GALICIA-AUSTRALIA
VIEJOS
AMIGOS
Mª Rodríguez Galdo y Abel Losada Álvarez
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1. Galicia, un país de
viejos emigrantes.
2. Gallegos hacia la
Terra Australis Incognita.
3. Presencia en Australia
de un gallego singular. El Obispo. Fr. Rosendo Salvado.
4. Australia, país de
inmigración. Las singularidades de la presencia gallega en la emigración española
a Australia.
Este trabajo constituye una aproximación al
estudio de las relaciones establecidas entre Galicia y Australia durante un
periodo próximo ya a los quinientos años. Se inicia con una presentación de
Galicia como país de emigración, una tierra de fuerte tradición marítima y
vocación atlántica que proyectará también su presencia en las expediciones
promovidas por la Corona española través del Pacífico
Un segundo apartado se dedica a la acción
de marinos y navegantes gallegos adentrados en el Pacífico en busca de tierras
ignoradas para los europeos de su tiempo y
particularmente la llegada
de la nave
San Lesmes, que había salido de A Coruña en un lejano 24 de julio de 1525,
Se continúa posteriomente con el estudio de la presencia y
realizaciones de un gallego singular, como fue Rosendo Salvado, en aquella
tierra austral, para, tras una presentación de Australia como país de
inmigración, centrarse, en las singularidades de la
presencia gallega dentro de la emigración española a aquel continente .En las
últimas páginas se ofrece una panorámica de las actuales relaciones entre
Australia y la comunidad Autónoma de Galicia.
Se impone una
reflexión sobre los lazos que unieron a los habitantes de un viejo país como
Galicia, con gentes de una tierra considerada incognita por mucho tiempo para los europeos; de una tierra intuida
en mapas y representaciones; avistada por hijos de Galicia en un ya muy lejano
siglo XVI; y depositaria en exclusiva, hasta muy avanzado el siglo XVIII, de una
cultura ancestral, que otro hijo singular de Galicia como Rosendo Salvado
(imbuido de ideales de cristianización y de valores civilizadores propios de su
época), sabrá con todo apreciar, comprender y contribuir a dar a conocer al
mundo de la cultura occidental en el siglo XIX. Partíamos del conocimiento de
los procesos históricos que llevaron al establecimiento de relaciones, que bajo
distintas formas, correspondientes a períodos históricos también diferentes,
se extienden por un tiempo que se acerca a los casi míticos quinientos años.
Esta investigación se beneficia, de algunas ya
publicadas, como las de Amancio Ladín y otros autores señalados a lo largo del
texto y de más aportaciones entre las que destacan las realizadas por Vicente
Peña Saavedra y Pilar Freire Esparís, con quienes tuvimos la oportunidad de
discutir, durante un tiempo aspectos de este trabajo elaborando el material para
la exposición Inaugurada en Sydney en Abril de 1999
GALICIA,
UN PAÍS DE VIEJOS EMIGRANTES
El territorio que
actualmente denominamos Galicia, la tierra más occidental del Continente
europeo, la vieja Finis Terrae de los
romanos, constituyó hasta bien avanzada la Alta Edad Media un foco de atracción
de sucesivas olas humanas que procedentes del Norte y el Centro de Europa, del
resto de la península y del continente africano se fueron asentando en su
espacio geográfico y modelando la personalidad étnica de un pueblo. En los
siglos finales del quinto milenio antes de Cristo, al tiempo que se estaba
produciendo la muy lenta implantación de la primera sociedad campesina, emerge
el fenómeno megalítico, caracterizado en el aspecto arquitectónico por sus
complejos funerarios, que se mantendrá en plena vigencia hasta finales del
tercer milenio. Se abre ahora el tiempo del llamado Grupo galaico de arte rupestre al
aire libre, los petroglifos galaicos que muestran unas características
marcadamente propias. En la introducción de los siglos X a. C. se sitúa la génesis,
lenta e irregular pero definitiva, de la cultura castreña, con lo que ésta significa de progresiva
sedentarización de la población. Se puede afirmar que el mundo castreño
supone la primera y definitiva fijación conocida de la población galaica al
territorio.
Sobre el sedimento vivo
y protohistórico de la cultura de los castros se superpuso la romanización,
que se inicia con la primera presencia de las tropas de Roma allá por el año
137 a. C. Nace la nueva Gallaecia, en
la que la partir del año 409-10 irrumpirán los suevos instalándose en la
antigua provincia romana y creando un reino independiente hasta su incorporación
al reino visigodo. A lo largo del tiempo arribaron hasta las costas gallegas los
bretones, que ya aparecen documentados en el siglo VI, más tarde los musulmanes
(s. VIII) y tras ellos los
normandos (s. IX). Pero esta tendencia a ser tierras de aluvión humano comienza
a quebrarse ya en el ecuador de la Alta Edad Media (s. VIII), período en el que
es posible documentar la salida de gente del país hacia otros territorios
intrapeninsulares. Comienza así a tomar cuerpo, de forma incipiente pero en lo
sucesivo ya ininterrumpida, una corriente traslativa hacia el exterior que se irá
intensificando y consolidando con el paso de los años hasta alcanzar
insospechadas dimensiones al llegar a la contemporaneidad.
Del medioevo arranca el
primer ciclo de la emigración gallega, que por el destino de sus efectivos
humanos recibirá el nombre de peninsular. Comprende cuando menos hasta bien
avanzado el siglo XIX e incluso pervive en el XX, aunque registrando variaciones
y desfases intraterritoriales. Tres son los destinos predominantes de los
emigrantes gallegos en este primer ciclo, Castilla, Andalucía y Portugal por
orden de importancia y prelación cronológica. Y dos las variantes que
presenta: una de carácter estacional o golondrina, en consonancia con el ciclo
agrario, y otra de duración más demorada, sin llegar habitualmente a
convertirse en definitiva. Aquella con dirección fundamentalmente a los
asentamientos rurales para realizar tareas agrícolas, y ésta con destino a núcleos
urbanos para desempeñar oficios que no requerían cualificación.
El segundo ciclo,
conocido como transoceánico o americano en razón del destino mayoritario de
los que se ausentan, comprenderá desde, por lo menos, finales del siglo XVIII
hasta el final de la década de los cincuenta o el comienzo de los sesenta de la
actual centuria.
Y el tercer ciclo lleva
el rótulo de continental o europeo, siendo el más corto de todos ellos pero
también el más torrencial, extendiéndose desde los años sesenta hasta el
ecuador de los setenta, también de este siglo. Este coexiste con la emigración
a las áreas más industrializadas de España (Madrid, Cataluña, País Vasco).
Esta etapificación del
fenómeno migratorio en Galicia, que se establece atendiendo a la dirección
mayoritaria de sus flujos demográficos, no puede inducirnos a ignorar, sin
embargo, la participación de los gallegos en la carrera de Indias desde su
nacimiento, sino más bien a relativizar su
presencia.
De hecho, se puede
afirmar y acreditar de modo documental que desde los primeros viajes de Cristóbal
Colón y la inmediata conquista y colonización de América, Galicia estuvo
presente en aquel continente. Pero esa presencia en los primeros tiempos fue más
bien modesta, o casi diríamos que tan sólo testimonial. Así nos lo confirman
los datos recabados de diversas fuentes demográficas por el hispanista Boyd-Bowman
y los extraídos de los Libros de Asiento de Pasajeros de la Casa de Contratación de
Sevilla. Del Índice elaborado por
Boyd-Bowman se desprende que de los cinco mil cuatrocientos ochenta y un
colonizadores que partieron de España con destino a Indias entre los años 1493
y 1519 únicamente ciento once eran de origen gallego; esto es un 2,02% del
total. Mientras, por ejemplo, los andaluces tenían una representación do
39,63% y los castellanos en su conjunto alcanzaban el 26,82%. Menor es aún el
cupo relativo de los gallegos en las dos décadas siguientes (1520-1539), ya que
desciende al 1,45%. Y en las dos posteriores apenas se acerca al 0,8%.
Globalmente para todo el siglo XVI, la cifra de los pobladores gallegos se sitúa
en seiscientos sesenta y siete; su cota no supera la tasa del 1,25%. A su vez,
en el Catálogo de Pasajeros la Indias,
de un total de 36.568 registros conocidos para el intervalo de 1509 a 1599 sólo
trescientos setenta y cinco aparecen identificados como gallegos; es decir, un
1,02%. Cabe matizar, no obstante, que se carece de información referente a los
pasajeros de varios años y que además una parte muy considerable de los
inscritos figura en los asentamientos sin procedencia conocida. Al mismo tiempo,
ambas lagunas informativas imposibilitan determinar el volumen exacto o cuando
menos aproximado del contingente de gallegos que en estas fechas aurorales hizo
la travesía. Así y todo, combinando los datos que ofrece Boyd-Bowman y los
procedentes de la Casa de Contratación hispalense, José Luis Ante Felez estima
en ochocientos treinta y ocho el número de gallegos que pasaron a Indias entre
1493 y 1599, lo que vendría a significar un 1,61% del total de emigrantes
peninsulares en el citado período. Al margen de este cómputo quedarían aún
los que se ausentaban clandestinamente, que podrían representar el triple de
los emigrantes registrados. Aún aceptando esta generosa que no inverosímil hipótesis,
Anta Felez considera que la emigración real de Galicia a América en la primera
centuria tras el Descubrimiento no debió superar el 3,8% del monto peninsular.
Las cifras anteriores,
incluso las más abultadas y
optimistas, corroboran la debilidad de los flujos migratorios gallegos al Nuevo
Mundo en su etapa inicial. Especialmentesi se compara con la participación de
los habitantes de otras áreas territoriales de España en las expediciones del
momento –sobre todo Andalucía, Extremadura y Castilla- y más aún con la
propia presencia hegemónica de Galicia en la corriente tres siglos más tarde.
