle
de la Rúa. Este hombre, natural de la pequeña aldea de Corme (provincia de A
Coruña) y formado en la Escuela de Pilotos de Ferrol, participa en las
expediciones a la costa septentrional de América y llegó a las costas de
Alaska. En 1780 se encuentra en Manila, donde recibe la orden de tomar el mando
de la Princesa, con la que debe atravesar el Pacífico hasta la costa de México.
Durante esas singladuras se ve obligado a seguir un rumbo más meridional que el
habitual, por el Pacífico Norte, para intentar huir del asedio de la flota
inglesa. Su experiencia por esa nueva vía marítima le permitirá realizar
abundantes descubrimentos geográficos que con el paso del tiempo serán
retomados por outros navegantes. Durante su derrota descubre las Ninigo, dentro
del archipiélago de las Bismarck, y más tarde los islotes Ermitaños, los
Monges y Anacoretas, la isla de José Basco (del grupo del Almirantado) y la
actual Mussau. Una vez rodeada la costa norte de Nueva Irlanda y el archipiélego
de Tonga, decide cambiar de rumbo ante las dificultades en su avance hacia el
este, y pone rumbo a Guam para seguir la ruta habitual del hemisferio norte.
El
protagonismo español, y gallego, en estos mares se mantendrá hasta que, ya
definitivamente tras la finalización de la guerra de los Siete Años en 1763,
Gran Bretaña se convierta en la potencia hegemónica en el Pacífico. Se inicia
ahora la segunda gran expansión europea, que hará de las expediciones científicas
la vanguardia de la lucha mercantil y estratégica de las naciones europeas en
el Pacífico. Como anota a este respecto J. Pimentel, “una ciencia puesta al
servicio de la política expansiva europea iba a conducir a Cook hasta la misma
orilla de ese gran sueño que por siglos fue la tierra australis incognita”.
Tras
la expedición del capitán Cook, en agosto de 1788 arriba a la costa oriental
de Australia la primera enviada por el Gobierno inglés, compuesta por once navíos
y mil quinientas personas, de las que quinientos cuarenta y ocho hombres y
ciento ochenta y ocho mujeres eran reclusos deportados. El establecimiento de
los ingleses en este continente fue considerado un agravio jurídico por parte
de España y una amenaza militar y comercial para sus posesiones americanas y
oceánicas. Hasta 1790 España no renuncia a los derechos que consideraba le
correspondían por las antiguas bulas pontificias. Al tiempo, organizaba también
su expedición científica y política que partía de Cádiz en julio de 1789
bajo el mando de Alejandro Malaspina, y que tenía como uno de sus objetivos el
de reconociemiento del peso específico que el gran océano estaba desempeñando
en la geoestrategia colonial del momento.
Pocos
años después el destacado naturalista Alejandro von Humboldt, con motivo de su
viaje a América que realiza entre 1799 y 1804, rendía homenaje a la presencia
de España en el Pacífico con estas palabras en las que resalta también los
descubrimientos protagonizados por marinos gallegos de origen:
“...
No se puede negar que bajo los reinados de Carlos Quinto, Felipe II y Felipe
III, los virreyes de Mégico y del Perú promovieron un gran número de empresas
capaces de ilustrar el nombre español. Cabrillo, en 1542, visitó las costas de
Nueva California o de la Nueva Albión, hasta los 37º de latitud. Gali, extraviándose
al norte, a su regreso de la China á las costas de Mégico, descubrió en 1582
las montañas de la Nueva Cornualles, cubiertas de hielos eternos y situadas
hacia los 57º 30´norte. La expedición de Sebastián Vizcaino reconoció las
costas entre el cabo San Sebastián y el cabo Mendocino.
En 1542, Gaetaño había encontrado algunas islas esparcidas, inmediatas
al grupo de las islas Sandwich: y es indudable que aun este último grupo fue
conocido de los españoles mas de un siglo antes de los viages de Cook, pues la
isla de la Mesa, indicada en un antiguo mapa del galeón de Acapulco, es idéntica
con la isla Owhuhee en la que sobresale la alta montaña de la Mesa o Mauna-Loa.
Mendaña, acompañado de Quirós, descubrió en 1595, el grupo de islas conocido
con el nombre de las Marquesas de Mendoza, o islas de Mendaña, que comprende
San Pedro ú O-Nateya, Santa Cristina, ó Waaitaho, la Dominica ú O-Hivahoa y
la Madalena. A estos mismos intrépidos navegantes debemos el
conocimiento de las islas de santa Cruz de Mendaña, que Cateret ha llamado
islas de la reina Carlota; el archipiélago del Espíritu Santo de Quirós, que
son las Nuevas Ciclades de Bougainville y las Nuevas-Hébridas de Cook; el
archipiélago de las islas de Salomón de Mendaña, que Surville ha llamado las
Arsácides; las islas Dezena (Maitea), Pelegrino (Scylly-Island de Wallis), y
probablemente tambien O-Taití (la
Sagitaria de Quirós), que todas tres hacen parte del grupo de las islas de la
Sociedad. ¿Será, pues, justo decir que los españoles han atravesado el grande
océano sin reconocer ninguna tierra, si tenemos presentes la gran masa de
descubiertas que acabamos de citar y que fueron hechas en una época en que el
arte de la navegación y astronomía
náutica estaban muy distantes del grado de perfección que han adquirido en
nuestros días? Vizcaino, Mendaña, Quirós y Sarmiento merecen sin duda ser
colocados al lado de los más ilustres navegantes del siglo décimo octavo”.
PRESENCIA
y REALIZACIONES EN AUSTRALIA de un GALLEGO SINGULAR. ROSENDO SALVADO (1814-19OO)
“Era
Dom Salvado corto de estatura, pero de complexión recia y robusto, como la
nudosa encina de su región nativa, Galicia. Mentalmente poseía la proverbial
vivacidad, prudencia, agudeza y tenacidad de su raza. Toda su conducta denotaba
un espíritu indomable al servicio de una naturaleza de hierro. Brillaban sus
ojos con resplandor y su voz era potente y bien modulada, como otorgada a la vez
para el mando y el canto de las divinas alabanzas”
Dom Eugenio Pérez O.S.B.
Las palabras
anteriores de uno de los más destacados biógrafos de Rosendo Salvado bien
pueden servirnos de presentación de un notable personaje de desbordante
humanidad, con una rica trayectoria vital que proyecta más allá de su
indudable vocación misionera.
Lucas
José Rosendo Salvado i Rotea nació en Tuy (Pontevedra), el 1 de marzo de 1814.
Sus padres, D. Pedro Bernardo y Dna. María Francisca, tenían ya cinco hijos;
tres de ellos serían sacerdotes y uno, de nombre Santos, transcurridos los años
sería también misionero benedictino en Australia por un cierto tiempo, hasta
que las enfermedades le hicieran retornar a España.
Sus primeros estudios
eclesiásticos los inicia, siendo todavía un niño, en el Seminario de su
ciudad natal. Destaca ya, según señalan sus biógrafos, por su afición a las
letras y a las artes, y en especial muestra una temprana predilección por la música,
que de tanta utilidad le sería, después, en su relación con los aborígenes
australianos. A los quince años ingresa en el convento de San Martín Pinario,
monasterio benedictino de Santiago de Compostela. Era el día 24 de julio de
1829. Al año siguiente toma el hábito de los monjes negros y pronuncia sus
primeros votos como fraile benedictino.
A fin de que sus
excepcionales aptitudes musicales no se malograsen, el abad de San Martín
Pinario le propuso a Rosendo Salvado trasladarse al Monasterio de San Juan de
Corias (Asturias) para estudiar bajo la dirección de Fray Juan Copa, el mejor
organista que tenía la Orden Benedictina. Sólo dos años le bastaron para
regresar a San Martín Pinario como organista.
Pero enseguida, a
consecuencia del proceso desamortizador del clero regular que se inicia en España
con la revolución liberal, Fray Rosendo y su hermano Santos, ya monje profeso
en el mismo convento, volvieron a la casa paterna de Tuy y reanudaron de
inmediato sus estudios en el seminario de su ciudad natal. De sus excepcionales
aptitudes musicales se guarda una pequeña muestra en el Archivo Histórico
Diocesano de Tuy donde se conservan arreglos y composiciones propias como
“Fantasía, Variaciones y final para piano-forte” o “Pequeño
entretenimiento con aire de marcha para piano-forte”.
En
1838 embarca en Vigo en dirección a Nápoles, siguiendo así los pasos del que
sería su compañero y hermano de hábito y en el episcopado, Fray José Benito
Serra, y retoma allí el hábito benedictino en el monasterio de la Cava.
A los pocos días de
llegar al Monasterio de la Cava (Nápoles), ya era nombrado profesor de música
y a los tres meses ordenado presbítero, con el cargo de organista. Entra en
contacto con los centros musicales de Italia y en seguida consigue un
excepcional prestigio. Recoge su biógrafo Dom Eugenio Pérez (en La Misión de
los benedictinos españoles en Australia Occidental. 1846-1900) que “nadie que
visitara la capital de las Dos Sicilias, Nápoles, se marchaba sin ir primero a
Cava para admirar la dexteridad del fraile filarmónico y las melodiosas
vibraciones de su instrumento, considerado, no sin razón, como el primero de
Italia”. El 23 de febrero de 1839 se ordenó sacerdote. En ese momento contaba
ya con una sólida formación en geografía, historia natural, medicina y otros
conocimientos de los que hará gala en sus Memorias Históricas sobre la
Australia. Recoge su biógrafo Dom Eugenio Pérez que “destinado en sus
primeros años a los estudios musicales, le dedicó sólo el tiempo
imprescindible a los de filosofía y teología, pero –añade- adquirió todos
los conocimientos que se podían esperar de un obispo misionero”; y haciendo
un balance de la que sería su personalidad, añade: tenía,
sobre todo, amplia experiencia de los hombres y de los asuntos humanos. Una
mente clara y un sentido práctico hacían su conversación agradable, útil,
original y rica en imágenes y símiles. Sus escritos en español, italiano e
inglés, tienen el sello de una poderosa personalidad.
Salvado y Serra consiguen del Vaticano, tras varias tentativas,
autorización para trasladarse a Australia en la misión del reverendo Juan
Brady, vicario general de la diócesis de Swan River desde 1843. El día 8 de
junio de 1845 embarcaron en el vapor “Istria” para iniciar una larga travesía,
que incluía breves estancias previas en Francia e Inglaterra. Desembarcaron en
Marsella, continuando el viaje por tierra a Lyon y París, donde el Padre
Salvado captó numerosos pretendientes entre los benedictinos, pero sólo obtuvo
el consentimiento de embarque el novicio Fray Leandro Fontaine. El 21 de julio
llegaba la expedición a Londres y dos días después partían para el
monasterio benedictino de Downside, a doscientos kilómetros al oeste de la
capital donde perfeccionaron la lengua inglesa.
En el mes de
septiembre de 1845 zarpaba del puerto de Gravesand la fragata Elizabeth con la
expedición misionera dirigida por el obispo Brady hacia Australia. En total
viajaban treinta y ocho personas de las que sólo eran españoles los Padres
Salvado y Serra. El siete de enero de 1846, al anochecer, la Elizabeth llegaba a
la bahía de Fremantle en Australia; al día siguiente volvieron a embarcar para
remontar el río Swan hasta Perth.
Los
misioneros con el obispo Brady al frente decidieron que el mejor método para
iniciar la conversión de los aborígenes era seguirlos en sus desplazamientos.
En cumplimiento de su misión, Rosendo Salvado establecerá rápidamente
contacto con los aborígenes, internándose en el bush (término del inglés
australiano referido al espacio dominado por el desierto y la sabana y no
incorporado a la “civilización”), superando con sus variados recursos la
dificultad inicial que representaba la trashumancia de los nativos en busca de
su maraña, de su alimento. Muchos años después, en su Informe de 1882 escribía
Salvado que los nativos de Australia Occidental se veían “forzados
a llevar una vida nómada porque el país no ofrece árboles ni plantas con
frutos comestibles para la diaria dieta humana y tiene que depender de la caza
para subsistir. Las piezas no son abundantes ni se hallan en zonas definidas,
especialmente cuando las persiguen asiduamente los cazadores. Por eso los aborígenes
son tan nómadas como ellas... Por el mismo motivo no pueden formar comunidades
numerosas; y cada familia se ve obligada a llevar una existencia nómada y
solitaria...”.