Con todo, no conviene olvidar que una de las naos Colombinas, capitana del
Descubrimiento – la Santa María o La
Gallega-, se había construido en astilleros gallegos y tras el
embarrancamiento de la misma con sus restos se erigió el Fuerte
de la Navidad, primer asentamiento español en América. También cabe
mencionar que el puerto gallego de Baiona fue el primero de la península en
tener conocimiento del Nuevo Mundo por causa de la arribada a esta villa de la
carabela Pinta capitaneada por Martín
Alonso Pinzón. Y merece ser resaltado que en el segundo viaje de Colón acompaña
al Almirante el noiés Sebastián de Ocampo, que hizo la primera medición de la
isla de Cuba en 1508. Como veremos, la
participación de los gallegos en las expediciones del Atlántico y el Pacífico
Sur fue destacada y merece otro capítulo
Además de las modestas
magnitudes que exhibe la corriente gallega transoceánica en esta primera hora,
hay dos hitos institucionales que merecen ser subrayados en lo tocante a las
relaciones entre Galicia y América en el transcurso del siglo XVI. El primero
es la instalación en 1522 de la Casa de
Contratación de la Especiería en la ciudad portuaria más importante de
Galicia, A Coruña, con el objetivo prioritario de encontrar una nueva ruta
occidental a las islas Molucas. Parte la primera expedición con rumbo á América
Septentrional en marzo de 1525. Los resultados de la misma en la esfera económica
fueron inapreciables, pero desde el punto de vista geográfico, valiosos e
interesantes puesto que permitió cartografiar la franja costera entre Terranova
y Florida. De A Coruña salieron aún otras tres expediciones que al cabo
resultaron accidentadas y parcialmente fallidas. Especial relevancia reviste la
segunda expedición capitaneada por García Jofre de Loaysa. De las cinco naves
iniciales que habían partido
de A Coruña tan sólo una, la Santa
María de la Victoria, llega hasta las islas Molucas, mientras que la San
Lesmes, desviada de la flota que logra pasar el Estrecho de Magallanes,
protagoniza el episodio singular de arribar a las costas australianas.
La Casa de Contratación
coruñesa tuvo una vida muy efímera, al renunciar el rey español Carlos I a
las Molucas a beneficio de los portugueses por el Tratado de Zaragoza de 1529.
Y el segundo hito es la
autorización para el comercio indiano de los puertos de la ciudad herculina (A
Coruña) y de Baiona en 1529 –junto a otros seis puertos de la Corona-,
privilegio que estuvo en vigor hasta el año 1573, lo que posibilitaba mantener
legalmente relaciones mercantiles con el Nuevo Continente y abría una vía más
accesible para el traslado de emigrantes hacia América; esto último al menos
hasta 1561, en que se prohibió de forma explícita el traslado de pasajeros.
Sin embargo, no hay constancia expresa de que se haya hecho uso de la licencia otorgada.
Poco sabemos de la
presencia de los gallegos en Filipinas, pero sí de la labor desarrollada en
aquellas tierras por el gobernador Gómez Pérez das Mariñas, que principia su
mandato en 1590 y lo termina con su trágica muerte en 1593.
En cuanto al siglo
XVII, las referencias acerca de los gallegos que cruzaron el Atlántico son aún
mucho más fragmentarias e imprecisas, con lo que resulta imposible aventurar
cifras siquiera estimativas de los flujos migratorios transoceánicos durante
esta centuria. De todos modos no existen indicios que evidencien ni que permitan
divisar mutaciones significativas en cuanto a las magnitudes de la dinámica
migratoria transoceánica respecto al siglo anterior. Se aprecian, en cambio,
variaciones cualitativas que afectan a la composición interna del contingente
humano desplazado, pues, como ya anticipó en su día Luisa Cuesta (1932) en un
trabajo pionero sobre la materia, “en el siglo XVII, ya no son los gallegos
que cruzan el Atlántico pobres emigrantes, anónimos casi siempre, sino que se
trata de una cruzada espiritual de la civilización”. Y añade: “Se pide a
las Universidades gentes notables en Ciencias y Santidad, para enviarlas en
peregrinación de cultura a regir los Obispados y las Audiencias de Indias”.
Efectivamente,
revisando la nómina parcial de los gallegos identificados que pasaron a Indias
y residieron allí durante esta centuria se constata la presencia de cinco
virreyes: García Sarmiento de Sotomayor, Diego Osorio y Escobar, José
Sarmiento de Valladares, Gaspar de
Zúñiga y Acevedo, y Pedro Antonio Fernández de Castro y Andrade (los tres
primeros ostentaron el Virreinato de Nueva España, y el primero y los dos últimos,
el de Perú), frente a sólo uno (Gaspar Zúñiga y Acevedo, virrey de Nueva
España) en el siglo anterior y tres en el siguiente (José Antonio de Mendoza
Caamaño y Sotomayor –Perú-, Pedro de Castro y Figueroa –Nueva España-,
Francisco Gil de Taboada y Lemos –Nueva Granada y luego Perú-). Sin salir del
diecisiete, procedían también de Galicia ocho prelados (Diego Evelino de
Compostela, Mateo Segade y Bugueiro, Diego Osorio de Escobar y Llamas, Francisco
de Aguiar y Seijas, fray Sebastián de Ocando, fray Francisco de Sotomayor,
Alonso de la Peña Rivas y Montenegro, y Sancho de Figueroa y Andrade) y
numerosos altos cargos funcionariales (gobernadores, capitanes generales,
oidores, juristas, fiscales, alcaldes, oficiales reales, corregidores, etc.)
designados por la Corona y que sin duda desarrollaron una acción influyente en
la remodelación de la sociedad receptora. Así y todo, lo que más llama la
atención es la nutrida nómina de clérigos, misioneros y frailes de diversas
congregaciones religiosas (con los franciscanos a la cabeza) que hicieron la
travesía desde Galicia a tierras americanas. Los eclesiásticos configuraron el
grupo estamental mayoritario en esta fase del proceso colonizador, imprimiéndole
al mismo el carácter de cruzada
espiritual y cultural. Este hecho, con independencia de sus implicaciones de
todo signo para la población indígena, tuvo también importantes
contrapartidas de tipo positivo para los residentes en la metrópoli, pues
revertió en beneficio de las propias órdenes religiosas y de otras
instituciones radicadas en Galicia a las que los miembros de aquellas se
encontraban vinculados. No es casual que de este siglo daten precisamente las
primeras remesas escolares debidas a la iniciativa de los indianos gallegos, y
que muchos de estos indianos precursores pertenezcan al clero o estén
relacionados de una manera muy estrecha con él, como permite inferir el destino
que le confieren sus aportes.
Durante el siglo XVIII
la emigración intrapeninsular de tipo estacional o de estadía intermedia, con
dirección a Castilla, Andalucía y Portugal, continúa ostentando una clara
hegemonía en Galicia frente a la variante transoceánica, que, al menos en la
primera mitad de esa centuria, presentaba aún perfiles de corriente débil y
minoritaria. No obstante, en el transcurso de este siglo y singularmente en el
recorrido do su último tercio los flujos demográficos ultramarinos de extracción
popular experimentaron una notoria intensificación, mostrando por vez primera
riesgos de incipiente torrencialidad como tímido preludio de su configuración
ulterior en forma de éxodo masivo. Esta densificación y reorientación de la
corriente quizás tenga que ver con las crisis agrarias de finales del siglo y
de mediados del XIX, y con los desajustes entre los recursos agrarios existentes
y la población que de ellos vivía. El transvase humano a Indias adopta además
una nueva modalidad, complementaria de la vigente hasta esos momentos de carácter
fundamentalmente individual. Se trata de una emigración bajo la variante de
desplazamiento colectivo y tutelado, con fines repobladores y a instancias del
Estado. Esta nueva modalidad migratoria encuentra su expresión más palmaria en
las Expediciones de Familias
organizadas y promovidas por la Administración Colonial para poblar las
regiones desiertas y hasta inhóspitas del Río de la Plata, con el doble propósito
de neutralizar la expansión de los portugueses por aquellos territorios y
evitar las incursiones del enemigo francés e inglés.
La primera expedición
de esta naturaleza –que al cabo resultó fallida para los gallegos- data de
1725. Pero será hacia finales de la década de los 70 cuando la iniciativa
alcance su punto más álgido, saliendo del puerto de A Coruña hasta doce
expediciones entre los años 1778 y 1784. De todas ellas, la que mayor
resonancia historiográfica alcanzó fue la datada en 1778, que tenía como
destino previsto la Patagonia, si bien finalmente la mayoría de los
pasajeros recaló en tierras del Uruguay y en los alrededores de Buenos Aires,
esparciéndose sus componentes por diversas villas y aldeas, abandonados a su
suerte, víctimas del fracaso de la experiencia y sumergidos en el más absoluto
desamparo. En las doce expediciones salidas de A Coruña participaron mil
novecientas cincuenta y seis personas, arribando a Montevideo mil novecientas
veintiuna; quinientos diecisiete de los embarcados eran originarios de Galicia.
Como se puede apreciar, la empresa tuvo muy tímida acogida entre los gallegos,
poco acostumbrados y aún nada proclives a la emigración familiar con
perspectivas de asentamiento definitivo fuera de su solar natal.
Asimismo, cabe añadir
que las relaciones entre Galicia y el Nuevo Continente se afianzaron a lo largo
de la segunda mitad del siglo de las Luces a causa de la concesión a la ciudad
herculina, en 1764, del monopolio de los Correos Marítimos con las Indias,
compartiéndolo con Cádiz (Andalucía). La materialización de esta
prerrogativa contribuyó a crear un fluido intercambio mercantil entre el puerto
coruñés y los del Río de la Plata y Nueva España principalmente. El hecho
tendría crucial importancia para el despegue comercial y marítimo de A Coruña
y también para una relativa dinamización económica de toda la comunidad
gallega, que por esta vía quedaba introducida en la red del tráfico colonial.
La empresa tuvo corta duración puesto que apenas superó los tres lustros en régimen
de monopolio (1764-1778) y, si bien franqueó ampliamente el cambio de siglo en
régimen de comercio libre (1778-1818), lo hizo ya en el marco de una conyuntura
de aguda e insolventable crisis. Con posterioridad al de A Coruña, otros
puertos gallegos fueron habilitados para comerciar con América: el de Vigo en
1773 de forma restrictiva con las Antillas y a partir de 1783 de forma libre, y
el de Ferrol en 1785.
La continuidad de la
corriente migratoria ordinaria de carácter popular, tanto controlada como
clandestina; su reforzamiento con las expediciones de familias, y la reapertura
del comercio colonial directo entre Galicia y América, junto a otras
circunstancias como los reclutamientos militares para engrosar el ejército español
con destino a Indias, hicieron posible el incremento de la presencia humana
gallega en diversas regiones del Nuevo Continente durante el XVIII. Pruebas de
esto y de la conciencia diferencial y solidaria que gradualmente van adquiriendo
los ausentes radicados en el exterior son las colectividades que de forma
sucesiva constituyen en sus principales asentamientos. La Real
Congregación del Apóstol Santiago de los naturales y originarios del Reino
de Galicia con sede en México fue la primera en tomar cuerpo, quedando
aprobadas sus Constituciones por cédula del monarca datada el 6 de febrero de
1768. En 1790 se funda en Buenos Aires otra congregación homóloga. Y en los años
de tránsito entre siglos emergerán nuevas réplicas de estas corporaciones en
otras latitudes de la América continental e insular. Con la implantación de
estas entidades se inicia la protohistoria
del asociacionismo gallego en América, un fenómeno de extraordinaria
significación por sus realizaciones e implicaciones de todo tipo, con gran
proyección en los dos espacios territoriales de la Galicia
escindida, como ha corroborado la investigación reciente.
La primera mitad (o el
primer tercio) del siglo XIX representa un período de transición entre la
etapa configurativa de los movimientos migratorios ultramarinos de raíz popular
(que ni tan siquiera la constitución de las nuevas repúblicas americanas logró
cortar) y la etapa del éxodo transoceánico masivo. Durante esta secuencia
cronológica se consolida de manera definitiva la dirección exterior de la
corriente, que en su destino americano registra cada vez mayor densidad. Así y
todo, los lustros aurorales de la centuria difieren de los más próximos a su
ecuador. El proceso independentista que se gestó y consumió en los primeros y
las convulsiones sociales que provocó el mismo, crearon unas condiciones muy
poco apropiadas para la entrada y el asentamiento en los países en vías de
emancipación. Esto contribuyó a mitigar temporalmente –que no a neutralizar-
el caudal migratorio, si bien es cierto que los territorios que permanecieron
bajo dominio español hasta 1898 continuaron absorbiendo parte de los excedentes
demográficos peninsulares. Superada la coyuntura adversa del primer tercio de
siglo, la emigración vuelve a recuperar la fluidez de tiempos anteriores.
Tampoco resultaron eficaces las prescripciones antiemigracionistas promulgadas
por el Gobierno español. Antes bien, propiciaron una emigración clandestina y
oficialmente incontrolada alrededor de la cual fue naciendo un fraudulento y
lucrativo negocio de tráfico de recursos humanos, de nefastas consecuencias
para muchos que huyendo de la necesidad o de la miseria se embarcaban en busca
de tierras de promisión y limpios horizontes para labrar su porvenir. Quizás
sea este el período más lúgubre, truculento y escabroso en los anales de la
emigración más allá del mar, por los abusos, vejaciones y engaños que
sufrieron sus protagonistas, previos a su partida, durante la travesía y una
vez arribados a las costas americanas.
Termina así un ciclo
de larga duración que sirve de dilatado prefacio a otro mucho más corto en número
de años, pero también mucho más torrencial y de muy superior transcendencia
en la historia de las relaciones gallegas de base con el resto del mundo.
Se viene invocando el año
1853 como frontera legal que, no tal vez, real divisoria entre las dos etapas
por las que transitó la corriente migratoria de Galicia hacia el Continente
americano. La etapa que ahora comienza difiere en parte de la anterior –al
menos de su primer tramo- y sus características más destacables podrían
quedar condensadas en los siguientes enunciados:
-La emigración
adquiere ya proporciones de masividad, movilizando en Galicia un contingente de
efectivos humanos superior al de fases precedentes. La magnitud del fenómeno irá
confiriendo la categoría de éxodo,
al afectar directa o tangencialmente a todo un pueblo y no ya sólo a un
segmento del mismo.
-La variante migratoria
exterior predomina de forma manifiesta sobre la intrapeninsular, y la modalidad
transoceánica sobre cualquiera otra.
-Las autoridades españolas
derogan la prohibición de emigrar, atenúan gradualmente las restricciones para
ausentarse e incluso fomentan las salidas del país.
-Los gobernantes
iberoamericanos, inspirados en el lema del presidente argentino J. B. Alberdi
“gobernar es poblar”, desarrollan una política inmigratoria de atracción
de población blanca, e incentivan a los europeos que se dirigen hacia sus
territorios.
La magnitud del fenómeno
queda patente de manera diáfana en las cifras que presenta, tanto en términos
de saldos netos como de salidas brutas. Entre 1861 y 1930 Galicia pierde
definitivamente por la vía del éxodo más de setecientas cuarenta mil
personas, lo que viene a representar un 41% de los censados en 1860 y un 33% de
los inscritos en el censo de 1930. Y entre 1931 y 1960 la pérdida se estima en
unas doscientas ochenta y ocho mil. Un drenaje, pues, muy ostensible de su
potencial demográfico, sobre todo si tenemos en cuenta que Galicia tenía una
población de un millón setecientos noventa y nueve mil doscientos veinticuatro
habitantes en 1860 y de dos millones doscientos treinta mil doscientos ochenta y
uno en 1930. Pero este cómputo, ya de por sí muy abultado, resulta sin embargo
muy inferior a la suma total de los que se ausentaron del país entre 1861 y
1930: más de un millón seiscientas once mil personas, o, lo que es lo mismo,
teóricamente uno de cada dos gallegos, lo que viene a representar un 38% de la
emigración española en este intervalo. Para la etapa siguiente (1931-1960) las
salidas del país se cifran en unas trescientas treinta y siete mil. En un
balance totalizador, se puede fijar en más de dos millones el número de
emigrantes salidos de Galicia entre 1836 y 1960 de los cinco millones
trescientos mil que partieron de todo el territorio español. Si también
tenemos en cuenta que la población gallega no suponía más del 10% de la española,
nos daremos cuenta de la elevada cuota de participación de Galicia en el éxodo
peninsular durante estos años, lo que la sitúa en términos comparativos entre
las regiones más fuertemente expulsivas del conjunto europeo. Todo un pueblo,
pues, se vio involucrado de uno o de otro modo en la experiencia o cuando menos
directamente afectado por ella y por sus múltiples consecuencias inmediatas y
diferidas. Por eso no resulta hiperbólico afirmar que el éxodo impregnó hasta
lo más hondo el tejido social del país gallego, llegando a convertirse en un
componente sustancial de la propia idiosincrasia de sus gentes, con incidencia
en todas las esferas de la comunidad gallega.
Si hasta los años
centrales del siglo XIX el destino mayoritario de los emigrantes gallegos había
sido el interior de la propia península, a partir de entonces América toma el
relevo, atrayendo en la década de los sesenta a cerca del 50% de los que
emigran, y hacia finales de la centuria a un 85% de los que emprenden el
itinerario del éxodo. Los enclaves de asentamiento de esta población emigrante
fueron, por orden de preferencia y magnitud, Cuba, Argentina y Brasil durante el
XIX, mientras que en el primer tercio del XX Argentina pasa a ostentar la
primera posición, seguida a considerable distancia por Cuba y más aún por
Brasil y Uruguay. Tras la Guerra Civil española de 1936-39 dos nuevos destinos
se incorporan como focos de atracción de los gallegos expatriados: México y
Venezuela, rivalizando este último país con Argentina en su capacidad
atractiva desde el fin de la II Guerra Mundial hasta la década de los sesenta
en que da comienzo el denominado ciclo europeo; compitiendo con la fuerte
atracción que ejercen los núcleos españoles que lideran el llamado desarrollismo de estos años.
En esta etapa comienza
la emigración gallega a Australia, constituyendo un capítulo de la emigración
española a aquel continente.
GALLEGOS
HACIA LA TERRA AUSTRALIS INCÓGNITA
Los
años finales del siglo XV señalan el inicio de la etapa de las exploraciones
marítimas desde Europa, que van a suponer la expansión ultramarina de los
habitantes del Viejo Mundo, lanzados al que para ellos representará el
descubrimiento y colonización de nuevas tierras. Hasta bien avanzado el XVIII
el protagonismo de esta aventura le corresponderá, casi en exclusiva, a las
monarquías española y portuguesa, si bien en el caso de esta última se verá
suplantada por Holanda a lo largo del XVII. Después, Inglaterra emergerá como
la incuestionable potencia colonial en los mares.
Si
bien desde los inicios mismo del siglo XV los portugueses habían venido
buscando rutas alternas para el comercio de las especias (que les permitieran
romper el monopolio de los intermediarios venecianos y genoveses, y evitar los
excesivos impuestos cobrados por el Imperio Otomano que controlaba las rutas
terrestres y marítimas del Mediterráneo), no será hasta 1498 cuando lleguen
al emporio de las especias en el noroeste de la India, después de circunnavegar
las costas africanas y unir las vías marítimas tradicionales de los mercaderes
musulmanes en el océano Índico.
Por
su parte, los españoles no entraron hasta 1492 en la carrera para llegar al
Este asiático. Los descubrimientos de Cristóbal Colón y la nueva ruta del Atlántico
les iba a permitir adelantarse a los portugueses en la apertura de otras vías
marítimas. Pero Colón, en contra de lo que se esperaba, no se encontró con el
ansiado Cipango, sino con un mundo entonces inimaginado: el continente
americano. En 1513 Vasco Núñez de Balboa, tras cruzar el istmo de Panamá, da
con el océano Pacífico, que él bautiza como Mar del Sur. De este modo, España,
en palabras de Carlos Prieto, se convertirá “en
la nación que poco después de atravesar el Atlántico y descubrir y empezar a
poblar un Nuevo Mundo, descubre, recorre y mide la más grande cuenca oceánica
del globo, ensanchando geográfica y culturalmente las dimensiones del mundo”.
España
no dejará de insistir en su intento de alcanzar las islas de la especiería. La
expedición capitaneada por Fernando de Magallanes, a quien tras su muerte en la
isla filipina de Mactán sucede en el mando Juan Sebastián Elcano, y que había salido del puerto andaluz de San Lúcar de Barrameda
en 1519 con cinco naves y doscientos cincuenta y siete hombres, arriba a las
Islas de las Especias por el Oeste. Rodea América, donde descubre el estrecho
que lleva su nombre, y se convierte en el primer navegante europeo en llegar por
barco al otro océano que bautizará como Pacífico por comparación con el
tormentoso Atlántico. A Juan Sebastían Elcano le corresponde la honra de ser
el primero en circunnavegar el mundo, cerrando el circuito en septiembre de 1522
cuando arriba de nuevo a las costas de San Lúcar con una sola nave la Victoria.