Por
consejo del explorador católico capitán Scully (colono irlandés que tanto había
de favorecer al Padre Salvado y a su Misión), Serra y Salvado deciden que el
territorio de Nunga-Dunga es el lugar apropiado para centrar la empresa
evangelizadora; un territorio situado en la región denominada Victoria Plains,
región con un suelo rico y apropiado para el cultivo. Era el uno de marzo de
1846.
El
obispo Brady dividirá la colonia de Swan River, a efectos eclesiásticos de su
diócesis, en tres Misiones: Norte, Sur y Centro, correspondiendo esta última a
los dos benedictinos españoles, asistidos por el novicio Leandro Fontaine y el
postulante irlandés Juan O´Gorman. Este grupo reducido poco después a los dos
españoles por la muerte de sus acompañantes, fue el único que no fracasó en
la empresa encomendada. En los primeros momentos contaron con el apoyo del capitán
Scully que se brindó a transportar alimentos y vituallas hasta el lugar que el
habbía señalado como más
propicio para la Misión.
El domingo día 1 de
marzo, relata Santiago R. Rodríguez en su biografía del fraile benedictino
titulada El Padre salvado. Un gallego civilizador de Australia, publicada en
Madrid en 1944, celebraron los benedictinos su primera misa en el lugar de
Nungadunga, en los campos que iban a misionar. Esta es en cierto modo la fecha
crucial de la Misión de Nueva Nursia, no sólo por la celebración religiosa,
sino por el abandono total en el que quedaron los misioneros. Y señala que
aunque en el padre Serra residía oficialmente la autoridad, “desde el primer
día el padre Salvado fue acatado como caudillo de la Misión”. Años después
(como se puede comprobar en el Informe 1882 que se conserva en Nueva Nursia),
escribiría Salvado relatando esta experiencia: “No teníamos la más mínima idea –ni nadie nos podía ilustrar- de la
vida y costumbres de los aborígenes australianos. Al desembarcar en Australia,
pudimos constatar que las opiniones eran muy variadas entre los colonos
europeos. Llegué pronto a la conclusión de que la mejor manera de realizar
nuestra labor era la de ponernos en contacto directo con ellos en el bush, donde
los males de la civilización europea no habían penetrado todavía”.
El mismo Salvado anota que, para animar a sus compañeros, expresó en
voz alta su plan de actuación que, según sus propias palabras consistiría en:
“Juntaremos los salvajes que encontremos, conviviremos con ellos, llevaremos
su vida nómada hasta que encontremos tierras propicias. Allí les enseñaremos
con nuestro propio ejemplo cómo se labra la tierra y los fijaremos a ella.
Estudiaremos su lengua, sus modales y sus costumbres, y cuando ya seamos tan
“salvajes” como ellos, les hablaremos de Dios y los traeremos al redil de la
Religión, y acaso encontremos en ellos futuros hermanos en el apostolado que
nos ayuden a convertir a sus congéneres. Y una vez puestos los cimientos de la
Misión, ya no precisaremos avanzar más en el bosque ni a través de las
llanuras; tendremos un centro de atracción que obrará como mancha de aceite y,
poco a poco, acudirán las hordas a la fe y al amor de Jesucristo”.
Al no poder continuar
el viaje, el Padre Salvado tomó la iniciativa de coger un hacha y disponer una
cabaña en la que guarecerse. Al tercer día el fraile gallego tomó la decisión
de acercarse a los aborígenes y ofrecerles alimentos. Precisamente la palabra
referida a alimentos, maraña, fue la primera en lengua aborigen que había
escuchado Salvado en territorio australiano y “la que le iba a dar la clave de
su misión civilizadora” que tan claramente expresaban sus palabras
anteriores. La barrera se derrumba y a esto también contribuirá la música,
convertida en eficaz instrumento de comunicación con los aborígenes como el
mismo Salvado escribirá pocos años después:
“Un
himno de guerra, que para nosotros de fijo no merecería tal nombre, a ellos los
excita hasta ponerlos frenéticos; y como si les trasportara fuera de sí, los
precipita furiosos a la pelea; y al contrario, los cantos tristes
les conmueven de tal manera que
sus fisonomías, especialmente en las mujeres, toman un gesto verdaderamente
lacrimoso. Si el tema de la música les
convida a la caza o al baile, entonces se les ve moverse
contentos y festivos, llenos de vivacidad. ¡Cuántas veces me he valido
de sus canciones de baile para animarles y alentarles en su trabajo del campo!
No una, sino mil veces, estando echados en el suelo, abatidos o fastidiados del
trabajo, al oírme cantar Maquieló, Maquieló -que es una de sus más conocidas y favoritas canciones de baile-, obligados como por una
fuerza irresistible, no solo se levantaban y seguían mi canto, sino que se
echaban a bailar gozosos y placenteros, sobre todo al verme a mi cantar y bailar
como si fuera uno de ellos. Esto me proporcionaba la ventaja de que, después de
algunos minutos de descanso, diciendo yo en tono alegre “mingo, mingo”, que,
aunque propiamente significa el pecho, equivale también a nuestro ¡ánimo!,
insensiblemente volvían a tomar el trabajo, haciéndolo tan gustosos y con
tanto ardor, que no parecía si no que el Maquieló les había infundido nuevos
bríos y nuevo vigor”.
Pero
cuando los alimentos se agotaron los nativos australianos volvieron a
desaparecer, salvo alguno que permaneció junto a los misioneros. Rosendo
Salvado viajó entonces a Perth en busca de alimentos; y para sufragarlos se le
ocurrió dar un concierto público de piano. Idea que fue prontamente aprobada
por el obispo Brady. Su iniciativa contó con la colaboración de otras gentes
de distintas confesiones religiosas, desde el impresor protestante que repartió
gratis los programas hasta el señor de religión
judía que se encargó de despachar las entradas e influir para que
asistieran familias adineradas. La recaudación fue tan importante que permitió
a Fray Rosendo comprar incluso un par de bueyes.
Antes de conseguir
para la Misión un establecimiento permanente, los frailes vivieron también,
como previamente habían acordado, su particular experiencia de nomadismo que se
prolongó durante un año, tiempo en el que Rosendo Salvado adquirió nociones
elementales e indispensables para sus propósitos misionales, que, como el mismo
dejó por escrito en sus Memorias sobre la Australia, consistían primeramente
en “antes que nada conviene satisfacer en el australiano las necesidades de la
existencia, comunicándole, a este fin, los medios más prontos para procurarse
por sí mismo los medios de socorrerlos con la agricultura y con los oficios más
bastos; y después abrirles el entendimiento a las ciencias y a los adornos de
la sociedad”.
Las tierras que el
Gobierno de la Colonia le había concedido comenzaban a ser asiento de una
explotación agrícola que causó sorpresa entre los aborígenes consiguiendo
incluso que algunos siguieran su ejemplo. Pero la falta de medios que le
permitiera mantener a los nativos a su lado hizo que decidiera viajar a España
a recaudar fondos entre sus amigos. Viajó a Perth junto con Serra. Allí le
esperaba una sorpresa: un socorro en metálico de la vaticana "Propaganda
Fide". Circunstancia que le llevó a aplazar el viaje previsto.
De regreso a la Misión
se encontraron con dos malas noticias: la cosecha de trigo había sido
arrasada por animales y la malicia de algunos hombres blancos y además
el Gobierno colonial había repartiido aquel terreno entre algunos colonos.
Recogieron sus escasas pertenencias, desmontaron la cabaña y se instalaron unas
millas al sur del río Moora, donde existe el actual Monasterio y edificios de
Nueva Nursia, llamado así en recuerdo de Nursia, ciudad del centro de Italia,
cuna de San Benito, patriarca y fundador de la Orden Benedictina.
Geográficamente Nueva
Nursia se encuentra situada a ochenta millas de la ciudad de Perth, en un valle
rodeado de montañas, en medio de la hoy rica comarca agrícola conocida con el
nombre de Victoria Plains. Al efectuar el traslado de Bagibagi a Maura-Maura el
Padre Serra fue a Perth para asegurarse de que esas tierras fueran concedidas
por el Gobierno a la Misión.
El número de nativos
que gravitaban alrededor de la Misión aumentaba día a día de tal forma que
los veinte acres de tierra que el Gobierno había regalado a la Misión no eran
suficientes. Levantó el Padre Salvado un plano topográfico y, elevando una
respetuosa petición al Gobierno, solicitaron los misioneros treinta acres más,
contiguos a los que ya tenían. El Gobierno les concedió el que solicitaban y
también el usufructo de otros mil acres para apacentar al ganado.
El 1 de marzo de 1847
se ponían los cimientos del monasterio. El 28 de abril durmieron por primera
vez bajo el techo de la “Nueva Casa-Misión”.
El camino a Perth era
la “vía sacra de la maraña”, la vía de los alimentos. Preocupación
primera de los misioneros. Su mayor aspiración era vivir en el país sin tener
que recurrir a la protección ajena, siguiendo así el viejo ideal de la Orden
fundada por San Benito. Recuerda Salvado, ya anciano, que “fray Serra guiaba
los bueyes y yo llevaba el arado, de verdad puedo decir que he regado el suelo
australiano con sudor de mi frente”.
El paso decisivo para
la mejora de la Misión lo dio el Padre Salvado en noviembre de 1847 al comprar
un gran rebaño de ovejas. En su Diario de fecha 21 de noviembre de 1896 anota:
“hace hoy cuarenta y nueve años, en el día de la festividad de Nuestra Señora
del Socorro, llevé el primer rebaño de ovejas a Nueva Nursia. Eran setecientas
diez cabezas y lo hice con ayuda de un pastor de Northam, donde las había
comprado”. Si bien la Misión no limitaba sus actividades a las materiales del
cultivo del campo y de la cría de ganado, sino que éstas se encaminaban a
conseguir su fin primordial de instruir y evangelizar. A este respecto cuenta
Salvado en sus Memorias una curiosa historia revestida de un halo milagroso, que
dice así:
“Acostumbrábamos
en las horas de más calor del día parar el trabajo y emplear el tiempo
en dar un poco de instrucción religiosa a
los salvajes. Un día, estando ocupados en esto, vino a refugiarse entre
nosotros una mujer salvaje perseguida por su marido que quería matarla. No tardó,
en efecto, en llegar éste corriendo como fuera de sí, y teniendo empuñado un
guichi o lanza en ademán de arrojarlo, sin que bastasen a contenerlo sus amigos
ni nosotros mismos que nos habíamos interpuesto; por lo que, para evitar un
crimen, hicimos entrar a aquella pobre mujer
dentro del monasterio, y habiendo cerrado la puerta con llave,
proseguimos la interrumpida instrucción. El marido, enfurecido más y más a
medida que se oponían mayores obstáculos
para impedirle llevar a cabo su perversa intención, se marchó dando
horribles gritos, pateando el suelo con furor, haciendo varios gestos de
desesperación. Al día siguiente a la misma
hora, observamos que había pegado fuego al bosque vecino, creciendo y
adelantando por momentos aquel horroroso incendio que amenazaba destruir todas
nuestras mieses; sin pérdida de tiempo corrimos con todos los salvajes a fin de
poner un dique a los daños del
voraz incendio; pero ¿quién era capaz de
hacer frente a una columna de fuego que envolvía en sus remolinos de llamas y
humo a los árboles más altos en una extensión de casi una milla? Arrostrando
el peligro, nos pusimos a golpear con ramas verdes, según el estilo de los
salvajes, las yerbas secas de más de tres piés de alto que se hallaban en el
bosque incendiado y nuestros campos, y empezaban ya a
arder; pero la destructora llama inclinada hacia nosotros por el viento
fuerte que hacía, nos abrasaba la piel de la cara y de las manos y nos quemaba
el pelo, la barba y hasta los hábitos, nos hizo perder del todo las esperanzas
de dominar el incendio con medios
humanos. En tan crítica situación, pues mirábamos ya destruido todo nuestro
bien y perdidas todas nuestras fatigas y sudores, recurrimos a la misericordia
divina, interponiendo la intercesión de la Santísima Virgen, nuestra especial
protectora. Cogimos con este efecto una hermosa y devota imagen
de esta divina Señora, titular de nuestra capilla, y la llevamos al ángulo
del campo más cercano al lugar del incendio, colocándola encima del mismo
grano que iba a ser abrasado dentro de unos minutos, y suplicándola con fe viva
que se dignase volver hacia nosotros y hacia aquellos pobres salvajes,
también hijos suyos, sus ojos
misericordiosísimos. ¡Dios Eterno! ¡Qué prodigio tan inesperado! ¡Qué
favor tan particular! No bien hubimos colocado la santa imagen frente a las
llamas, hacia la parte opuesta, en que todo no era más que un montón de
ceniza, cesó de todo punto nuestro peligro. Los salvajes, que habían acudido
en gran número y presenciado el prodigio, mirando con veneración y respeto la
milagrosa imagen, decían con acento de la mayor sencillez: ¡Esta mujer blanca
sabe mucho! Ella lo hizo; si, ella lo hizo; nosotros no sabemos hacer tales
cosas!”.
El 8 de diciembre de
1847 se considera una fecha memorable en los anales de Nueva Nursia que, los biógrafos
de Rosendo Salvado extienden a los naturales de Australia, ya que en tal día se
abrió el primer colegio para niños aborígenes.
En 1848 el obispo
Brady visitó la Misión para constatar sobre el terreno los avances señalados
en los informes que le llegaban acerca de la obra de Salvado y Serra. Gratamente
sorprendido y admirado regresó a Perth y para premiar la labor de estos
misioneros resolvió buscar, sin pérdida de tiempo, toda clase de medios para
aliviar de algún modo el pesado trabajo que allí realizaban. A este fin
comisionó al Padre Serra para que marchase a Europa y adquiriese todo lo
necesario para la Misión. El 20 de febrero de 1848 embarcó en el “Merope”.
Mientras, el Padre Salvado continuó sólo el trabajo. Compró nuevas tierras,
dos mil seiscientos cincuenta acres contiguos a los cincuenta con que contaba;
los parceló y repartió entre los nativos para que cada uno de ellos
aprovechara los beneficios obtenidos. Al mismo tiempo construyó una calzada,
que acortaba en cuarenta millas el camino a Perth y un puente sobre el río
Moore.
En uno de sus viajes a
Perth supo por el mismo obispo que el Padre Serra había sido nombrado
obispo. Y, en su cualidad de Vicario general de la Diócesis de Perth, le
encomendaron viajar a Roma. Viaje que emprende, en los primeros meses de 1849,
acompañado de dos jóvenes nativos, que profesarán como religiosos y tomarán
el hábito de san Benito. Iniciado el regreso, le comunican que había sido
nombrado obispo de Puerto Victoria. Contaba entonces treinta y cinco años. A
los dos días, el 15 de agosto de 1849 era consagrado obispo en la ciudad de Nápoles.
De nada le habían valido sus protestas en contra de su nombramiento, como él
mismo recuerda en un Informe posterior, que cita su biógrafo Dom Eugenio Pérez,
“estuve discutiendo con el cardenal prefecto, incluso mientras su sastre me
tomaba medida para mis hábitos episcopales”. Después, hasta agosto de 1888
no se verá eximido de sus obligaciones como obispo de Puerto Victoria, no sin
antes pedir su relevo en repetidas ocasiones, como manifestará en su Informe de
1899, “Durante los treinta y nueve años que he estado a cargo de la diócesis,
presenté tres veces mi renuncia y sólo ahora se cumplen mis deseos. Informé
en capítulo a la comunidad de este alivio y quedé muy compadecido, y no sin
razón”.
A los tres días partió,
junto con sus misioneros, de Nápoles a bordo del barco español de guerra
“Blasco de Garay”, haciendo transbordo al “Lepanto” en Gaeta. Llegó a
Barcelona el día 23, donde le esperaban veinticinco jóvenes ansiosos de unirse
a él para partir a las misiones.
La escala en Cádiz se
prolonga a la espera de la disponibilidad de la fragata “La Ferrolana”
perteneciente a la marina española, que se había ofrecido a transportarlos
gratuitamente. Mientras, por el P. Serra, se entera de que el Gobierno inglés
había decretado la disolución de la colonia de Puerto Victoria debido a la
insalubridad del país y a las pocas ventajas que ofrecía comercialmente. El
obispo Salvado regresa a Roma y el obispo Serra emprende viaje a Australia con
los treinta y nueve misioneros para llegar a Fremantle el 29 de diciembre de
1849.
El Padre Serra, acompañado
por treinta y tres de sus compañeros recién llegados salió para la Misión de
Victoria Plains e inició su restauración. Diferencias con el obispo Brady
obligaron al obispo Serra a retirarse con la mitad de sus compañeros a
Guildford. Muy pronto, en marzo de ese mismo año de 1850 los benedictinos eran
expulsados de Nueva Nursia por orden del obispo que antes los
había protegido. Así, el 27 de marzo los dieciocho misioneros que
quedaban partían hacia Guildford para unirse con el Padre Serra.
El Padre Salvado
ignoraba todo lo que estaba pasando en Nueva Nursia. Pero una vez informado de
la persecución que sometía el obispo Brady a Serra y de los informes que había
enviado a Roma en su contra y de la Misión benedictina, aprovecha su estancia
en la ciudad papal para presentar un alegato de más de cien páginas con el que
–como anotan sus biógrafos- “logró que los benedictinos españoles no
fueran sacados de la diócesis de Perth, aunque –continuan- estaba a demasiada
distancia de Nueva Nursia para poder impedir que los agentes de monseñor Brady
la saquearan y ahuyentaran a los monjes y a los salvajes”. Esta fue también
el origen de sus Memorias Históricas, relato de sus tres años de vida
misionera en Australia Occidental. Obra que contiene la geografía, la historia,
la antropología, la zoología y la botánica del país y un vocabulario
aborigen, amén de la historia de la Misión en sus comienzos. La publicó
primero en italiano con el título Memoire Istoriche Interne dell´Australia, y
se tradujo más tarde al español con el título de Memorias Históricas sobre
la Australia. Conocería también traducciones a otros idiomas.
Las gestiones de
Salvado consiguen rehabilitar el nombre y el papel de Serra en la diócesis de
Perth. Este, cada vez mas, trasladará su centro de interés a la capital de la
diócesis en perjuicio de la actividad con los aborígenes, como él mismo
reconoce en carta al P. Garrido, enviado suyo en Roma, cuando le urge la
recaudación de fondos para “cuando tengamos que construir una nueva catedral
para albergar a los numerosos católicos que esperamos, ahora que las
autoridades británicas han decidido convertir Perth en una colonia de
convictos. Ello traerá consigo, al igual que ocurrió en Sidney, un gran número
de pioneros libres”. Serra, como observamos, ve con buenos ojos la emigración
forzada de los “convictos” británicos a Australia Occidental, que será una
realidad desde mayo de 1850.
Durante
su estancia en Europa el fraile-obispo se empleó también a fondo para
conseguir amigos y protectores de su Misión. En la búsqueda de vocaciones para
la misión de Nueva Nursia recorre Irlanda y España. Visita también a su
familia en Tuy. Su ciudad natal le tributa un caluroso recibimiento,
interpretando la banda de música, a modo de himno triunfal, el “Maquieló”,
que el había enviado previamente a sus amigos como curiosidad folklórica. Tras
varios intentos fallidos por el mal tiempo, emprende el regreso, acompañado de
cuarenta y tres religiosos, el 19 de abril de 1853 en el “John Panther”,
llegando a Fremantle el 15 de agosto de 1853, donde son recibidos por el obispo
Serra.
En
su calidad de obispo el P. Salvado sustituía a Serra, como administrador de la
diócesis de Perth, en sus viajes a Roma. Pero no por eso desatendió a la Misión,
que siguió siendo el centro de todos sus desvelos. Cuando por fin regresa a
Nueva Nursia se encuentra con una situación muy distinta a la que había dejado
en el momento de su marcha. “Me
encontré allí –escribe en su Informe de 1864- con un solo hermano encargado
de la Misión, o más bien de la granja. La pequeña iglesia se había
convertido en establo y había un caballo dentro cuando llegué. En el libro de
bautismos estaban reseñadas las entradas de tabaco y otros bienes de consumo.
No quedaba nada del monasterio...nada, absolutamente nada se había hecho para
los pobres nativos”. En otro momento escribe también –Informe de 1882- que
“en realidad, tan triste estado de cosas no me sorprendió más que
parcialmente. Nueva Nursia llevaba mucho tiempo en manos de hombres cuyos
intereses no eran los aborígenes o la Misión. Más me hubiera
sorprendido encontrar que quedaba algo”.
Estas circunstancias
le llevan a buscar un nuevo lugar para el monasterio. Empieza a construir una
nueva iglesia. Del año 1854 data la expansión de Nueva Nursia. La comunidad la
formaban ahora cuarenta monjes entre padres y legos, todos jóvenes y activos.
Durante los tres años empleados en la edificación de la nueva Misión de Nueva
Nursia, el obispo Salvado trabajaba como un operario más.
Según su biógrafo
Santiago R. Rodríguez la fuerza de la nueva cristiandad radicaba sobre todo en
las familias que se fundaban y multiplicaban al lado de la Abadía. La Misión
se convirtió rápidamente en un plantel que era centro a la par de difusión de
la doctrina católica y de atracción no sólo de los aborígenes sino también
de los pobladores europeos.
La mayor dedicación
pastoral del obispo Serra a los católicos de origen europeo chocó con la
concepción evangelizadora del obispo Salvado dirigida a la cristianización de
los aborígenes. Esto le llevó a solicitar a Roma la secesión de Nueva Nursia
de la diócesis de Perth, lo que consigue en un nuevo viaje a Roma.
Por fin, después de
quince años el obispo Salvado pudo entregarse por entero a los primitivos
pobladores australianos, a su vocación tempranamente manifestada desde su
estancia en el monasterio italiano de La cava, como el mismo relata en sus
Memorias.
Su principal
preocupación, una vez superado el estadio de la alimentación (la "maraña"),
vestido y alojamiento, era la cristianización y la cultura de la juventud. Se
valió de sus excepcionales aptitudes musicales en sus contactos con los aborígenes
logrando que éstos encontraran en la música uno de los más poderosos
alicientes para acercarse a la Misión y recibir de paso los rudimentos del
saber y de la doctrina cristiana.
En 1865 parte de nuevo
para Roma, llegando a punto para evitar su nombramiento para la diócesis de
Perth. Consigue para la Misión de Nueva Nursia la categoría de Prefectura
Apostólica y Abadía "Nullius", y ser nombrado Prefecto Apostólico y
Abad Ordinario Perpetuo de la misma. De tal modo que la Abadía de Nueva Nursia
no estaba unida a ninguna provincia religiosa ni tenía Abad General ni Abad
Visitador. Sólo debía obediencia al abad Salvado, el era el único
representante del Papa. Este privilegio le fue concedido por el Papa Pío IX.
Conseguido esto el
obispo Salvado recorrió Europa para reclutar personal para la misión y, sobre
todo, con el objeto de fundar un noviciado en alguno de los monasterios
“restaurados” en España al amparo del concordato firmado con el Vaticano,
consciente de que si no contaba aquí con un plantel de religiosos, su obra de
Victoria Plains no se consolidaría y se vendría abajo. Gracias a sus esfuerzos
el 11 de febrero de 1868 se autorizaba por R.O. un colegio de Misioneros
Benedictinos en El Escorial (Madrid), nombrando al P. Salvado presidente de El
Escorial por R. D. do 22 de junio. La revolución liberal de septiembre de 1868
trunca esta experiencia. Y regresa a Australia con treinta y dos misioneros
entre los que se encontraba su hermano Santos Salvado.
Pronto
tuvo que embarcar de nuevo hacia Roma con el fin de asistir al Concilio Vaticano
que se había de inaugurar el 8 de diciembre de 1870. Reclamado de su monasterio
australiano, por asuntos urgentes, obtiene permiso para ausentarse de Roma antes
ya de que se suspendiera el Concilio Vaticano y vuelve a Australia,
permaneciendo trece años ininterrumpidos al frente de Nueva Nursia, que
coinciden con la obra de ampliación y afianzamiento de la Misión. Por estos años,
el monje francés Dom Th. Berengier de visita en Nueva Nursia ofrece una
descripción detallada de la Misión:
“en el centro de una extensa
heredad cultivada por los benedictinos en las Llanuras de Victoria, rodeada de
inmensos bosques que hace treinta años lo cubrían todo, se levanta una iglesia
de estilo italiano no exenta de elegancia; por debajo, a poca distancia, el
monasterio que es, al mismo tiempo, una escuela agraria. A la derecha de la
iglesia, rodeadas de cuidados jardines, un buen número de casitas con techos de
ramajes de eucaliptos, viviendas de los aborígenes. A alguna distancia, en un
altozano, para evitar que los ruidos de martillos y sierra perturben a los
hermanos durante los oficios, están la carpintería, la forja y los almacenes.