El
descubrimiento de una nueva ruta occidental a las Molucas tendrá otra
importante consecuencia: el establecimiento de la Casa de Contratación de la
Especiería en A Coruña. Se escoge
esta ciudad gallega, al decir de F. López de Gomara en su Historia
General de las Indias, en razón “de ser muy buen puerto, conveniente para la
vuelta de Indias, y cercano a Flandes, para la contratación de las especies con
los alemanes y hombres más septentrionales”.
Los
españoles que circunnavegaron por primera vez el globo, como recuerda el
investigador pontevedrés Amancio Landín, ignoraban las dimensiones reales del
océano descubierto siete años antes por Vasco Núñez de Balboa. Desconocían
igualmente los regímenes de vientos y corrientes de aquella vastedad marina, así
como la existencia de grandes zonas sembradas de fondos coralíferos y de
atolones orlados por peligrosas barreras madrepóricas. Estaban ajenos a las
graves dificultades del regreso al Nuevo Mundo, sólo superadas tras el
descubrimiento del tornaviaje por Andrés de Urdaneta en 1565, hallazgo de
especial importancia pues inaugura la línea de navegación mercantil de mayor
persistencia en el mundo, conocida en México como nao de la China o galeón de
Manila, y como nao de Acapulco en Filipinas.
La
pobreza de instrumentos náuticos en aquellos tiempos era sólo comparable a su
excepcional olfato marino. Es bien sabido que la determinación de la longitud
geográfica requeriría la utilización del reloj marino o cronómetro
perfeccionado, que no aparece hasta el siglo XVIII; sin embargo, valiéndose de
rudimentarios astrolabios, cuadrantes o ballestillas, calculaban la latitud con
sorprendente precisión.
Como
continúa A. Landín, para tener una ligera idea del dinámico entusiasmo con
que España afrontó la exploración del Pacífico, en la zona comprendida entre
las latitudes de los 40º al Norte y al Sur de la línea equinoccial, bastará
con recordar que en tan sólo los ochenta y seis años que van desde la expedición
de Magallanes a la última de Fernández de Quirós quedan descubiertos para
Europa la mayor parte de los grandes archipiélagos de Oceanía. No se detendrá
aquí el empeño español por tomarle las medidas al inacabable océano, pero la
simple enunciación del hecho en los ocho primeros decenios nos da una idea
cabal de la magnitud de aquella tarea, no pocas veces silenciada por razones de
Estado, lo que llevó a que muchos de los memoriales realizados hayan
permanecido arrumbados en el Archivo de Indias de Sevilla. Con todo, entre 1520
y 1607 las cartas náuticas de nuestros navegantes se enriquecen de islas
correspondientes a los archipiélagos
hoy llamados de Bonin, Volcano, Filipinas, Palaos, Marianas, Carolinas,
Marshall, Gilbert, Ellice, Galápagos, Revillagigedo, Juan Fernández, Salomón,
Santa Cruz, Nuevas Hébridas, Marquesas, Tuamotu, varios próximos a Nueva
Guinea y Australia, y posiblemente el mismo de Hawai. No sin razón puede
admitirse la hipérbole de que el más grande de los océanos se había convertido en el lago español.
Galicia,
uno de los reinos que conforman la Corona de Castilla en los inicios de la Edad
Moderna, contaba con una bien acendrada tradición marinera y Atlántica, como
se iba a reflejar una vez más en los descubrimientos protagonizados por sus
hijos en los Mares del Sur en el siglo XVI, y que continuarán, a un ritmo menor
ya, hasta bien entrado el XVIII.
Cabe
destacar desde los primeros momentos de las exploraciones oceánicas la
presencia de navegantes de origen gallego, que desempeñarán un importante
papel. Así, las primeras participaciones de gallegos en las exploraciones en
los Mares del Sur vienen dadas por la presencia de personas de este origen en
las exploraciones realizadas por los portugueses que, tras cruzar el cabo de
Hornos, los llevarían en un primer momento a las costas de la península índica
y luego a las Indias orientales.
Entre
esos gallegos es de justicia destacar a Juan da Nova, descendiente de una
familia hidalga que acabó estableciéndose en Lisboa, por lo que es apodado El
Gallego. Se desconoce su procedencia concreta, aunque A. Landín señala como su
posible lugar de origen la ciudad de Pontevedra.
El
4 de marzo de 1501 Juan da Nova embarca en el puerto de Lisboa como capitán
mayor al frente de una flota de cuatro naves. Después de una primera travesía
a Brasil, vuelve a cruzar el Atlántico hacia la costa africana, donde descubre
la actual isla de Ascensión, a la que llama de la Concepción. Después de
salvar Hornos se dirige a la costa de
la India, donde funda (en la localidad de Cananore, provincia de Madrás) una
nueva factoría portuguesa. En el viaje de regreso al puerto lisboeta descubre
en la costa atlántica africana la isla de Santa Helena.
En
1505 Juan da Nova vuelve a embarcar. En esta ocasión en la flota capitaneada
por Francisco de Almeida, primer virrey de la India portuguesa. Durante esta
travesía se descubren las islas de Ceilán y Maldivas y participa activamente
en la exploración de las costas de Madagascar, dándole su nombre a una isla
situada en el canal malgache.
La
presencia gallega en las expediciones castellanas por el Océano Pacífico se
remonta a una fecha tan temprana como el viaje de circunnavegación del mundo,
capitaneado por Fernando de Magallanes. La participación gallega en esta nueva
aventura protagonizada por doscientos sesenta y cinco hombres viene de la mano
de marineros como Antón de Noia, Luís de Veas, Vasco Gómez, Juan Gallego,
Luis de Avendaño, Rodrigo Nieto, Vasco Gallego, Pedro Gallego, Rodrigo Gallego
y un largo etcétera. El 10 de agosto de 1519 la escuadra formada por cinco
naves (Trinidad, San Antonio, Concepción, Victoria y Santiago) sale del puerto
de Sevilla, y tras hacer varias escalas en las Canarias, Cabo Verde y Río de
Janeiro, descubre un paso en el extremo meridional del continente americano, que será conocido como Estrecho de Magallanes. En su viaje
por el nuevo océano hay numerosas deserciones e intentos de rebelión. Por fin
los expedicionarios logran arribar a las islas Filipinas y en una de éstas,
Mactán, muere Magallanes tras un enfrentamiento con los indígenas. El número
de naves queda reducida a dos: la Victoria, capitaneada por Elcano, y la
Trinidad, bajo las órdenes de Gonzalo Gómez de Espinosa. La primera de ellas
continúa la ruta inicial prevista por Magallanes: recala en las Molucas, donde
embarca clavo, canela, sándalo y nuez moscada, cruza el Índico y circunnavega
Africa, llegando al puerto de Sanlúcar el 6 de septiembre de 1522, con
dieciocho marinos a bordo, uno de los cuales, Diego Gallego, es vecino de Baiona
(localidad de la provincia gallega de Pontevedra).
La
otra nave, la Trinidad, en mal estado y ante la imposibilidad de seguir a la
capitana, trata en un primer momento de regresar a América cruzando de nuevo el
Pacífico, pero ante el fracaso en este intento se limita a realizar desde la
isla de Tidore una serie de viajes que permitirán descubrir nuevas islas
pertenecientes a los archipiélagos de las Palao y de las Marianas, como las Doi
y Morotai, y la de Sonsorol. Entre los tripulantes de este navío figura Gonzalo
de Vigo o Gonzalo Álvarez, el cual va a desertar junto a dos compañeros en una
de las Marianas, probablemente Maug. En ella permanecen hasta que son
encontrados por la nave Santa María de la Victoria, integrante de la expedición
de García Jofre de Loaysa a las Molucas. Después de embarcar en ésta, los
tres se trasladan a Tidore, donde Gonzalo de Vigo prestará servicio como intérprete.
El destacado marino y cronista de este periplo, Andrés de Urdaneta, relata que
“un gallego que se llamaba Gonzalo de Vigo, que quedó en estas islas con
otros dos compañeros de la nao de Espinosa, los otros dos muriendo, quedó él
vivo, el cual vino luego a la nao e nos aprovechó mucho, porque sabía la
lengua de las islas”.
Pero,
sin duda alguna, el principal vínculo de Galicia con el Océano Pacífico vendrá
dado por la instalación en la ciudad de A Coruña de la Casa de Contratación
de la Especiería, creada por la Real Cédula firmada por el Rey Carlos I en
Valladolid con fecha del 24 de diciembre de 1522. Gracias a ella A Coruña
adquiría la exclusiva de organizar las expediciones que irían “a las yslas
de Maluco y a otras partes donde huviese espeçiería”. Las varias
expediciones que se emprenden desde la Casa de Contratación coruñesa serán
alentadas por el conde Fernando de Andrade. Salen entre 1525 y 1529 cuatro
expediciones al Pacífico oriental, participando, según las expediciones,
banqueros alemanes, españoles y flamencos.
La
primera, dirigida por Esteban Gómez, navegante de origen portugués, se hace a
la mar en marzo de 1525 con la finalidad de buscar un nuevo paso en la parte
norte del continente americano que permita ir a las Molucas. Tras recorrer
infructuosamente la costa desde Florida a Terranova, tiene que regresar al
puerto del que había salido.
La
segunda expedición, bajo el mando del comendador García Jofre de Loaysa y que
tenía como piloto a Juan Sebastián Elcano, está compuesta por siete navíos,
que salen al mar el 24 de julio de 1525. Antes, el Rey Carlos I le había
concedido al comendador el título de Capitán General de la Armada y Gobernador
de las Islas de Maluco, como se recoge en un extenso documento del que se
reproduce un extracto:
“Por cuanto Nos mandamos ir al presente una armada á la continuación y
contratación de la especiería á las nuestras islas del Maluco, donde habemos
mandado que se haga el asiento y casas de contratación... por ende acatando la
persona y experiencia de vos Frey García de Loaisa, Comendador de la orden de
san Juan, que sois tal persona que guardareis nuestro servicio, é que bien y
fielmente entendereis en lo que por Nos vos fuere mandado y encomendado; es
nuestra merced y voluntad de vos
nombrar, y por la presente vos nombramos por nuestro Capitán general de la
dicha armada, desde que con la bendición de nuestro Señor se haga a la vela en
la ciudad de la Coruña, hasta llegar a las dichas islas, ... y vos damos poder
y facultad para que por el tiempo
que nuestra merced y voluntad fuere, podais usar, e useis de los dichos oficios
de nuestro Capitán general de la dicha armada, e de nuestro Gobernador y Capitán
general de las dichas islas de
Maluco, asi por mar como por tierra ... e hayais y tengais la nuestra justicia
cevil e criminal en la dicha armada, y en las dichas islas y tierras de Maluco,
asi de naturales dellas, como de todas otras cualesquier personas, asi de
nuestros reinos e señoríos, como de fuera dellos que en ellas estuvieren, e de
aquí en adelante a ellas fueren, e de las que fueren e anduvieren en la dicha
armada... Y es nuestra merced , y mandamos que hayais de salario en cada un año
de los que ansi vos ocupárades en lo susodicho... dos mil e novecientos y
veinte ducados, que montan un cuento y noventa y cuatro mil y quinientos
maravedis, los quales mandamos a nuestros oficiales que
residen en la dicha ciudad de la Coruña en la Casa de Contratación de
la especería, que vos den y paguen en esta manera: los ciento y cincuenta
mil maravedis luego adelantados, que es nuestra merced de vos mandar dar
con que os adereceis, y proveais de las cosas necesarias para el viage , y lo
restante, que se montare en vuestro salario a razón de los dichos un cuento y
noventa y cuatro mil y quinientos maravedís por año, a la vuelta que volvais a
estos Reinos en llegando a ellos en la dicha Casa de Contratación de la
especiería, sin nos pedir nueva libranza para ello...”