Más abajo, cerca de la carretera, frente al vasto cerramiento de Nueva Nursia,
puede verse la enfermería, en donde blancos y negros son cuidados por los
monjes. Del otro lado del camino, la residencia, porque, incluso aquí, como en
Montecasino y ahora en Solesmes, no faltan nunca invitados o extraños, como se
lee en la Regla de San Benito. A la derecha del monasterio, los benedictinos han
plantado huertos y construido almacenes, molinos, cobertizos y establos. A lo
largo del valle, fuertes cercas de troncos y chapas de madera preservan a los
caballos y al ganado. Y, finalmente, en lo alto del cerro que contempla tan
variados edificios para tan diferentes propósitos, se sitúa, entre grupos de
caobas y eucaliptos, una ermita dedicada a la Reina de los Cielos, con un pequeño
campanario, coronado por una cruz que domina el paisaje”.
Anota
en su Diario del 28 de mayo de 1874 el P. Salvado: “en verdad hubiera sido una
auténtica pesadilla, cuando en 1846, llevaba una existencia seminómada, sin
refugio en el bush y reducido a alimentarme de raíces, serpientes y cosas
parecidas, imaginar que en 1874, es decir, veintiocho años después, habría de
contemplar, en la establecida Misión de Nueva Nursia, una oficina postal y
telegráfica confiada a una muchacha aborigen educada y formada profesionalmente
en la Misión”.
La
fiebre del oro desatada por estos años en Australia Occidental llevó hasta el
territorio de la Misión a un buen número de exploradores y buscadores del
preciado metal, a los que Salvado, temiendo cualquier alteración que pudiera
poner en peligro la “feliz y pacífica influencia de la Misión”, acogerá
con muestras de hospitalidad. En aquellas fechas el monasterio había alcanzado
la autosuficiencia con los productos del trigo, hortalizas y ganado; sin olvidar
el vino, pues como el mismo Salvado anota el 15 de agosto de 1874 se servirá
vino en la Misión, “vino cosechado por nosotros; desde hoy se servirá
diariamente, no todavía puro,
porque hay que preservar las necesidades de la misa, pero equilibradamente
aguado. Es en todo caso un gran refresco, sobretodo en la estación caliente. La
cosecha no da para más”. Poco después los vinos de Nueva Nursia concurrían
a diversas exposiciones europeas y obtenían premios en París. Y éxitos
similares se obtuvieron con la producción de seda y tabaco.
En 1882 vuelve a España.
Como Abad de Nueva Nursia visita el monasterio de Samos (Lugo) en 1884, pero
este monasterio no le agrada como centro de formación de futuros misioneros de
la selva, por que no disponía de suficiente terreno en el que realizar prácticas.
Se decide por el monasterio de Montserrat (Barcelona). Vencidas ciertas
resistencias legales, consigue del rey Alfonso XII, el 15 de mayo de 1884,
autorización para abrir allí un Colegio de Misiones para Ultramar. El Colegio
que había de abrirse en Monserrat formaría personal para Filipinas, pero con
un período de prueba en las Misiones de Nueva Nursia, que en ese sentido venía
a ser como una sucursal de Monserrat. El mismo privilegio fue concedido para
Samos y Silos.
Visita Tuy por segunda
vez, de donde parte con destino a Londres. Embarcándose para Australia en el
mes de julio de 1886. Desde España sigue los avatares de la construcción del
ferrocarril en Australia Occidental, comunicándole al gobernador su postura al
respecto pues consideraba que la concesión de millones de acres de buena tierra
a los financieros ingleses para la construcción de los tendidos significaba una
amenaza directa para la misión.
Su
labor con los originarios pobladores del país (Salvado había estimado en
setecientos los habitantes de la región) fue ampliamente reconocida por
diferentes sectores de opinión. Su vocación misional le llevará a preocuparse
por el estudio de su organización, sus creencias, costumbres etc. como ya
recoge en la parte tercera de sus Memorias sobre la Australia e incluso registró
el su vocabulario en el final de las mismas. La periodista británica Florence
Nightingale lo distingue en repetidas ocasiones con laudatorias noticias sobre
su actuación en relación con la educación e instrucción de los nativos; y en
un amplio informe presentado en la reunión de la National Association for
Promotion of Social Science, celebrada en Nueva York en 1864, comenta: “hasta
ahora ha sido frecuente que los misioneros católicos, al tratar a las razas no
civilizadas, pensasen: rocíen al niño con agua bendita y cuanto antes muera,
mejor; los protestantes creen que lo primero es hacerles entender las verdades
cristianas y que entonces todo está acabado. Pero el más prudente de los
misioneros de nuestros días, estima que para poco sirve que sepan leer y
escribir, que eso no les da una vida. Mostradles sus deberes para con Dios y
enseñadles a arar. El Obispo ilustraba su idea como sigue: el trabajo físico,
arar y cultivar la tierra, les da un medio de vida; el trabajo mental, como
lectura y escritura les fomenta, como hemos comprobado muchas veces, los vicios
y el libertinaje. Hay muchas cosas que en teoría resultan muy bellas, pero que
no pueden ponerse en práctica... la naturaleza misma nos enseña que lo primero
que mira un recién nacido es el pecho de la madre y nadie puede usar sus
facultades intelectuales sin la fuerza física necesaria. Quizá no esté fuera
de lugar añadir que incluso para
los pueblos más civilizados que escriben, su pluma es el arado, su tinta la
semilla, y su papel sus campos. Muy pocos hay verdaderamente para quienes el
pensamiento y no la tinta sea su simiente; de hecho la mayoría vive del arado,
y sólo los privilegiados, extremadamente pocos, de su pensamiento”.
En mayo de 1887 fue nombrado “protector de los aborígenes”
por la administración de la Colonia. El periódico The Daily News, editado en
Perth, recoge en su número del 13 de febrero de 1892 la siguiente información:
“Me informan que los negros de cien millas a la redonda gozan de la
humanizadora influencia de la Misión. Hay aquí un equipo feliz, tranquilo,
laborioso, bien instruido y bien remunerado. Todas sus necesidades están
cubiertas y, además, aprenden a leer y escribir y a comportarse con arreglo a
las normas religiosas. Se atienen a ellas cuidadosamente y no se encuentran en
Italia o Irlanda más regulares o devotos practicantes. El obispo ha formado una
banda y se dan conciertos todas las tardes en un viejo molino... un hermano actúa
de director. La mayoría de la gente del pueblo, incluso los residentes blancos,
se reúnen allí para gozar de la actuación o se unen a ella cantando... En
todo lo que vi, incluidas unas pocas palabras que intercambié con niños y
mayores, se refleja la crueldad con que han sido tratados los aborígenes en
tantos otros sitios, para vergüenza de la humanidad. Y todos los resultados a
que me refiero se deben a la bondad y discreción del venerable obispo... en
este asunto de los negros, el Obispo Salvado se ha erigido en el primado de
Australia, el príncipe de la colonización”.
Después de 54 años
en Australia se propone hacer otro viaje a Europa para acabar de consolidar la
obra misional. Temía morir sin dejar todo en regla. Era su quinto viaje a
Europa. Embarca en el vapor alemán “Prinz Regent Luitpold”, que salió de
Fremantle a finales de noviembre de 1899. Contaba entonces el obispo Salvado
ochenta y cinco años de edad y gozaba de gran agilidad mental. Llega a Roma el
1 de enero de 1900.
El obispo Salvado
propone al P. Fulgencio Torres como su sucesor y el 16 de enero se publica un
decreto nombrando a éste administrador apostólico de la Abadía de Nueva
Nursia. Su avanzada edad no le había nublado las facultades para negociar y
efectivamente solucionó un asunto de capital importancia para el futuro de la
Misión: afilió la Abadía y la Comunidad de Nueva Nursia a la provincia
benedictina española, poniéndola a salvo del peligro de caer bajo un control
secular después de su muerte o de pasar a una jurisdicción extranjera.
Todavía el día 13 de
noviembre interpreta a instancia de los alumnos del Colegio Benedictino
Internacional de San Anselmo una composición musical. Cantó, acompañándose
el mismo al piano, la danza guerrera de los aborígenes australianos, el Maquieló.
Murió el 29 de
diciembre de 1900, casi con 87 años de edad. Su sucesor, el abad Fulgencio
Torres (natural de Ibiza, en las Islas Baleares), trasladó sus restos a Nueva
Nursia, tan pronto como las leyes italianas se lo permitieron.
En 1903 salió de
Napolés el “Prinz Regent Luitpold”, el mismo vapor que le había
traido a morir a Europa, llevando los restos del obispo Salvado, que
llegaron a Fremantle el 2 de junio, siendo depositados en el coro de la iglesia
de la Misión de Nueva Nursia.
Como escribe el Padre
Sanz, monje benedictino en la abadía de Nueva Nursia en la actualidad, “para
cuando el Padre, Abad y Obispo Salvado murió... New Norcia había adquirido la
reputación de una misión modelo”. Con su sucesor, la Misión se convertirá
también en centro de educación para blancos y nativos. Le corresponderá
asimismo al P. Torres el mérito de fundar en la parte más septentrional del
Estado Occidental la misión llamada en un principio Drysdale River Mission, la
actual Kalúmburu.
Mención aparte
merece en la vida de Salvado su preocupación forestal. Uno de sus biógrafos,
Santiago R. Rodríguez, resalta la labor del fraile tudense como difusor de los
eucaliptos y las acacias. Textualmente en la página ciento treinta y ocho
escribe a este respecto:
“Deuda grande de gratitud
tiene contraída Galicia, y singularmente la provincia de Pontevedra, cuya
riqueza forestal logró tanto incremento gracias a las especies arbóreas
importadas por primera vez a Europa por el Padre Salvado”.
Coincide básicamente
con el Dom Eugenio Pérez, quien escribe:
“No estaría de más
mencionar el interés de Dom Salvado por la reforestación, de la que tenemos
referencias varias de esta época. En Sidney –anota Salvado- entregué al
reverendo fray McDermot un paquete de semillas de eucalipto de la especie Jarrah
para su plantación en el colegio. El Obispo –continua su biógrafo- contribuyó
a dar a conocer este árbol en Europa, suministrando abundantes semillas y
plantando el mismo muchas en los jardines de sus amigos. Las insanas marismas de
Le Tre Fontane, cerca de Roma, fueron depuradas; y hoy en día los hermanos del
convento fabrican un licor especial, extraído de los eucaliptos, muy popular,
llamado eucaliptino. En su provincia española y también en Asturias, espléndidos
bosques de eucaliptos crecen rápidamente de las semillas introducidas por Dom
Salvado y sirven de material vario para las industrias mineras. Aún hoy, el
primero plantado en El Pito, se muestra a los turistas como ejemplo excepcional.
Y por allí cerca, en Los Muros, una hermosa avenida de Eucaliptos Marginata,
que conduce al cementerio, ha sido salvada en homenaje y recuerdo del fundador
de Nueva Nursia”.
En una carta del año
1886 enviada a su familiar Victoriano Comesaña Salvado, residente en Tui, le
comunica el envío de simiente de eucalipto marginata. Lo que no sabemos, cosa
que bien pudo suceder, es si realizó envíos anteriores o si había
transportado personalmente algunas simientes en sus varias estancias en España.
Más difícil resulta considerarlo el introductor de esta especie arbórea en
Galicia, sobretodo de la variedad más extendida como es la globulus, que había
sido localizada en Tasmania por el botánico francés Labillardière en 1779 e
introducida en Francia por A. Gridenoit pocos años después (1804); y de aquí
se expandiría por los países mediterráneos. No parece que esta variedad se
introdujese en Galicia antes de 1869, momento en que inicia su plantación en
las Riberas del Sor V. Pardo de Lama.
AUSTRALIA, PAÍS DE INMIGRACIÓN. LAS SINGULARIDADES DE LA
PRESENCIA GALLEGA EN LA EMIGRACIÓN ESPAÑOLA A AUSTRALIA
A
pesar del posible conocimiento de Australia por los europeos, que van a explorar
las tierras próximas a la isla continente desde el siglo XVI como el viaje de
la San Lesmes, las expediciones de Jorge Meneses, de Pedro Fernández de Quiroz
y de Luis Váez de Torres, así como las exploraciones de sus costas y de la
isla de Tasmania por los navegantes holandeses e ingleses en el siglo XVII, la
presencia europea en Australia es muy tardía, y no será hasta los viajes de
Cook a finales del siglo XVIII cuando se proceda a la colonización de las
nuevas tierras. Tardío establecimiento de la población europea, que comienza
realmente en enero de 1788 cuando llega a Botany Bay, cerca de Sidney, el capitán
A. Phillip al frente de un grupo formado por setecientos cincuenta y siete
reclusos deportados y trescientos cincuenta soldados y familiares, dentro de la
política británica de hacer de la isla una gran penitenciaría donde
establecer a los reclusos británicos. De todo modos, también se consideró,
desde el primer momento, la necesaria colonización de las nuevas posesiones,
por el que, una vez cumplida su pena y liberados los presos, permanecerían en
la isla convirtiéndose en colonos.
Por
las características específicas de este poblamiento, el incremento demográfico
es muy escaso, alcanzando en 1840 solo un censo de ciento noventa mil nuevos
habitantes. A esto hay que unir la enorme distancia con respecto a Europa, de
donde procede la mayoría de los inmigrantes, así como la fuerte competencia
con el continente americano, destino preferente de los europeos durante el siglo
XIX. Durante estos primeros tiempos la historia de la colonia está muy
vinculada a Londres, ya que depende casi exclusivamente de la llegada de
colonizadores británicos y de los envíos llegados desde Inglaterra.
Pero
a partir de mediados del XIX se producen importantes modificaciones, al mismo
tiempo que se finaliza el ciclo de recepción de presidiarios (fenómeno del
que, como señalábamos antes da buena cuenta Rosendo Salvado en sus escritos).
Para comenzar, se descubren filones auríferos, lo que sirve de detonante a una
corriente emigratoria con punto de salida en el Viejo Mundo, lo que provoca un
fuerte crecimiento de la población. Esta se quintuplica en los años centrales
del siglo XIX, y así en un plazo de diez años pasa de los cuatrocientos cinco
mil habitantes registrados en 1850 a un millón ciento cuarenta y cinco mil
seiscientos en 1860. Tal avalancha marca la ruptura de la homogeneidad
anglosajona, ya que llegan gentes de otras zonas, por lo que se comienzan a
tomar las primeras medidas restrictivas, especialmente relacionadas con la
prohibición de entrada de individuos de raza no blanca.
Las
primeras noticias sobre españoles en Australia se documentan en la primera
mitad del siglo, como el establecimiento del hacendado J. B. Arrieta, asentado
en Candem. Pero esta escasísima presencia española (en la que se incluye el
gallego de Vilagarcía de Arousa S. Buhigas) se incrementa durante la época de
la fiebre del oro de mediados del siglo XIX, cuando llegan familias como la
Parer, contabilizándose en 1873 una colonia española en Victoria de ciento
treinta y seis personas. También destaca en estos años la creación de la misión
benedictina de Nueva Nursia, en Australia Occidental, que estuvo dirigida por
fray Rosendo Salvado.
El
incremento demográfico continúa en los años posteriores. En 1880 la población
australiana se aproxima a los 2.250.000 habitantes y en 1920 supone cerca de los
5.500.000, para superar en 1940 la cantidad de siete millones. En 1950 se sitúa
en los 8.300.000.
En
este continuo establecimiento de emigrantes se observa, desde los años previos
a la Primera Guerra Mundial, la existencia de una importante colectividad vasca
en Queensland, dedicada preferentemente al trabajo en la caña de azúcar y
retroalimentada por la existencia de fuertes cadenas migratorias, como estudió
William A. Douglass. También se localiza en el norte de Queensland y Victoria
otra colonia integrada por catalanes que huyeron de la guerra que España
mantuvo con Marruecos. En 1933 se estima la colectividad española en 1.141
personas, que va a disminuir en los años posteriores, alcanzando solamente los
992 individuos en 1947. Esta cifra incluye a un grupo de refugiados de la Guerra
Civil española (1936-1939) establecidos, tras de los años de trabajo en la
Commonwealth, en las ciudades de Sidney y Melbourne.
Durante
la Segunda Guerra Mundial los sectores agropecuarios y comerciales australianos
sufren fuertemente las consecuencias del enfrentamiento bélico, lo que provoca
una importante caída de la producción. Pero al final de aquella se va a
iniciar rápidamente la recuperación gracias a la fuerte demanda exterior y los
altos precios. Recuperación que propicia el incremento de la demanda de
productos manufacturados, de maquinaria para las industrias, los transportes y
la demanda de mercancías hasta entonces inexistentes. Empresas británicas y,
sobre todo, norteamericanas inician el montaje de plantas de ensamblaje de
coches, como paso previo al proceso de fabricación total de los vehículos.
Las
principales beneficiarias de esta nueva situación son las industrias metalúrgicas
creadas durante la conflagración, junto con otras creadas ex profeso, que se
lanzan a cubrir las nuevas necesidades. La demanda interna estimula la producción
de los más variados artículos, lo que incide en la aceleración de la
creciente industrialización. Las importaciones de productos manufacturados
disminuyen y la gama de productos destinados a la exportación se amplía,
incluyendo, además de los bienes agropecuarios (sector prácticamente exclusivo
en fases anteriores), los manufacturados. Surge, así, un sector industrial cada
día más importante localizado en las principales capitales y en otros núcleos
como Newcastle, Geelong, Port Kembla, etc.
Todo
eso provoca que en la postguerra la inmigración adquiera un ritmo creciente,
impulsado por el apoyo del Gobierno y el alto nivel económico del país. Al
final de la guerra, las autoridades australianas se muestran muy propicias a
atraer emigrantes, fijándose como objetivo alcanzar una población de 20
millones, por el que realizan una política en esa línea, ejemplificada en el
lema “O poblar o morir”. Y así se crea el Departamento Federal de Inmigración
y se diversifican las zonas de procedencia de los recién llegados, pero que
continúan siendo de raza blanca y especialmente europea, manteniéndose todavía
una clara preferencia por los de origen británico. Con esta finalidad Australia
firma un convenio con Gran Bretaña según el cual todos los antiguos soldados
tenían un pasaje gratuito, y los restantes británicos se beneficiarían de
programas de emigración asistida, permitiendo asimismo la entrada de europeos
de otras nacionalidades. Son los años del modelo de la política de los White
Australia, que impone un control severo de la inmigración para evitar la
entrada de individuos no blancos. Son años, en resumen, en los que existe una
manifiesta oposición a la inmigración libre para excluir a asiáticos y
africanos.
Se
estima que el país recibe entre 1945 y 1970 un total aproximado de tres
millones de personas, lo que supone una media anual de ciento veinte mil, de las
que una parte muy importante decidió permanecer y asentarse para siempre en
esta tierra. Entre los emigrantes hay un claro predominio de los jóvenes y
adultos jóvenes, y de las mujeres (que representan el 44% del total). Como
consecuencia de estas corrientes Australia sufre una fragmentación del mercado
de trabajo, por el que los ciudadanos quedan libres de realizar los peores
trabajos, que serán ocupados por inmigrantes. Casi la mitad de estos disfrutó
de ayudas económicas para hacer el viaje y establecerse, exigiéndoles a cambio
realizar dos años de trabajos en obras públicas antes de poder
elegir otro.
La
población aumenta considerablemente, y a partir de 1950 ese incremento es
continuo, tanto por la llegada de nuevas remesas como por el propio crecimiento
vegetativo: en 1960 alcanza los 10.300.000; en 1975 los 14.000.000; y hoy en día
un censo de diecisiete millones y medio. Sin embargo, Australia continúa
teniendo una densidad muy baja y muy desigualmente distribuida, ya que la
población se concentra en las regiones periféricas del Este y Sureste, donde
se encuentran las principales ciudades como Sidney, Melbourne, Brisbane y
Adelaida y, secundariamente en la región del Sudoeste, en la que sobresale
Perth. Son lugares donde se van a establecer los inmigrantes, que residen
formando colonias cerradas.
Tras
los intentos fracasados de atraer la corriente tradicional de emigración
procedente de países anglosajones, así como de Europa del Norte (a causa de
las consecuencias demográficas de la Segunda Guerra Mundial y el boom económico
de Europa Occidental en la postguerra), las autoridades australianas se ven
obligadas a buscar nuevos países que satisfagan su fuerte demanda de mano de
obra. La variación de las zonas de procedencia de los trabajadores representa
que los británicos apenas rebasen la tercera parte, incrementándose los de
otros orígenes, sobre todo los procedentes del área del Mediterráneo:
italianos y griegos, pero también de Europa del Este, estimándose la llegada
de trescientas mil personas procedentes de estos países. Esta mayor
heterogeneidad se observa si comparamos el origen de la población en 1947 y
1975. En la primera fecha se calcula que el 95% del total era de origen británico,
mientras que en 1975 este porcentaje baja al 75%, lo que refleja el importante
cambio operado en la política migratoria durante estos años. En otras
palabras, eso significa que el modelo de un país étnicamente uniforme se
convirtió en un mosaico de nacionalidades.
Paralelamente,
en España, pese a los intentos oficiales de no favorecer la emigración durante
los años 40 y los primeros 50, la situación económica y social provoca el
renacimiento de una fuerte corriente emigratoria, la cual durante esos años se
dirige a América Latina, en un principio sobre todo a Argentina y
posteriormente a Venezuela. En los años finales de la década de los 50 las
autoridades de Madrid, ante el grave panorama interno, abandonan la política
anterior y con el Plan de Estabilización Económica tratan de liberalizar su
economía. Uno de sus objetivos básicos va a ser recolocar los grandes
excedentes de población agraria mediante la emigración de las zonas rurales a
los nuevos focos de industrialización del interior, pero sobre todo a Europa
Occidental. Esta demanda de fuerza de trabajo lleva a la firma de acuerdos
bilaterales y a la aparición de nuevos organismos destinados a orientar las
corrientes humanas. Por lo tanto, se abandona el concepto predominante de la
emigración anterior, la espontaneidad, para ser una emigración
fundamentalmente asistida y dirigida de acuerdo con las demandas de los centros
de producción europeos. Como muestra de esta nueva orientación, en 1956 España
se integra en la Comisión Intergubernamental para las Migraciones Europeas y
surgen instituciones y organismos como la Comisión Católica de Emigración y
el Instituto Español de Emigración, que junto a los programas de emigración
asistida desenvuelven iniciativas de reagrupamiento familiar.
Será
en este marco en el que, desde los años 50, se van a restablecer las cadenas
migratorias entre el País Vasco español y el norte de Queensland con la
producción azucarera en la mente, áreas fuertemente dependientes de fuerza de
trabajo por lo que el Gobierno australiano trata de atraer población desde las
áreas rurales de Europa.
Dentro
de esta nueva situación, y siguiendo la tesis de doctorado de Ignacio García
Fernández (Sidney, 1988), desde el año 1955 se establecen los primeros
contactos entre las autoridades de Australia y España, en las que los intereses
de la industria azucarera y la jerarquía eclesiástica tuvieron un papel muy
destacado. Eso desembocó en la aprobación de un acuerdo bilateral, firmado en
junio de 1957, que se materializa en agosto de 1958 con la llegada de los
primeros emigrantes asistidos a Brisbane. Desde esa primera expedición hasta
marzo de 1963 desembarcan en Australia 7.814 emigrantes españoles asistidos. En
esos momentos resulta difícil singularizar la emigración gallega dentro del
conjunto de la española. Las causas para salir de la tierra natal son muy
variadas: la situación económica española, la falta de expectativas sociales,
motivaciones políticas y religiosas (grupo de adventistas que emigra a
Melbourne, ciento seis), la existencia de redes de relaciones familiares o mismo
el deseo explícito de escapar de la soltería para algunas mujeres que
participaron en la Operación Marta.
Los
emigrantes son elegidos por las autoridades españolas de acuerdo con las
peticiones de la otra parte, y aquellos tenían que comprometerse a permanecer
durante dos años en el país, a menos que reembolsaran las ayudas del gobierno
australiano. Luego podían establecerse para siempre en Australia, decidiendo
libremente su trabajo y lugar de residencia. Este acuerdo fue roto
unilateralmente por España en marzo de 1963, lo que supone la finalización de
esta corriente de emigración asistida, aunque va a persistir una cierta
corriente humana al Pacífico.
Esta
última es una emigración asistida, no espontánea, mediante la cual el
gobierno se compromete a financiar el coste del viaje y asegura el mantenimiento
de los emigrantes sin trabajo. Los requisitos solicitados para permitir la
entrada y conceder el visado se limitan al conocimiento básico del idioma y a
certificar una buena salud. Y frente al modelo europeo de inmigrantes laborales
fomentan también una emigración definitiva para aumentar el escaso contingente
demográfico del continente australiano, porlol que van a potenciar el
reagrupamiento familiar y la emigración femenina. Son medidas que favorecen la
permanencia estable de los recién llegados en el continente australiano, situándose
el retorno de los españoles a la Península en valores relativamente bajos.