Las
condiciones del viaje provocan la pérdida de varios barcos y sólo una parte da
flota cruza el Estrecho de Magallanes. Únicamente la nave Santa María de la Víctoria
llega a las Molucas.
Durante
el viaje por el Océano Pacífico se aleja de la expedición la nave
San Lesmes, con treinta y dos hombres, de los que aproximadamente la
mitad eran gallegos, según la relación que publica R. Hervé, extraida a su
vez del documento conservado en el Archivo General de Indias de Sevilla
(Contaduría, legajo 427, ramo 8, folio 123 ro.-125 vo.):
Francisco
de Oçes, capitan desta caravela, hijo de Fernando de Oçes, defunto, y de
Lionor de Bargas, vecino de Cordova.
Diego
Lopez, criado del Francisco de Oçes, fijo de Bartolome Sanches de Monrroy,
defunto, y de Mari Lopes, naturales de Monrroy.
Juan
de Bolivar, clerico, hijo de Gonzalo de Bolivar, defunto y de Mari Ortis de la
Herera, vecinos del Valle de Salzedo.
Bartolomé
Dominguez (sobresaliente), hijo de Pedro Domingues, vecino de la Coruña,
defunto, y de Maria Alonso, de la feligresia de San Niculas.
Petre
Rux, condestable de los lombarderos desta nâo, no tiene padre ni madre.
Johan
de Rauman, lombardero, natural de Arrauman, casado con Agueda de Cortynes.
Enrique
de Pomar, lombardero, natural de Pomar en Alemania, casado con Beatris de Trabay
ques y esta en La Coruña.
Johan
Sanches, marinero y piloto de Poniente a Levante, natural de Calis, no tiene
padre ni madre.
Ortiño
de Alango, piloto de Portugalete, hijo de Ortuño de Alango, defunto, y Maria
Ochoa de Butron.
Rodrigo
Varela, maestro de la nâo, casado con María Alonso, vecino de La Coruña en la
feligresia de San Jorje.
Pedro
Guerra, contramaestre de la dicha nâo Santo Lesmes, casado con Sancha de San
Pedro, de la feligresia de Santo Tomas.
Johan
Dasagras, marinero y despensero, hijo de Pedro Rodrigues e de Maria Dasagras,
vecinos de La Coruña, de la feligresia de Santo Tomas.
Gonzalo
Yanes, vecino de La Coruña, marinero y carpintero, casado con Yñes Calada, de
la feligresia de San Jorje.
Fernendo
de Baldayo, calafate, vecino de La Coruña, casado con Maria Alonso, a la colación
de San Jorje.
Gonzalo
Fernades, marinero, casado con Yñes Fernandes, vecino de La Coruña, de la
feligresia de San Nicolas.
Johan
Garcia, marinero, hijo de Fernan Garcia y de Maria des Fernos, vecinos de La
Coruña, de la feligresia de San Niculas.
Johan
Lopes, de La Coruña (marinero), casado con Maria Fereyrina, de la feligresia de
San Jorge.
Alonsa
de Parga, marinero, vecino de La Coruña, casado con Constança Orves, de la
feligresia de San Niculas.
Alonso
Rodrigues, marinero, vecino de La Coruña, casado con Maria Domingues, de la
feligresia de San Niculas.
Juan
de Arratran, marinero, natural de Bilbao.
Garcia
Martin, marinero, vecino del Puerto de Santa Maria, no tiene padre ni madre.
Diego
Ollero, marinero, vecino del Puerto de Santa María, casado con Marina
Rodrigues.
Pedro
Xuares, grumete, no tiene padre ni madre, natural de Bibero.
Pedro
de los Casares, grumete, hijo de Fernando de los Casares, defunto, y de Marina
Dorada.
Pedro
de Sarria, gromete, natural de Maman, de la feligresia de San Salvador, junto de
Sarria, no tiene padre ni madre.
Sancho
de Turçios, gromete, hijo de Johan de Paços, naturales de Turçios.
Adan
de Toro, gromete, natural de San Lucar, no tiene padre ni madre.
Pedro
de Valladolid (gromete), natural de Valladolid, no tiene padre ni madre.
Johan
de Dios, paje, hijo de Garcia de Dios, defunto, y de Juana de las Fragas,
natural de las Fragas, tierra y obispado de Burgos.
Johan
Peres, paje, hijo de Diego Allero, marinero, y de Marina Rodrigues, natural del
Puerto de Santa Maria.
Por
mucho tiempo se especuló sobre su destino final. Su rastro se pierde el 1 de
junio de 1526. Según diversas investigaciones pudo ser el primer navío europeo
en divisar las costas del nuevo continente australiano. Así, el investigador de
ese país Robert Langdon, responsable del Departamento de Manuscritos de la
Universidad Nacional de Canberra, publica en 1975 la obra The Lost Caravel en la
que a partir de diversas observaciones antropológicas y lingüísticas llega a
la conclusión de que que la San Lesmes recorrió el archipiélago de Tumatou,
donde divisó por primera vez, entre otras, las islas de Amanu, de Hao y Anaa, y
en las que se asentaron algunos tripulantes. El resto, en la misma nave o con
otra embarcación local o de nueva construcción, sigue rutas distintas: una
parte prosigue hacia el archipiélago de Sociedad (isla de Raiatea) y a las Cook,
para llegar posteriormente a las grandes islas de Nueva Zelanda; otro grupo se
dirige desde Anaa hacia el levante, llegando a Raroia, Takume, Napaku, Fangatau,
Tatakoto, Nukatuvake y Vahitahi. Para R. Langdon, estas etapas no se cubrieron
de un modo continuado; antes, en muchos casos, debieron mediar largas estancias
en las islas, en las que algunos mismo afincarían creando así una
descendencia, aún perceptible, de sangre mestiza. El profesor de Canberra
considera más probable que estos descendientes protagonizaran la migración que
él documenta a las otras islas.
Una
tesis que goza hoy de más predicamiento es la presentada por Roger Hervé,
conservador del Departamento de Cartas y Planos de la Biblioteca Nacional de París,
en su libro Découverte fortuite de l'Australie et de la Nouvelle-Zélande par
des navigateurs portugais et espagnols entre 1521 et 1528, publicado en 1982. En
el volumen, a partir de una muy documentada representación cartográfica de un
amplio territorio denominado Xava la Grande (que en diferentes mapas de la
escuela del puerto normando de Dieppe ocupa el lugar correspondiente al
continente australiano, con referencias a su descubrimiento por navegantes
portugueses y españoles entre 1521 y 1528), llega a la conclusión de que la
ruta tomada por la San Lesmes la llevó hasta las costas de Nueva Zelanda y
Australia.
Para
R. Hervé, el elemento decisivo para el primer avistamiento europeo de Australia
es la derrota seguida por la San Lesmes, una vez que se pierde de la flota de
Loaysa. Ante la imposibilidad de regresar a España a través del Estrecho de
Magallanes, la carabela pone rumbo al sur y descubre la isla de Santa Inés,
sobre los 53º de latitud austral, llega después al estrecho de Drake y las
islas Shetland del Sur, no lejos de la Antártida. Vientos del sureste obrigan a
la nave a tomar la dirección noroeste, lo que le permite concluir tan larga
etapa avistando a las Antípodas y, finalmente, la costa suroriental del archipiélago
novocelandés. La información cartográfica diepperiana le permite a Hervé
concluir que el avance hacia poniente le aconsejó a Alonso de Solís, a la sazón
capitán de la San Lesmes, navegar en busca de las Molucas, por lo que aprovecha
el viento favorable que le lleva a las aguas meridionales de Australia. La
tripulación desembarca en la isla de Tasmania y, posteriormente, pasa a la
tierra continental del actual estado de Victoria (desembarcando quizás cerca de
las dunas de Warnambool). Prosigue su viaje a lo largo de la costa oriental de
Australia hasta el extremo septentrional de la península de York, permaneciendo
por un tiempo en la badía de Rockhampton, zona abundante en topónimos en las
cartas dieppesas.
Apunta
el investigador francés la posibilidad de
que a la altura de 1528, en un punto indeterminado de la Australia
septentrional, se encontrasen los supervivientes de la San Lesmes con la segunda
expedición portuguesa capitaneada por Gomes de Sequeira. Se apunta
como posible que la memoria de estos descubrimientos se haya
perdido por la rivalidad con los portugueses, que disputaban a España la
posesión de las Molucas. Como insiste Hervé, muchos de los descubrimientos
permanecieron ignorados y guardados bajo siete llaves en el Archivo de Indias de
Sevilla por motivos de seguridad del Estado. Un recuerdo confuso de esta
navegación sólo aparece en textos portugueses de la época. Y tenemos también
la mención enigmática del planisferio de Petrus Plancius, de 1592 sobre “los
descubrimientos hechos en el Océano Austral por un navío español separado de
su flota”. Esta mención no recibió nunca explicación hasta este momento.
Tendríamos, pues, en los tripulantes de la nave salida del puerto coruñés en
1525 los primeros europeos en pisar territorio australiano.
Una
tercera expedición, formada por tres naves capitaneadas por Diego García de
Moguer, sale del puerto gallego de Fisterra, pero se va a limitar a la exploración
del estuario del Río de la Plata y la costa argentina.