Estos
emigrantes eran dirigidos por el gobierno australiano, como primer paso en la
colocación y distribución, al campamento de Boneguilla, y de allí eran
trasladados a su lugar de residencia y trabajo.
Después
de una fase inicial en granjas o en zonas industriales acostumbraban
establecerse en las grandes urbes, sobre todo en Sidney y Melbourne, por los
atractivos que estas ciudades ofrecían, con un mercado laboral que demandaba
empleo y muchas y mayores posibilidades de educación y vida social. En efecto,
a finales de los años sesenta se produce el despegue comercial de toda la costa
este, desde Nueva Gales del Sur hasta el estado de Queensland. Los gallegos que
emigran durante estos años se dirigen a las localidades de esa área geográfica,
principalmente a Sidney. Ahí reside más de la mitad de la colonia gallega
emigrada, donde viven dispersos por el extrarradio de la ciudad aunque su lugar
de trabajo se localiza más que nada en la City, centro administrativo y
comercial: primero en la zona de Paddington Street, y luego en el área de
Liverpool Street.
Y
mientras las mujeres se dedican preferentemente al trabajo doméstico, limpieza,
servicios etc., los hombres se colocan en la industria de la construcción y del
automóvil, ocupando los trabajos más duros y pesados. Una parte importante de
los emigrantes logró establecerse autónomamente y creó sus propias empresas,
sobre todo en el sector servicios. Ahí logran consolidar firmas de carácter
familiar, con una significativa presencia en el sector hostelero: aparecen como
propietarios de numerosos bares, hoteles, restaurantes y tiendas de alimentación.
También se dedican a la construcción, empresas de servicios y agencias de
viajes.
A
parte de las trasladadas desde España, también existe un grupo de personas
procedentes de una segunda emigración desde otros países. Así españoles
establecidos en Latinoamérica, sobre todo en el Río de la Plata; el motivo es
la situación en la que vive Argentina desde mediados de los años cincuenta.
También hay quien parte desde Filipinas, y otros grupos llegarán a Australia a
mediados y finales de los años 60 desde Europa Occidental: Francia, Holanda o
Inglaterra, país este último desde el que era más fácil su éxito migratorio
por su conocimiento del idioma. Aunque, según las estadísticas oficiales españolas,
la presencia gallega dentro del flujo migratorio es muy escasa, hay que tener en
cuenta que muchos gallegos residentes en Australia tienen una experiencia
previa, al reemigrar desde otros países, por lo que no se recogen sus datos
estadísticamente.
Dentro
del conjunto de la emigración española a Australia podemos diferenciar tres
modelos migratorios, que se van a suceder cronológicamente.
En
un primer momento, desde 1958 a 1961, emigran mil trescientos hombres que se van
a dedicar al trabajo en el campo. Las operaciones Canguro y expediciones
similares como la Eucaliptus, Emu, Kerry o Torres responden a este modelo
emigratorio. En ellas participan sólo varones, excepto algunas parejas sin
hijos (en las últimas expediciones, como la Emu o la Torres). Figuran gentes
que proceden del Norte de España, sobre todo del País Vasco y Cantabria.
En
un segundo momento, desde 1960 hasta 1963, asistimos a una importante emigración
femenina, en la que participan sobre ochocientas mujeres. Los viajes son
facilitados por el deseo del Gobierno australiano por modificar el desigual
balance de sexos del continente, que se dedicarán preferentemente al trabajo en
el servicio doméstico.
Después
aparece una emigración de tipo familiar, en la que participan dos mil
trabajadores y sus familias que comprenden cerca de cuatro mil personas. Se
dedicarán preferentemente al trabajo industrial.
Cronológicamente,
la primera de estas expediciones es la Canguro, en la que participan ciento
cincuenta y nueve emigrantes que fueron reclutados en el País Vasco y
Cantabria. Embarcaron en el barco Toscana, que había partido de Trieste
(Italia) el 26 de junio de 1958 y llega al puerto de Brisbane el 6 de agosto,
tras una travesía por el Mediterráneo en la que embarcaron trabajadores
procedentes de los países del centro y este de Europa (Hungría, Yugoslavia y
Polonia).
La
segunda expedición, bautizada como Eucaliptus, parte del puerto de Bilbao (País
Vasco) el 5 de mayo de 1959 a bordo del barco Montserrat. En la misma participan
ciento sesenta y nueve personas que llegan el 29 de julio al puerto de
Freemantle, próximo a la ciudad de Perth; son enviadas en tren a Melbourne y
desde allí al campamento de Boneguilla, para ser trasladadas luego a
Queensland.
El
19 de diciembre de 1959 parte una nueva expedición de Bilbao a bordo del barco
Monte Udala. En el van a participar cuatrocientos dos emigrantes, procedentes
igualmente del norte de España pero incluyendo a grupos que llegan de las
provincias españolas de Burgos y de Madrid. El viaje, con una duración de
treinta y tres días, concluye el 21 de enero de 1960 en Melbourne, desde donde
son enviados al área de Mildura en Victoria.
Los
trescientos setenta y dos integrantes de la expedición Kerry, al igual que los
siguientes de la operación Torres, embarcan en el puerto de Santander el 20 de
junio de 1960, de nuevo en el buque Monte Udala, que los trasladará a
Melbourne. Ahí llegan el 23 de julio de 1960 y son enviados a la provincia de
Queensland.
La
última expedición, conocida como Torres, parte el 18 de diciembre de 1960 de
Santander con cuatrocientos veinticinco emigrantes. Arriban a Melbourne el 21 de
enero y se trasladan posteriormente al área de Mildura.
Estos
hombres trabajan en la vendimia en Mildura (Victoria) o como cortadores de caña
de azúcar en el norte de Queensland, en lugares como Ingham, Innisfail, Cairns
Babnda, Tulli, etc. Pero sólo una pequeña minoría se dedicará
permanentemente a estos trabajos, y durante estos primeros años asistimos a una
cierta estacionalidad laboral: una vez terminada la temporada los españoles,
muchas veces en las propias cuadrillas creadas en el trabajo agrícola, buscarán
nuevas oportunidades de empleo, bien en el mismo sector participando en la
recogida de tabaco en Queensland entre noviembre y marzo (o de fruta en
Griffith, Nueva Gales del Sur), o bien trabajando en el sector minero o
industrial en las montañas de Snowy o en Port Kembla. Regresan de nuevo a su
principal ocupación como cortadores de caña durante su temporada, que se
extiende desde junio a diciembre, pues a pesar de la dureza del trabajo y una
prolongada jornada laboral los salarios eran elevados. Por esto último, durante
la época de la emigración familiar, algunos hombres dejarán en las ciudades a
sus familias para i trabajar en la caña.
Aunque
de un modo progresivo, estos emigrantes no retornan y terminarán por
establecerse de manera definitiva en las áreas agrícolas o en las
industriales, cuando no deciden marcharse a las populosas ciudades de Sydney o
Melbourne.
Mención
aparte merece la consideración de la emigración femenina en el caso particular
de Australia. Desde mediados de los años 50, el Departamento de Inmigración
australiano está interesado en fomentar la llegada de mujeres para compensar el
desequilibrio de la estructura de sexos, causado por el tradicional fenómeno
inmigratorio. Después de desarrollar diferentes programas en Italia y Grecia, a
comienzos de los años sesenta el problema aún persiste e incluso se agrava por
la importante corriente humana masculina procedente de esos países. Dentro de
esta política de atracción de mujeres se sitúa la Operación Marta, tendente
a atraer a las solteras; y que se
va a realizar a pesar del posicionamiento de la Iglesia Católica y de las
autoridades españolas, recelosas de la marcha de mujeres solas. Unas y otras
pensaban que se podía ocultar un caso de trata de blancas. Como quiera que
fuese, en la organización de la Operación Marta tienen un papel destacado las
autoridades eclesiásticas, ya que los encargados de seleccionar a las
participantes serán las Comisiones Católicas de Emigración.
El
primer grupo de dieciocho mujeres llega al aeropuerto de Melbourne el 10 de
marzo de 1960 en un avión de la compañía Qantas, junto a setenta y cuatro jóvenes
de origen griego. Nuevos grupos aterrizan en aviones de diversas compañías el
10 de junio de 1960 (veintitrés mujeres), 17 de diciembre de 1960 (sesenta y
cinco mujeres), 13 de marzo de 1961 (sesenta mujeres), etc., desembarcando el último
grupo de esta operación el 2 de febrero de 1963 con sesenta mujeres.
Normalmente,
desde la tercera expedición los viajes se realizan una vez al trimestre,
participando en cada una sesenta mujeres. Todas van a Melbourne, desde donde son
reenviadas a diferentes ciudades: Sidney, Brisbane o Canberra, aunque varias
quedaron en la misma ciudad de Melbourne. En estos lugares se dedican al
servicio doméstico, encargándose las Oficinas Diocesanas de Emigración de
buscarles ocupación y de asesorarlas en sus nuevos destinos, así como de velar
por ellas, organizando sus actividades sociales. La mayor parte terminará por
casarse con emigrantes de origen español, de acuerdo con la “función
social” que iban a cumplir a Australia. Algunas se casaron con emigrantes de
otras procedencias, principalmente de origen mediterráneo.
Para
vencer las dificultades de inserción en la nueva realidad, desde 1961 se
organizaban cursos para enseñarles inglés, los fundamentos de trabajo doméstico
y las costumbres del nuevo país, que se realizaban en Madrid un mes antes de su
partida. Durante estos cursos conocían los lugares a donde eran destinadas y se
les asignaba la casa donde iban a trabajar en el servicio doméstico, que en
principio estaba pensado para dos años.
Un
pequeño grupo de cada expedición no iba destinado al trabajo doméstico. Lo
formaban parientes de aquellos establecidos con anterioridad o por novias de
emigrantes que iban a casarse.
En
lo referente a la emigración familiar queremos señalar que otra de las líneas
seguidas por el Gobierno australiano para facilitar el asentamiento de núcleos
humanos fue auspiciar dentro del programa CIME (Comité Intergubernamental de
Migraciones Europeas) los planes de reagrupamiento, programas muy abiertos y que
van a posibilitar la llegada de familiares y de nuevos emigrantes. A esos
programas asistidos podían acogerse esposas, hijos e hijas menores de dieciocho
años, hermanos solteros menores de treinta y cinco años y novias entre
dieciocho y treinta y cinco años, a los que la Administración facilitaría el
pago del pasaje. En otras iniciativas, como la Form 40, el Gobierno no concede
auxilios económicos, pero los participantes pueden acogerse a las ayudas
concedidas por la CIME para el pasaje, se amplía notablemente el abanico de
familiares que pueden emigrar, aumenta el límite de edad y el tipo de
parentesco, y se facilitan los trámites burocráticos; acoge a los novios de
ambos sexos, mujeres solteras con algún grado de parentesco y personas a cargo
de familiares de los emigrados.
A
partir de mediados de 1961 este modelo de emigración es el más frecuente. Está
formado por grupos familiares, aunque entre estos podría haber un pequeño
porcentaje de emigrantes individuales y parejas sin hijos.
Desde
el 21 de junio de 1961 hasta el 10 de abril de 1964 se organizan varias
expediciones por vía marítima, con origen en puertos españoles y el destino
en Australia. Algunas de estas expediciones van a partir de la ciudad gallega de
Vigo. La primera sale a bordo del buque Roma desde la citada localidad y llega a
Australia el 21 de junio de 1961; la segunda embarca en el Castel Felice para
arribar el 3 de febrero de 1962; y la tercera, a bordo del Fairsea, toca
Australia el 6 de febrero de 1963. Otros puertos españoles de embarque son
Barcelona y Cádiz. El lugar de llegada más frecuente es Melbourne, aunque
algunos pasajeros desembarcan en Fremantle o Sidney.
También
hubo quien eligió la vía aérea, medio que se va a popularizar en los últimos
años en detrimento del marítimo. Así, en 1963 se registran mil trescientos
cuarenta y ocho emigrantes desplazados en avión por sólo seiscientos dieciséis
que lo hacen en barco. La mayoría de los vuelos tienen como destino el
aeropuerto de Melbourne, para partir en tren al campamento de Boneguilla;
algunos aterrizan en Northam (Australia Occidental) o Sidney.
Los
primeros grupos familiares llegan a mediados de 1961 coincidiendo con una etapa
de crisis económica, por lo que muchos deberán permanecer durante varios meses
en Boneguilla, frente a los períodos más habituales de una semana o dos.