La
cuarta expedición, organizada por Simón de Alcazaba, no llega a salir, a pesar
de que este marino de origen portugués crea en el puerto de A Coruña unos
astilleros para construir las naves con las que pretendía hacer el viaje.
Ante
el fracaso de estas expediciones y las presiones de Lisboa, el Rey le cede a la
Casa Real Portuguesa (Tratado de Zaragoza, 1529) los derechos sobre las islas de
la Especiería, motivo por el que desaparece la Casa de Contratación de la
Especiería de A Coruña.
Esta
primera mitad del siglo se completa con la expedición de Miguel Noble,
contramaestre de la nave Santiago, de 144 toneladas de arqueo. El barco se
dirige desde México, en 1536, a prestar ayuda a las tropas de Francisco de
Pizarro, que estaban en Perú. Una vez auxiliadas y de regreso, en el mes de
abril de 1537 el capitán del Santiago, Hernando de Grijalva, decide adentrarse
en el Océano Pacífico en busca de nuevas tierras. Después de varios meses de
navegación sin hallar ninguna traza de tierra firme, y terminadas las
provisiones, la muerte se ceba en la tripulación, falleciendo el propio capitán;
otras fuentes hablan de un motín a bordo. Fuera como fuera, se pone al mando
del navío a Miguel Noble, que recorre la costa de Nueva Guinea e islas próximas
como Supiori, Ninigo, Japen y Biak. Varios de los marinos deciden quedarse en
Nueva Guinea, entre los que se encuentra el propio Miguel Noble, donde son
apresados por los papúas y, posteriormente, pasan al servicio de los
portugueses.
En
la segunda mitad del siglo XVI destacan las expediciones organizadas por Alvaro
de Mendaña y Neira, noble de reconocido origen gallego (hoy cuestionada por
algunos historiadores de la comarca leonesa del Bierzo, limítrofe con Galicia),
que van a permitir el descubrimiento de las Salomón y de las islas Marquesas y
de Santa Cruz. Las expediciones protagonizadas
por Alvaro de Mendaña se comprenden mejor
si las situamos en el marco de las expectativas despertadas en diversos
escritos contemporáneos.
A
mediados de la centuria se extienden una serie de leyendas que hablan de enormes
riquezas en lugares del Pacífico como Havachumbi y Ninachumbi. Señala A. Landín
que el prelado y político Pedro de La Gasca pudo alentar esas conjeturas en el
escrito que, como presidente de la Audiencia peruana, remite al Rey el 2 de mayo
de 1549, y en el que le informa que “parece que esta mar del Sur está
sembrada de islas muchas ... y podría ser que en las que están debajo de la
equinoccial, o cerca della, hubiese especería, pues están en el mismo clima
que las de los Molucos”. Años
después, alrededor de 1553, el historiador Pedro Cieza de León, en La Guerra
de Quito, escribe: “Noticia muy
grande se tiene, entre los bárbaros moradores de los valles que están entre
los arenales confinantes a la mar austral, que hay muy grandes islas, pobladas
de gentes ricas y abastadas de muchos metales de oro y plata, y bien proveidas
de arboledas fructíferas y de otros muchos mantenimientos”.
El
clima creado propicia que surjan expediciones desde la costa peruana que tratan
de buscar estas nuevas tierras. Entre esas tentantivas se organizan en 1561,
gracias al apoyo del gobernador de Perú, los primeros preparativos para una,
que fructificarán con la salida, seis años más tarde, de los navíos Los
Reyes y Todos los Santos (con un porte respectivo de trescientas y doscientas
toneladas). Al frente de esta pequeña flota figura Alvaro de Mendaña y Neira,
sobrino del gobernador Lope García de Castro, y en la misma se enrolan los
navegantes gallegos como el piloto mayor, Hernán Gallego, el escribano y factor
real Gómez Fernández Catoira y Pedro Sarmiento de Gamboa, destacado marino
pontevedrés quien más adelante tendrá un importante papel en una serie de
descubrimientos en la zona del Estrecho de Magallanes. Después de varios
avistamientos de islas menores llegan a las Salomón, estableciéndose en la
bautizada como Santa Isabel. Sarmiento, como cronista de la expedición, relata
el avistamiento de tierra en los siguientes términos, según el manuscrito que
se conserva en el Archivo de Indias: “Del
miércoles al jueves 15 de enero por el Oeste guiñado a la cuarta del Sudueste
20 leguas, altura 7 grados escasos Este, ya fue Dios servido de consolarnos con
vista de tierra, la cual vido un moço llamado Trejo desde la gavia, como a las
nueve horas del día, la vuelta del Sudueste y certificados que era tierra, con
grandísimo regocijo dimos gracias al Señor y cantamos en alta voz el Te Deum
laudamos, suplicándole nos diese su gracia para que le acertásemos a servir en
tan gran negocio como empeçábamos, descubriéndose nuevas tierras a donde se
divulgase y predicase la palabra evangélica. La tierra que vimos era pequeña y
baja, y por esto el piloto Hernán Gallego no quiso arribar sobrella, diciendo
que él no la quería tomar porque despoblada y sin provecho. Pedro Sarmiento,
como entendió esto, dixo a voz alta que fuesen a ella y que era poblada, que de
allí podrían tomar guía y lengua para lo adelante y que pues que no venían
sino a descubrir y no a barloventear... “.
En
la Santa Isabel construyen un pequeño bergantín, Santiago, que les permitirá
conocer el resto del archipiélago y llegar y explorar islas como Ramos, Galera,
Buenavista, Guadalupe, Sesarga y Guadalcanal, esta última la más importante y
a la que deciden transladar a su centro de operaciones. Pero en Guadalcanal se
producen enfrentamientos con los nativos, cayendo en combate varios españoles.
La conclusión es que los supervivientes cambian su base, instalada ahora en la
isla de San Cristóbal, desde la que continúan realizando nuevas expediciones.
El propio Alvaro de Mendaña, en su relación que se conserva en el Archivo de
Indias de Sevilla, introduce también aspectos antropológicos de los indígenas:
“Hay
en esta isla diferentes colores de indios; unos son de la color de los del Pirú
y otros negros y algunos blancos, son los que salen poco de sus casas, y
muchachos. Enrízanse todos y enrúbianse muchos, y algunos son rubios de su
natural. Las mujeres son de mejor gesto y aún más blancas que las indias del
Pirú, pero aséanse muchos por tener los dientes negros, que de industria los
tienen, ansí hombres como mujeres; los niños y las niñas son de buen gesto, y
no parecen tan mal por tener los dientes blancos. Traen las mujeres corto el
cabello, que no les llega a los hombros, y muy rubio. Los indios se trasquilan
de muchas maneras: unos con coronas, como frailes, otros se cortan el cabello
como nosotros, otros se trasquilan casi media cabeza de hacia el colodrillo,
otros dejan un pedazo de cabello que parece una gorra puesta de lado, otros
dejan unas guedejas que les crecen tanto que, de encima de la oreja, llega hasta
debajo de los pechos, y traenla hecha una trenza, otros no se trasquilan y hacen
unos rizos a manera de tocado, que enrizan el cabello por las puntas por un lado
y por otro, hasta llegar sobre las orejas, y después hacen otro rizo muy menudo
por medio de la cabeza, que toma del colodrillo a la frente...
Traen
la lengua y labios muy colorados y se los colorean con una hierba que comen, que
tiene la hoja ancha y quema como pimienta, y con cal se hacen de lucayos
blancos, que es una piedra que se cría en la mar como el coral; mascando esta
hierba y teniendo desta cal en la boca, hecha un zumo colorado que es el que les
hace tener siempre muy colorada la lengua y labios, y también se pintan con
este zumo la cara por gallardía. Aunque más que en esta hierba, no se tiene el
zumo colorado si no le mezclan con la cal dicha”.
Y
continúa:
“La
música que ellos tienen son muchos canutillos de cañas juntos, puestos por su
orden, unos mayores que otros, a manera de órgano, los cuales tocaban con la
boca, como quien toca pífano, y unos caracoles grandes a que ellos llaman coflís.
Luego mandé que tocasen alguna trompeta y pífano, y después cantaron algunos
soldados, tocando una vihuela; admiráronse de ver nuestros instrumentos, y más
de oír cantar. Danzaron luego, que son muy amigos de danzas, y como yo les daba
algunos regalos y les hacía buen tratamiento y les mostraba mucha amistad, me
venían a ver cada día, aunque con poca comida; y cada vez que venían al navío
traían sus armas”.
Ante
la situación creada con los indígenas y las dificultades para su instalación
deciden regresar a América, optando por realizar una travesía por el norte del
Pacífico, lo que les permite descubrir algunas islas pertenecientes al archipiélago
de las Marshall y San Francisco (actual Wake). Pedro Sarmiento de Gamboa pretendía
seguir una ruta más meridional, que según su teoría los aproximaría a una
gran masa de tierra firme, presumiblemente el continente australiano.
El
deseo de hacer un asentamiento en las Salomón obliga a Mendaña a desplazarse a
España, donde presenta en mayo de 1572 una petición en tal sentido al Consejo
de Indias. Por fin, la autorización real del 27 de abril de 1574 le garantiza a
Álvaro de Mendaña el derecho a poblar aquellas islas. Trasladado de nuevo a América,
la nueva empresa no prospera por la enemistad con el nuevo virrey y por
problemas económicos, y se retrasa hasta 1595. En este año sale una nueva
flota formada por las naves San Jerónimo y Santa Isábel, el galeote San Felipe
y la fragata Santa Catalina, que llevan embarcadas a un total de trescientas
setenta y ocho personas; entre estas se encuentran varios niños y mujeres, ya
que la intención última de la expedición era instalar una colonia permanente.
Acompañaban a Mendaña varios miembros de su familia, su mujer Isabel Barreto y
tres hermanos de ella. En esta flota figura como piloto mayor Pedro Fernández
de Quirós, portugués al servicio de España que es bautizado por Carlos Prieto
como el Don Quijote del Océano por su actuación en una expedición posterior
que lo llevará a descubrir nuevas tierras que él nombra Austrialia en honra de
su monarca Felipe III de Austria.
Esa
armada sale el 9 de abril del puerto de Paita (Perú) y, después de
aprovisionarse en diferentes puertos de la costa norte, se adentra en el océano
el 16 de junio, trazando un rumbo oeste-sureste. En esta travesía va a llegar a
un nuevo archipiélago bautizado como Marquesas de Mendoza, actuales Marquesas,
dando nombre a islas como la Magdalena (la actual Fatu Hiva), San Pedro,
Mohotani, Domínica, Hiva Oa, etc. En la crónica del viaje se describen así
los habitantes de ellas:
“Casi
blancos y de muy gentil talle; grandes, fornidos, membrudos, bueno el pie y la
pierna, y maños con largos dedos; buenos ojos, boca y dientes, y las demás
facciones; de carnes limpias, en que mostraban bien ser gente sana y fuerte;
hasta en el hablar eran robustos. Venían todos desnudos, sin parte cubierta;
los cuerpos y rostros todos muy labrados con un color azul, y dibujados algunos
pescados y otras labores; los cabellos como mujeres, muy crecidos y sueltos,
algunos los traían torcidos y con ellos mismos daban vueltas; eran muchos de
ellos rubios y había lindos muchachos, que cierto para gente bárbara y desnuda
era el gusto el verlos, y había mucho de que alabar a su Criador”.
En
su camino hacia las Salomón continúan encontrando más tierra firme, como las
islas San Bernardo (hoy en día
islas Danger) y la Solitaria (Nurakita), pero durante el viaje pierden la nao
capitana y, tras atracar en la Santa Cruz (en la actualidad Nendo), estalla una
epidemia entre la tripulación que afecta al propio Álvaro de Mendaña, quien
fallece el 18 de octubre de 1595 después de dictar testamento en el que
nombraba a su mujer, Isabel Barreto, como adelantada y gobernadora de las
tierras recién descubiertas. El puesto de capitán general lo ocuparía su
hermano Lorenzo Barreto, aunque por muy breve tiempo pues muere de un flechazo
pocos días después. Isabel Barreto asumirá también el puesto de capitana
general de la flota.
La
decisión es embarcar, y después de una primera tentativa fracasada por llegar
a las Salomón Isabel Barreto pone proa hacia Manila. La epidemia, sin embargo,
se negaba a abandonar a los
exploradores, lo que ocasiona la pérdida del San Felipe y la Santa Catalina.
Tras recorrer las Carolinas orientales (Ponape) y las marianenses de Rota y Guam,
la San Jerónimo y la Santa Isabel llegan a la costa filipina, hondeando en la
bahía de Manila el 11 de febrero de 1596. En esta ciudad Isabel Barreto volverá
a contraer matrimonio, en mayo del citado año, con Fernando de Castro, natural
de as Nogais (aldea de la provincia gallega de Lugo), caballero de la orden
religiosa de Santiago y sobrino del gobernador y capitán general de las
Filipinas, el también gallego Gómez Pérez das Mariñas Ribadeneira. El
matrimonio emprende viaje de retorno y arriba a Acapulco, para establecerse
posteriormente en Perú, donde Fernando de Castro fue gobernador y justicia
mayor de Castrovirreina.
Los
avatares de la segunda expedición de Mendaña
se convirtieron en material literario pues constituyen el motivo central
de la novela de Robert Graves Las islas de la Imprudencia, publicado
originalmente en 1949 y que fue traducida al castellano en 1995.
En
diciembre de 1605 Pedro Fernández de Quirós, que había sido poloto mayor en
la segunda expedicción de Mendaña, salía del puerto de El Callao con la misión
de concluir la colonización hasta entonces fallida de las Salomón. Tampoco
conseguió Quirós colonizarlas, y lo mismo le pasó con las islas de Santa
Cruz, si bien descubrió otras, antes de regresar a la Nueva España, como las
de la Austrialia del Espíritu Santo (Nuevas Hébridas). En estas permanece la
nave almiranta a cargo de Luís Váez de Torres, quien iba a descubrir el
estrecho que separa Nueva Guinea de Australia.
En
el siglo XVIII, coincidiendo con la época del reformismo borbónico y la
necesidad de reafirmar las posesiones españolas frente al expansionismo de
otras potencias europeas, surge un renovado interés por las exploraciones en el
océano. Así, a mediados de la centuria, y siguiendo las instrucciones del
virrey del Perú, Manuel de Amat y Junyent, sale una expedición con la
finalidad de explorar las islas pacíficas próximas al continente americano.
En
estas primeras aventuras marinas participa Cayetano de Lángara y Hugarte,
nacido en Ferrol en 1738, quien embarca en el navío San Lorenzo bajo las órdenes
del capitán Felipe González de Haedot. En el viaje reconocen la isla de
Pascua, también llamada de David o de San Carlos, realizando el primer plano
completo y preciso de la misma, en el que se registran todas sus
particularidades. Hoy llevan el nombre del marino ferrolano una ensenada y un
farallón. Allí dirige el bojeo de la isla.
En
1772, y como fruto de esta misma política, salen desde Perú varias flotas para
explorar la Polinesia del Sur y más concretamente Tahití, la mayor de las
islas de Sociedad. La última de esas expediciones fue capitaneada por Cayetano
de Lángara, en 1775.
También
navega a las costas del Pacífico oriental Francisco Seijas y Lobera, natural de
la ciudad gallega de Mondoñedo (Lugo), quien recorre las costas de China y Siam
y atraviesa posteriormente el Pacífico.
Pero
quizás el navegante gallego más destacado en este siglo es Francisco Mourelle
de la Rúa. Este hombre, natural de la pequeña aldea de Corme (provincia de A
Coruña) y formado en la Escuela de Pilotos de Ferrol, participa en las
expediciones a la costa septentrional de América y llegó a las costas de
Alaska. En 1780 se encuentra en Manila, donde recibe la orden de tomar el mando
de la Princesa, con la que debe atravesar el Pacífico hasta la costa de México.
Durante esas singladuras se ve obligado a seguir un rumbo más meridional que el
habitual, por el Pacífico Norte, para intentar huir del asedio de la flota
inglesa. Su experiencia por esa nueva vía marítima le permitirá realizar
abundantes descubrimentos geográficos que con el paso del tiempo serán
retomados por outros navegantes. Durante su derrota descubre las Ninigo, dentro
del archipiélago de las Bismarck, y más tarde los islotes Ermitaños, los
Monges y Anacoretas, la isla de José Basco (del grupo del Almirantado) y la
actual Mussau. Una vez rodeada la costa norte de Nueva Irlanda y el archipiélego
de Tonga, decide cambiar de rumbo ante las dificultades en su avance hacia el
este, y pone rumbo a Guam para seguir la ruta habitual del hemisferio norte.
El
protagonismo español, y gallego, en estos mares se mantendrá hasta que, ya
definitivamente tras la finalización de la guerra de los Siete Años en 1763,
Gran Bretaña se convierta en la potencia hegemónica en el Pacífico. Se inicia
ahora la segunda gran expansión europea, que hará de las expediciones científicas
la vanguardia de la lucha mercantil y estratégica de las naciones europeas en
el Pacífico. Como anota a este respecto J. Pimentel, “una ciencia puesta al
servicio de la política expansiva europea iba a conducir a Cook hasta la misma
orilla de ese gran sueño que por siglos fue la tierra australis incognita”.
Tras
la expedición del capitán Cook, en agosto de 1788 arriba a la costa oriental
de Australia la primera enviada por el Gobierno inglés, compuesta por once navíos
y mil quinientas personas, de las que quinientos cuarenta y ocho hombres y
ciento ochenta y ocho mujeres eran reclusos deportados. El establecimiento de
los ingleses en este continente fue considerado un agravio jurídico por parte
de España y una amenaza militar y comercial para sus posesiones americanas y
oceánicas. Hasta 1790 España no renuncia a los derechos que consideraba le
correspondían por las antiguas bulas pontificias. Al tiempo, organizaba también
su expedición científica y política que partía de Cádiz en julio de 1789
bajo el mando de Alejandro Malaspina, y que tenía como uno de sus objetivos el
de reconociemiento del peso específico que el gran océano estaba desempeñando
en la geoestrategia colonial del momento.
Pocos
años después el destacado naturalista Alejandro von Humboldt, con motivo de su
viaje a América que realiza entre 1799 y 1804, rendía homenaje a la presencia
de España en el Pacífico con estas palabras en las que resalta también los
descubrimientos protagonizados por marinos gallegos de origen:
“...
No se puede negar que bajo los reinados de Carlos Quinto, Felipe II y Felipe
III, los virreyes de Mégico y del Perú promovieron un gran número de empresas
capaces de ilustrar el nombre español. Cabrillo, en 1542, visitó las costas de
Nueva California o de la Nueva Albión, hasta los 37º de latitud. Gali, extraviándose
al norte, a su regreso de la China á las costas de Mégico, descubrió en 1582
las montañas de la Nueva Cornualles, cubiertas de hielos eternos y situadas
hacia los 57º 30´norte. La expedición de Sebastián Vizcaino reconoció las
costas entre el cabo San Sebastián y el cabo Mendocino.
En 1542, Gaetaño había encontrado algunas islas esparcidas, inmediatas
al grupo de las islas Sandwich: y es indudable que aun este último grupo fue
conocido de los españoles mas de un siglo antes de los viages de Cook, pues la
isla de la Mesa, indicada en un antiguo mapa del galeón de Acapulco, es idéntica
con la isla Owhuhee en la que sobresale la alta montaña de la Mesa o Mauna-Loa.
Mendaña, acompañado de Quirós, descubrió en 1595, el grupo de islas conocido
con el nombre de las Marquesas de Mendoza, o islas de Mendaña, que comprende
San Pedro ú O-Nateya, Santa Cristina, ó Waaitaho, la Dominica ú O-Hivahoa y
la Madalena. A estos mismos intrépidos navegantes debemos el
conocimiento de las islas de santa Cruz de Mendaña, que Cateret ha llamado
islas de la reina Carlota; el archipiélago del Espíritu Santo de Quirós, que
son las Nuevas Ciclades de Bougainville y las Nuevas-Hébridas de Cook; el
archipiélago de las islas de Salomón de Mendaña, que Surville ha llamado las
Arsácides; las islas Dezena (Maitea), Pelegrino (Scylly-Island de Wallis), y
probablemente tambien O-Taití (la
Sagitaria de Quirós), que todas tres hacen parte del grupo de las islas de la
Sociedad. ¿Será, pues, justo decir que los españoles han atravesado el grande
océano sin reconocer ninguna tierra, si tenemos presentes la gran masa de
descubiertas que acabamos de citar y que fueron hechas en una época en que el
arte de la navegación y astronomía
náutica estaban muy distantes del grado de perfección que han adquirido en
nuestros días? Vizcaino, Mendaña, Quirós y Sarmiento merecen sin duda ser
colocados al lado de los más ilustres navegantes del siglo décimo octavo”.