Algunos conseguirán empleo en el propio campamento como intérpretes,
limpiadores o cocineros, otros irán a los campos de caña o al Servicio de
Empleo de la Commonwealth.
En
los años posteriores a 1963 pervive una corriente emigratoria gracias a los
programas de Reagrupamiento Familiar impulsados por el CIME y otras
organizaciones que permiten a familiares de emigrantes españoles viajar a
Australia con ayuda económica. Pero también por muchos procedentes de otros países
europeos, así como por personas que, ante las facilidades ofrecidas por el
gobierno australiano deciden emprender la aventura en este país.
En
1996, según los datos del Anuario de Migraciones, residen en Australia 36.743
españoles, de los que se calcula, que tres mil son de origen gallego. Son
cifras que comprenden a los emigrantes de primera y segunda generación.
En
lo que se refiere a formación de la colectividad, antes de 1958 la presencia de
españoles en Australia, excepto en el norte de Queensland, era muy escasa, pero
a partir de los años sesenta se va consolidando una colectividad de una cierta
importancia. Además, la colectividad empieza a construir sus primeras
instituciones étnicas y sus propios medios de comunicación, que sirven de
mecanismos para la pervivencia de sus trazos diferenciadores en la nueva
sociedad. La primera entidad se constituye en Melbourne. En esta ciudad se
funda, en noviembre de 1960, el Centro Español de Victoria, con una primera
sede en Spring Street, que luego es trasladada a Swanson Street y a La Trobe
Street, figurando Ricardo Marcos como primer presidente. En 1964 se funda un
Centro Basco.
Un
año más tarde se crea la primera entidad gallega en Australia, el Club
Gallego, fundado en las proximidades del mercado Central, en North Melbourne,
con la finalidad de recordar, disfrutar y mostrar las danzas, música y
costumbres de Galicia. Su primer presidente es José Casal, quien
había llegado emigrado en 1962.
En
Sidney, antes de la consolidación de las primeras instituciones existe una
sociabilidad previa de los españoles alrededor de espacios de reunión comunes,
como las cafeterías de la zona de King Cross y los lugares donde suelen
reunirse las mujeres durante los fines de semana. En julio de 1961 tienen lugar
los primeros contactos para consolidar los encuentros, ofreciendo Roberto Pérez
de Lasala un local de su propiedad para celebrar reiniones y fiestas todos los
domingos. En septiembre de 1961 tiene lugar la primera asamblea para la fundación
de la sociedad, que dará lugar a la creación del Club Español de Sidney el 4
de marzo de 1962, con doscientos veinte miembros, figurando Lasala como el
primer presidente. A la altura de 1990 esta entidad agrupaba cerca de cuatro mil
socios y, actualmente está presidida por el gallego Mario López.
En
estos primeros años sesenta se constituye, también en Sidney, el Centro
Asturiano, creado en junio de 1965 que desaparece en abril de 1967, y el Gure
Txoco, fundado en abril de 1965. En 1963 se da vida en Geelond a un nuevo Club
Español. En ese mismo año nace en Whyalla una Casa de España, y en los años
posteriores surge un importante número de entidades en otras localidades como
Wollongong y Aberley.
Queensland
cuenta con el Centro Español Familiar, Social y Cultural, radicado en la ciudad
de Brisbane, en la que desenvuelve su vida una importante colectividad gallega,
y durante muchos años el secretario de dicho centro fue Antonio Portela,
originario de la Terra Cha de Lugo,
que al mismo tiempo era el capellán de la comunidad española en la diócesis
de Brisbane.
Actualmente,
como entidad propiamente gallega, existe el Club Gallego de la Australia
Occidental, creado el 26 de febrero de 1997 en la ciudad de Perth bajo la
presidencia de María Magdalena Fraga. Pero cabe destacar, sobre todo, la labor
realizada por el Centro Gallego de Sidney, fundado hace doce años, el 22 de
octubre de 1987, y que en 1991 agrupaba a cuatrocientos treinta socios, de los
que doscientos noventa y cinco eran de origen gallego y cuarenta de segunda
generación.
Paralelamente
al proceso de consolidación de las instituciones españolas se va a producir la
aparición de una prensa dirigida a la colectividad española. El primer
portavoz fue El Español editado por el vicecónsul Díaz y el jesuita Frank
Gallego, periódico que no llegó a consolidarse. Habrá que esperar hasta el 11
de julio de 1964, con la fundación de La Crónica, para ver el nacimiento de
una prensa étnica. Este periódico, dirigido por Manuel Perdices, cuenta con la
colaboración entre otros de Manuel Varela como jefe de redacción, Frank Vázquez
de Vivero, Alfonso González, etc., y se va a editar hasta abril de 1966. En
marzo de 1965 surge en Sidney El Español en Australia editado por José Fernández.
Otras publicaciones dirigidas a la colectividad tienen una marcada orientación
religiosa y pastoral, como El Pilar, editada por el padre Sánchez,
o el Excelsior, dirigida por el padre Rico,
ambas orientadas a difundir los puntos de vista de las parroquias eclesiásticas.
PANORÁMICA
ACTUAL DE LAS RELACIONES ECONÓMICAS ENTRE GALICIA Y AUSTRALIA
Para una más correcta
aproximación a un tema tan amplio, y escasamente abordado, es preciso primero
realizar una serie de consideraciones sobre población y economía en Australia,
comparar después el volumen de los intercambios entre España y aquel país, y,
por último, situar las relaciones comerciales
entre Galicia y Australia en la actualidad y sus posibilidades de futuro.
Para un mejor seguimiento de lo aquí esbozado, incluimos unas breves
referencias bibliográficas al final de este capítulo.
Australia se ha ido convirtiendo, como hemos visto, en
un país crisol. En ella conviven en este momento ciento cuarenta
colectividades de distinto origen étnico. Hay fundamentalmente dos grandes
grupos de origen, de una parte la población de origen europeo y de otra la
población procedente de los países asiáticos y las islas del Pacífico.
Dentro de la población de origen europeo, la mayoría es población
anglosajona, ingleses e irlandeses, luego tenemos otros grupos nacionales muy
diversos, italianos, griegos, holandeses, serbios, alemanes, polacos etc. Los
españoles residentes en el país alcanzan
en la actualidad las cuarenta mil personas, según datos proporcionados
por el Instituto Español de Emigración. En el caso de la población asiática
e insular del Pacífico, está por un lado la población de extremo oriente,
chinos, vietnamitas, japoneses, indonesios y habitantes prácticamente de todas
las islas del Pacífico, papúes, micronesios, polinesios, melanesios etc;
tambien hay un grupo importante de indo-pakistanís y sirio-libaneses.
Desde la década de los setenta, la inmigración europea ha perdido
fuerza en detrimento de la asiática y la procedente de Oceanía; en 1968, además
de británicos e irlandeses (en torno a 1.100.000), vivían en el país 350.000
italianos, 180.000 griegos, 160.000 holandeses, 150.000 alemanes y 80.000
polacos, así como yugoslavos, malteses, portugueses etc.
Según los datos del Observatorio de Migraciones de la OCDE (Organización
de Cooperación y Desarrollo Económicos), la inmigración ha disminuido en los
últimos años, desde ciento ochenta y cinco mil
inmigrantes definitivos en 1970 a noventa
y nueve mil en 1996; aunque hay que señalar que esta evolución no ha sido
lineal, y los emigrantes entrados disminuyeron sobre todo durante las crisis del
petróleo de los setenta y comienzos de los ochenta, alcanzando un nuevo pico en
1989 con ciento cuarenta y cinco mil personas entradas.
Pero el número de emigrantes (generalmente se trata de extranjeros que
se repatrían después de una estancia más o menos larga en Australia) ha
disminuido mucho menos y se mantiene entre treinta y cuarenta mil personas por año.
Australia continua siendo un país de acogida; si en 1981 algo más de tres
millones (3.004.000) de habitantes censados habían nacido fuera del país, en
1991 esta cantidad había aumentado en un millón de personas, hasta los
4.125.000 residentes nacidos en el extranjero.
Una visión general del comercio exterior de Australia nos refleja que
la balanza comercial ha pasado de tener un ligero déficit hasta el año fiscal
1995/96, a un leve superávit a
partir de ese momento. En la consecución de este superávit han jugado un papel
crucial la venta de reservas de oro por valor de mil ochocientos
millones de dólares australianos y el menor crecimiento experimentado
por las importaciones debido a la desaceleración económica.
Australia exporta principalmente productos primarios, fundamentalmente
carbón y otros minerales, carne, lana y trigo. La política del gobierno se ha
concentrado en aumentar la proporción de manufacturas en la exportación y
reducir la proporción de los productos primarios, sometidos a las oscilaciones
de los mercados internacionales. Las exportaciones no tradicionales, incluyendo
equipos de transporte y transformados metálicos, han crecido últimamente de
forma rápida, aunque su base de partida fuese muy pequeña.
El diez por cien de las exportaciones australianas están constituidas
por un sólo producto: el carbón, del cual es el primer exportador mundial.
Australia es igualmente el tercer exportador mundial de oro.
La mayor parte de las exportaciones fueron dirigidas a Japón, país
que absorbe el 19'5% de las exportaciones australianas. A la ASEAN (Asociación
de Naciones del Sudeste Asiático) va destinado el 15'5% de las mismas y a la
Unión Europea, el 10'3%. La importancia de Estados Unidos como país de destino
de las exportaciones australianas ha disminuido considerablemente en los últimos
años, de ocupar
el segundo puesto, después de Japón en 1992, ha pasado a ocupar el cuarto
lugar, por detrás de Corea del Sur y Nueva Zelanda.
Australia compra del exterior principalmente productos manufacturados,
en especial maquinaria, automóviles y vehículos de transporte, equipos de
telecomunicaciones, producto químicos, famacéuticos, papel, confección textil
y plásticos.
Tras el ingreso de Gran Bretaña en la C.E.E., la orientación del
comercio exterior australiano cambió hacia la cuenca del Pacífico. De esta
manera Japón se convirtió en uno de sus más importantes proveedores de
productos de alta tecnología, vehículos de motor, maquinaria o equipos de
telecomunicación.
Según los últimos datos del año fiscal de 1996/97, que aparecen en
el siguiente cuadro, el principal proveedor de Australia es la Unión Europea, a
continuación le siguen los Estados Unidos, Japón y los países de la ASEAN.
CUADRO 1. DISTRIBUCION GEOGRAFICA DE LAS EXPORTACIONES. 1996-1997.
(Millones de dólares australianos)
|
UNION EUROPEA |
19.667 |
24'9% |
|
(Reino Unido) |
(5.183) |
6'5% |
|
(Alemania) |
(4.558) |
5'7% |
|
ESTADOS UNIDOS |
17.643 |
22'3% |
|
JAPON |
10.241 |
12'9% |
|
A.S.E.A.N. |
8.297 |
10'5% |
|
CHINA |
4.204 |
5'3% |
|
NUEVA ZELANDA |
3.686 |
4'6% |
|
COREA DEL SUR |
2.550 |
3'2% |
|
HONG KONG |
901 |
1'1% |
|
RESTO |
11.810 |
14'9% |
|
TOTAL |
78.999 |
100 |
Fuente: Australian Economic Indicators (marzo 1998).
Si consideramos en conjunto las exportaciones y las importaciones, el
orden anterior no varía de forma importante, la Unión Europea fue el primer
socio comercial de Australia, con unos intercambios comerciales bilaterales que
ascienden a 27.832 millones de dólares, superando a Japón que ahora ocupa el
segundo lugar con 25.615 millones. En tercer lugar figura Estados Unidos con
23.166 millones y en cuarto lugar los paises de la A.S.E.A.N. con 20.504
millones.
Para situar el potencial de crecimiento de las relaciones comerciales
entre España (pues para estudiar las posibilidades de Galicia es necesario
referirse primeramente al marco más amplio
que comprende el conjunto del comercio español) y Australia, hay que
poner en relación el volumen del comercio exterior de ambos paises con el
volumen total del comercio mundial. El comercio español supone el 2'10% del
total mundial y el australiano el 1'18%; mientras que en términos de P.I.B.,
España supone el 1'94% del PIB mundial y Australia el 1'23%. Lo que nos muestra
que la economía española es algo más abierta al exterior que la australiana,
y por lo tanto esta última puede presentar un potencial de crecimiento mayor.
En 1997 España exportó a Australia bienes por valor de casi
cuatrocientos millones de dólares USA, lo que supuso un aumento del 19%
respecto al año anterior. Las importaciones procedentes de Australia en el
mismo período ascendieron a trescientos
cuarenta y cinco millones de dólares USA, aumentando un 28% sobre 1996. De
hecho, por tercer año consecutivo, la balanza comercial bilateral ha registrado
un saldo favorable a España.