PRESENCIA
y REALIZACIONES EN AUSTRALIA de un GALLEGO SINGULAR. ROSENDO SALVADO (1814-19OO)
“Era
Dom Salvado corto de estatura, pero de complexión recia y robusto, como la
nudosa encina de su región nativa, Galicia. Mentalmente poseía la proverbial
vivacidad, prudencia, agudeza y tenacidad de su raza. Toda su conducta denotaba
un espíritu indomable al servicio de una naturaleza de hierro. Brillaban sus
ojos con resplandor y su voz era potente y bien modulada, como otorgada a la vez
para el mando y el canto de las divinas alabanzas”
Dom Eugenio Pérez O.S.B.
Las palabras
anteriores de uno de los más destacados biógrafos de Rosendo Salvado bien
pueden servirnos de presentación de un notable personaje de desbordante
humanidad, con una rica trayectoria vital que proyecta más allá de su
indudable vocación misionera.
Lucas
José Rosendo Salvado i Rotea nació en Tuy (Pontevedra), el 1 de marzo de 1814.
Sus padres, D. Pedro Bernardo y Dna. María Francisca, tenían ya cinco hijos;
tres de ellos serían sacerdotes y uno, de nombre Santos, transcurridos los años
sería también misionero benedictino en Australia por un cierto tiempo, hasta
que las enfermedades le hicieran retornar a España.
Sus primeros estudios
eclesiásticos los inicia, siendo todavía un niño, en el Seminario de su
ciudad natal. Destaca ya, según señalan sus biógrafos, por su afición a las
letras y a las artes, y en especial muestra una temprana predilección por la música,
que de tanta utilidad le sería, después, en su relación con los aborígenes
australianos. A los quince años ingresa en el convento de San Martín Pinario,
monasterio benedictino de Santiago de Compostela. Era el día 24 de julio de
1829. Al año siguiente toma el hábito de los monjes negros y pronuncia sus
primeros votos como fraile benedictino.
A fin de que sus
excepcionales aptitudes musicales no se malograsen, el abad de San Martín
Pinario le propuso a Rosendo Salvado trasladarse al Monasterio de San Juan de
Corias (Asturias) para estudiar bajo la dirección de Fray Juan Copa, el mejor
organista que tenía la Orden Benedictina. Sólo dos años le bastaron para
regresar a San Martín Pinario como organista.
Pero enseguida, a
consecuencia del proceso desamortizador del clero regular que se inicia en España
con la revolución liberal, Fray Rosendo y su hermano Santos, ya monje profeso
en el mismo convento, volvieron a la casa paterna de Tuy y reanudaron de
inmediato sus estudios en el seminario de su ciudad natal. De sus excepcionales
aptitudes musicales se guarda una pequeña muestra en el Archivo Histórico
Diocesano de Tuy donde se conservan arreglos y composiciones propias como
“Fantasía, Variaciones y final para piano-forte” o “Pequeño
entretenimiento con aire de marcha para piano-forte”.
En
1838 embarca en Vigo en dirección a Nápoles, siguiendo así los pasos del que
sería su compañero y hermano de hábito y en el episcopado, Fray José Benito
Serra, y retoma allí el hábito benedictino en el monasterio de la Cava.
A los pocos días de
llegar al Monasterio de la Cava (Nápoles), ya era nombrado profesor de música
y a los tres meses ordenado presbítero, con el cargo de organista. Entra en
contacto con los centros musicales de Italia y en seguida consigue un
excepcional prestigio. Recoge su biógrafo Dom Eugenio Pérez (en La Misión de
los benedictinos españoles en Australia Occidental. 1846-1900) que “nadie que
visitara la capital de las Dos Sicilias, Nápoles, se marchaba sin ir primero a
Cava para admirar la dexteridad del fraile filarmónico y las melodiosas
vibraciones de su instrumento, considerado, no sin razón, como el primero de
Italia”. El 23 de febrero de 1839 se ordenó sacerdote. En ese momento contaba
ya con una sólida formación en geografía, historia natural, medicina y otros
conocimientos de los que hará gala en sus Memorias Históricas sobre la
Australia. Recoge su biógrafo Dom Eugenio Pérez que “destinado en sus
primeros años a los estudios musicales, le dedicó sólo el tiempo
imprescindible a los de filosofía y teología, pero –añade- adquirió todos
los conocimientos que se podían esperar de un obispo misionero”; y haciendo
un balance de la que sería su personalidad, añade: tenía,
sobre todo, amplia experiencia de los hombres y de los asuntos humanos. Una
mente clara y un sentido práctico hacían su conversación agradable, útil,
original y rica en imágenes y símiles. Sus escritos en español, italiano e
inglés, tienen el sello de una poderosa personalidad.
Salvado y Serra consiguen del Vaticano, tras varias tentativas,
autorización para trasladarse a Australia en la misión del reverendo Juan
Brady, vicario general de la diócesis de Swan River desde 1843. El día 8 de
junio de 1845 embarcaron en el vapor “Istria” para iniciar una larga travesía,
que incluía breves estancias previas en Francia e Inglaterra. Desembarcaron en
Marsella, continuando el viaje por tierra a Lyon y París, donde el Padre
Salvado captó numerosos pretendientes entre los benedictinos, pero sólo obtuvo
el consentimiento de embarque el novicio Fray Leandro Fontaine. El 21 de julio
llegaba la expedición a Londres y dos días después partían para el
monasterio benedictino de Downside, a doscientos kilómetros al oeste de la
capital donde perfeccionaron la lengua inglesa.
En el mes de
septiembre de 1845 zarpaba del puerto de Gravesand la fragata Elizabeth con la
expedición misionera dirigida por el obispo Brady hacia Australia. En total
viajaban treinta y ocho personas de las que sólo eran españoles los Padres
Salvado y Serra. El siete de enero de 1846, al anochecer, la Elizabeth llegaba a
la bahía de Fremantle en Australia; al día siguiente volvieron a embarcar para
remontar el río Swan hasta Perth.
Los
misioneros con el obispo Brady al frente decidieron que el mejor método para
iniciar la conversión de los aborígenes era seguirlos en sus desplazamientos.
En cumplimiento de su misión, Rosendo Salvado establecerá rápidamente
contacto con los aborígenes, internándose en el bush (término del inglés
australiano referido al espacio dominado por el desierto y la sabana y no
incorporado a la “civilización”), superando con sus variados recursos la
dificultad inicial que representaba la trashumancia de los nativos en busca de
su maraña, de su alimento. Muchos años después, en su Informe de 1882 escribía
Salvado que los nativos de Australia Occidental se veían “forzados
a llevar una vida nómada porque el país no ofrece árboles ni plantas con
frutos comestibles para la diaria dieta humana y tiene que depender de la caza
para subsistir. Las piezas no son abundantes ni se hallan en zonas definidas,
especialmente cuando las persiguen asiduamente los cazadores. Por eso los aborígenes
son tan nómadas como ellas... Por el mismo motivo no pueden formar comunidades
numerosas; y cada familia se ve obligada a llevar una existencia nómada y
solitaria...”.
Por
consejo del explorador católico capitán Scully (colono irlandés que tanto había
de favorecer al Padre Salvado y a su Misión), Serra y Salvado deciden que el
territorio de Nunga-Dunga es el lugar apropiado para centrar la empresa
evangelizadora; un territorio situado en la región denominada Victoria Plains,
región con un suelo rico y apropiado para el cultivo. Era el uno de marzo de
1846.
El
obispo Brady dividirá la colonia de Swan River, a efectos eclesiásticos de su
diócesis, en tres Misiones: Norte, Sur y Centro, correspondiendo esta última a
los dos benedictinos españoles, asistidos por el novicio Leandro Fontaine y el
postulante irlandés Juan O´Gorman. Este grupo reducido poco después a los dos
españoles por la muerte de sus acompañantes, fue el único que no fracasó en
la empresa encomendada. En los primeros momentos contaron con el apoyo del capitán
Scully que se brindó a transportar alimentos y vituallas hasta el lugar que el
habbía señalado como más
propicio para la Misión.
El domingo día 1 de
marzo, relata Santiago R. Rodríguez en su biografía del fraile benedictino
titulada El Padre salvado. Un gallego civilizador de Australia, publicada en
Madrid en 1944, celebraron los benedictinos su primera misa en el lugar de
Nungadunga, en los campos que iban a misionar. Esta es en cierto modo la fecha
crucial de la Misión de Nueva Nursia, no sólo por la celebración religiosa,
sino por el abandono total en el que quedaron los misioneros. Y señala que
aunque en el padre Serra residía oficialmente la autoridad, “desde el primer
día el padre Salvado fue acatado como caudillo de la Misión”. Años después
(como se puede comprobar en el Informe 1882 que se conserva en Nueva Nursia),
escribiría Salvado relatando esta experiencia: “No teníamos la más mínima idea –ni nadie nos podía ilustrar- de la
vida y costumbres de los aborígenes australianos. Al desembarcar en Australia,
pudimos constatar que las opiniones eran muy variadas entre los colonos
europeos. Llegué pronto a la conclusión de que la mejor manera de realizar
nuestra labor era la de ponernos en contacto directo con ellos en el bush, donde
los males de la civilización europea no habían penetrado todavía”.
El mismo Salvado anota que, para animar a sus compañeros, expresó en
voz alta su plan de actuación que, según sus propias palabras consistiría en:
“Juntaremos los salvajes que encontremos, conviviremos con ellos, llevaremos
su vida nómada hasta que encontremos tierras propicias. Allí les enseñaremos
con nuestro propio ejemplo cómo se labra la tierra y los fijaremos a ella.
Estudiaremos su lengua, sus modales y sus costumbres, y cuando ya seamos tan
“salvajes” como ellos, les hablaremos de Dios y los traeremos al redil de la
Religión, y acaso encontremos en ellos futuros hermanos en el apostolado que
nos ayuden a convertir a sus congéneres. Y una vez puestos los cimientos de la
Misión, ya no precisaremos avanzar más en el bosque ni a través de las
llanuras; tendremos un centro de atracción que obrará como mancha de aceite y,
poco a poco, acudirán las hordas a la fe y al amor de Jesucristo”.