La cobertura se mantiene en torno al 115%, cuando en 1992 alcanzaba sólo
el 56'2%. Este espectacular cambio en la tendencia se ha debido fundamentalmente
a la aportación de las exportaciones de automóviles desde España y al fuerte
descenso de las importaciones de gas natural.
En los siguientes cuadros aparece el porcentaje que suponen las
exportaciones y las importaciones australianas en el conjunto del comercio
exterior español, y el porcentaje que suponen las exportaciones e importaciones
españolas en el comercio exterior australiano.
CUADRO 2. COMERCIO EXTERIOR ESPAÑOL. PAPEL DE AUSTRALIA (%).
|
|
1990 |
1991 |
1992 |
1993 |
1994 |
1995 |
1996 |
1997 |
|
EXP. |
0'27 |
0'22 |
0'22 |
0'23 |
0'38 |
0'39 |
0'33 |
0'36 |
|
IMP. |
0'22 |
0'23 |
0'25 |
0'28 |
0'33 |
0'26 |
0'23 |
0'31 |
Fuente: Departamento de Aduanas, Ministerio de Economía y Hacienda,
Madrid.
CUADRO 3. COMERCIO EXTERIOR AUSTRALIANO. PAPEL DE ESPAÑA (%).
|
|
1994 |
1995 |
1996 |
1997 |
|
EXPORTACION |
0'63 |
0'57 |
0'44 |
0'55 |
|
IMPORTACION |
0'56 |
0'68 |
0'64 |
0'61 |
Fuente: Banco Mundial (1998) y Departamento de Aduanas, Ministerio de
Economía y Hacienda, Madrid
Por productos, los intercambios comerciales bilaterales mantienen una
estructura muy similar en los últimos años, sobre todo productos transformados
de materias primas propias, que constituyen el 90% de las importaciones españolas
de Australia.
Entre los principales productos que configuran las exportaciones españolas
destacan los automóviles, los aparatos de telefonía, el aceite de oliva, los
neumáticos, los revestimientos cerámicos y las conservas vegetales. Las
exportaciones de automóviles, constituyeron en 1997 la partida principal con un
valor de siete mil cuatrocientos sesenta y seis millones de pesetas y aumentaron
un 10'6% sobre el año anterior.
La buena acogida que han tenido los automóviles fabricados en España
en el mercado australiano y las ventas de aparatos de telefonía a Telstra han
ocasionado un cambio en el ranking de productos exportados, desplazando al
tercer lugar al aceite de oliva, tradicionalmente el primer producto de nuestra
exportación.
La exportación española a Australia está considerablemente más
diversificada que la exportación australiana a España. Los diez primeros
productos o grupos de productos representan el 54'4% del total exportado. Por el
contrario, la composición de las importaciones procedentes de Australia está
muy poco diversificada representando los diez primeros productos un 78'2% del
total importado. Especialmente minerales, sólo el carbón representa el 18'2%
de las importaciones totales.
Los datos desagregados de comercio exterior por Comunidades Autónomas
nos permiten a partir de 1990 obtener los datos de exportación de productos de
Galicia a Australia. Existen también datos en 1983, publicados en Cifras de
comercio exterior de Galicia. 1983, editado en 1985 por el Consello de Cámaras
Galegas de Comercio, Industria e Navegación.
Los datos de 1983 sitúan en un 0'03% de las exportaciones gallegas las
dirigidas a Australia. El importe de dichas exportaciones ha sido de
aproximadamente cuarenta mil millones de
pesetas y las partidas más importantes fueron: vajillas y porcelana por un
valor de 18'5 millones, conservas de pescado por un valor de 10'8 millones y
pizarra por un valor de 7'7 millones de pesetas. Estas exportaciones muestran
una elevada concentración, ya que entre los tres grupos de productos alcanzan
el 92'5% del total.
En el caso de las importaciones de Australia el volumen multiplica por
cuatro al de las exportaciones (ciento sesenta y dos millones de pesetas) y
supone el 0'08% del total de las importaciones gallegas. Dos grupos de
productos, crustáceos y moluscos con 129'4 millones de pesetas y cuero con 23'2
millones, suponen el 94'2% del total.
CUADRO 4. EXPORTACIONES GALLEGAS A AUSTRALIA.
|
|
1990 |
1991 |
1992 |
1993 |
1994 |
1995 |
1996 |
1997 |
|
Mil |
192'4 |
95'3 |
101'6 |
105'3 |
1754'8 |
169'3 |
132'8 |
1482 |
|
% |
0'07 |
0'04 |
0'04 |
0'03 |
0'36 |
0'03 |
0'02 |
0'20 |
Fuente: Banco Pastor (1990-1996).
Como se puede observar en el cuadro anterior, si bien el valor de las
mercancías exportadas ha aumentado considerablemente, la participación de las
exportaciones a Australia en el conjunto de las exportaciones gallegas se
mantiene en niveles muy bajos y no ha mejorado desde 1983.
Los datos relativamente elevados de exportaciones de 1994 y 1997
responden a la exportación de barcos. En el caso de 1994 el astillero Vulcano
de Vigo entregó a la Australian Maritime Safety Autority un buque oceanográfico
de 65 m. de eslora. En 1997, el buque exportado ha sido un quimiquero de 115 m.
de eslora construido en los Astilleros Barreras de Vigo.
Según los datos de exportación de Galicia a Australia en 1997
proporcionados por el ICEX (Instituto de Comercio Exterior), la distribución de
partidas es la que se refleja en el siguiente cuadro.
CUADRO 5. EXPORTACION DE GALICIA A AUSTRALIA. 1997 (Partidas, millones
de pesetas).
|
Navegación marítima |
1138 |
76'8% |
|
Calderas y const. Metálicas |
222 |
15'1% |
|
Manufact. minerales, piedra |
52 |
3'6% |
|
Material eléctrico |
30 |
2'1% |
|
Cerámica |
13 |
0'9% |
|
Productos metálicos |
5 |
0'4% |
|
Conservas |
5 |
0'4% |
|
Fundición hierro, acero |
4 |
0'3% |
|
Vehículos |
4 |
0'3% |
|
Prod. químicos orgánicos |
1 |
0'1% |
|
TOTAL |
1481 |
100% |
Fuente: ICEX, Base ESTACOM.
Las relaciones son más amplias si nos fijamos en las exportaciones
australianas a Galicia, donde el volumen es bastante mayor debido sobre todo a
la compra de carbón australiano para las centrales térmicas gallegas.
CUADRO 6. IMPORTACIONES GALLEGAS DE AUSTRALIA.
|
|
1990 |
1991 |
1992 |
1993 |
1994 |
1995 |
1996 |
1997 |
|
Mil |
1646'2 |
1632 |
1112'6 |
994'4 |
1253'5 |
498'1 |
1054'7 |
1607 |
|
% |
0'40 |
0'39 |
0'25 |
0'20 |
0'21 |
0'08 |
0'14 |
0'36 |
Fuente: Banco Pastor (1990-1996).
Volviendo de nuevo a las exportaciones gallegas y sus perspectivas de
futuro, hay que señalar algunos productos con una evolución esperanzadora, que
proceden además de sectores muy diferentes, desde las rocas ornamentales como
el granito y la pizarra, hasta las industrias agroalimentarias, y productos
manufacturados industriales en el sector de la construcción mecánica, como
construcciones metálicas y automóviles. Dentro de las primeras, están los
derivados lácteos; como ha recogido la prensa gallega,
se ha previsto exportar hasta 35.000 kg. al año de queso con denominación
de origen "Queixo Tetilla". También las conservas de pescado tienen
un mercado en estos países que si bien en términos cuantitativos sigue siendo
pequeño, presenta un gran potencial de crecimiento.
En la partida de las construcciones metálicas tenemos a Santaz-Censa
S.A., empresa instalada en Porriño (Pontevedra) que ha exportado a Australia en
los últimos años un número importante de molinos de minería y hornos de
cemento.
Citroen por su parte ha encontrado un mercado con gran potencial de
crecimiento en este país; de hecho el centro de producción de Vigo comercializó
durante 1998 un total de seiscientos catorce
vehículos con destino a Oceanía, siendo los principales destinos la
Polinesia, Nueva Caledonia y Tonga. Esta relación supuso para el centro de Vigo
una facturación del orden de los seiscientos
millones de pesetas. Además estas relaciones comerciales con Oceanía han ido
aumentando en estos últimos años. Así, en 1996 se comercializaron treinta y
ocho vehículos; trescientos cuarenta y dos en 1997 y
seiscientos catorce en 1998; por otro lado, la demanda comercial de vehículos
por parte de Australia se ha incrementando significativamente, previéndose en
el presupuesto de 1999 el envío a este país de unos
doscientos setenta Citroen Berlingo.
Sin embargo, probablemente la presencia económica más importante de
Galicia en Australia y en Oceanía en su conjunto se produzca en el ámbito de
las industrias pesqueras. En Australia esta presencia se materializa a través
de una sociedad mixta constituida entre Pescanova S.A. y Kaillis&France que
opera en la pesquería del camarón del norte con nueve arrastreros
congeladores, algunos construidos en Galicia y a través de Austral Fisheries
Pty. Ltd. que posee un arrastrero congelador de 85 m. actualmente trabajando en
especies de aguas profundas en el sur de Australia. Las posibilidades de
colaboración pesquera se han ampliado considerablemente hacia otros países del
Pacífico Sur, como las islas Salomón y hacia Nueva Zelanda.
En el caso de las islas Salomón, la empresa Calvo dispone ya de un
barco, el Alexandros, pescando atún en estas islas y espera ampliar en un par
de años su flota allí en tres o cuatro barcos más. También Jealsa prepara su desembarco en la zona para
garantizar mayores capturas. De hecho la Asociación Nacional de Fabricantes de
Conservas de Pescado (ANFACO), va a promover iniciativas que permitan el
establecimiento de empresas conserveras gallegas en los estados de la zona del
Pacífico. El objetivo de los conserveros es acceder al principal banco mundial
de capturas de atún (las aguas del Pacífico albergan hasta el 65% de la pesca
potencial de túnidos) para exportar a esta área tecnología y flota gallegas.
Además las posibilidades de crecimiento de los intercambios pueden ser
relativamente elevadas por varias razones. El volumen de las importaciones
australianas es todavía pequeño y tiene un amplio potencial de crecimiento;
por otro lado, la tasa de crecimiento de las exportaciones españolas es
bastante elevada y además se ha producido un cambio de tendencia en las
relaciones bilaterales entre España y Australia.
El potencial de crecimiento que tienen los productos españoles en el
mercado australiano es elevado, debido al bajo punto de partida, además
Australia puede constituirse en una plataforma de penetración en los mercados
asiáticos. A este respecto, la experiencia reciente muestra que las inversiones
que se realizan en Australia tienen
como objetivo, no sólo vender en el país, sino utilizarlo como plataforma de
exportación para el resto de Asia. Además las expectativas de Australia en un
futuro inmediato son muy buenas en términos de crecimiento económico sostenido
y estable. De hecho se trata de la decimotercera economía del mundo en términos
de PIB, la primera en cuanto a estimación de riqueza potencial y una de las más
privilegiadas en cuanto a renta per cápita y poder adquisitivo de la población.
BIBLIOGRAFIA
* Banco Mundial (1998): Informe sobre el desarrollo mundial, 1998,
Madrid.
* Banco Pastor: Comercio Exterior de Galicia. Informe... (1990-1996), A
Coruña.
* Consello de Camaras Galegas de Comercio, Industria e Navegación
(1985): Cifras de comercio exterior de Galicia. 1983, A Coruña.
* Consorcio de la Zona Franca de Vigo (1998): Base Ardán, Vigo.
* Embajada de España (1998): Informe político-económico. Australia,
Camberra.
* Instituto Galego de Estatística: Estadísticas de comercio exterior,
1988-89, Santiago de Compostela.
* Instituto Galego de Promoción Económica (1998): Galicia. Guía de
oportunidades de buenos negocios, Santiago de Compostela.
* Losada Alvarez, A. (1995): As relacións económicas entre Galicia e
os países de destino da emigración, Santiago de Compostela.
*
O.C.D.E. (1995): Tendences des migrations internationales. Rapport annuel. 1994,
París.
*
O.C.D.E. (1998): Tendences des migrations internationales. Rapport annuel. 1997,
París.
*
Osborne, Ch. (ed.) (1970): Australia, New Zealand and the South Pacific. A
Handbook, Londres.