GALICIA-AUSTRALIA

VIEJOS AMIGOS

Mª Rodríguez Galdo  y Abel Losada Álvarez

 

 1. Galicia, un país de viejos emigrantes.

 

2. Gallegos hacia la Terra Australis Incognita.

 

 3. Presencia en Australia de un gallego singular. El Obispo. Fr. Rosendo Salvado.

 

 4. Australia, país de inmigración. Las singularidades de la presencia gallega en la emigración española a Australia.

 

5. Panorámica  actual de las relaciones económicas entre Galicia y Australia.

Este trabajo constituye una aproximación al estudio de las relaciones establecidas entre Galicia y Australia durante un periodo próximo ya a los quinientos años. Se inicia con una presentación de Galicia como país de emigración, una tierra de fuerte tradición marítima y vocación atlántica que proyectará también su presencia en las expediciones promovidas por la Corona española través del Pacífico 

 

Un segundo  apartado se dedica a   la acción de marinos y navegantes gallegos adentrados en el Pacífico en busca de tierras ignoradas para los europeos de su tiempo y  particularmente la llegada   de  la nave San Lesmes, que había salido de A Coruña en un lejano 24 de julio de 1525,  Se continúa posteriomente  con el estudio de la presencia y realizaciones de un gallego singular, como fue Rosendo Salvado, en aquella tierra austral, para, tras una presentación de Australia como país de inmigración, centrarse, en las singularidades de la presencia gallega dentro de la emigración española a aquel continente .En las últimas páginas se ofrece una panorámica de las actuales relaciones entre Australia y la comunidad Autónoma de Galicia.

Se impone  una reflexión sobre los lazos que unieron a los habitantes de un viejo país como Galicia, con gentes de una tierra considerada incognita por mucho tiempo para los europeos; de una tierra intuida en mapas y representaciones; avistada por hijos de Galicia en un ya muy lejano siglo XVI; y depositaria en exclusiva, hasta muy avanzado el siglo XVIII, de una cultura ancestral, que otro hijo singular de Galicia como Rosendo Salvado (imbuido de ideales de cristianización y de valores civilizadores propios de su época), sabrá con todo apreciar, comprender y contribuir a dar a conocer al mundo de la cultura occidental en el siglo XIX. Partíamos del conocimiento de los procesos históricos que llevaron al establecimiento de relaciones, que bajo distintas formas, correspondientes a períodos históricos también diferentes, se extienden por un tiempo que se acerca a los casi míticos quinientos años.

 

Esta investigación se beneficia, de algunas ya publicadas, como las de Amancio Ladín y otros autores señalados a lo largo del texto y de más aportaciones entre las que destacan las realizadas por Vicente Peña Saavedra y Pilar Freire Esparís, con quienes tuvimos la oportunidad de discutir, durante un tiempo aspectos de este trabajo elaborando el material para la exposición Inaugurada en Sydney en Abril de 1999

GALICIA, UN PAÍS DE VIEJOS EMIGRANTES

 

El territorio que actualmente denominamos Galicia, la tierra más occidental del Continente europeo, la vieja Finis Terrae de los romanos, constituyó hasta bien avanzada la Alta Edad Media un foco de atracción de sucesivas olas humanas que procedentes del Norte y el Centro de Europa, del resto de la península y del continente africano se fueron asentando en su espacio geográfico y modelando la personalidad étnica de un pueblo. En los siglos finales del quinto milenio antes de Cristo, al tiempo que se estaba produciendo la muy lenta implantación de la primera sociedad campesina, emerge el fenómeno megalítico, caracterizado en el aspecto arquitectónico por sus complejos funerarios, que se mantendrá en plena vigencia hasta finales del tercer milenio. Se abre ahora el tiempo del llamado Grupo galaico de arte rupestre al aire libre, los petroglifos galaicos que muestran unas características marcadamente propias. En la introducción de los siglos X a. C. se sitúa la génesis, lenta e irregular pero definitiva, de la cultura castreña, con lo que ésta significa de progresiva sedentarización de la población. Se puede afirmar que el mundo castreño supone la primera y definitiva fijación conocida de la población galaica al territorio.

 

Sobre el sedimento vivo y protohistórico de la cultura de los castros se superpuso la romanización, que se inicia con la primera presencia de las tropas de Roma allá por el año 137 a. C. Nace la nueva Gallaecia, en la que la partir del año 409-10 irrumpirán los suevos instalándose en la antigua provincia romana y creando un reino independiente hasta su incorporación al reino visigodo. A lo largo del tiempo arribaron hasta las costas gallegas los bretones, que ya aparecen documentados en el siglo VI, más tarde los musulmanes (s. VIII) y tras  ellos los normandos (s. IX). Pero esta tendencia a ser tierras de aluvión humano comienza a quebrarse ya en el ecuador de la Alta Edad Media (s. VIII), período en el que es posible documentar la salida de gente del país hacia otros territorios intrapeninsulares. Comienza así a tomar cuerpo, de forma incipiente pero en lo sucesivo ya ininterrumpida, una corriente traslativa hacia el exterior que se irá intensificando y consolidando con el paso de los años hasta alcanzar insospechadas dimensiones al llegar a la contemporaneidad.

 

Del medioevo arranca el primer ciclo de la emigración gallega, que por el destino de sus efectivos humanos recibirá el nombre de peninsular. Comprende cuando menos hasta bien avanzado el siglo XIX e incluso pervive en el XX, aunque registrando variaciones y desfases intraterritoriales. Tres son los destinos predominantes de los emigrantes gallegos en este primer ciclo, Castilla, Andalucía y Portugal por orden de importancia y prelación cronológica. Y dos las variantes que presenta: una de carácter estacional o golondrina, en consonancia con el ciclo agrario, y otra de duración más demorada, sin llegar habitualmente a convertirse en definitiva. Aquella con dirección fundamentalmente a los asentamientos rurales para realizar tareas agrícolas, y ésta con destino a núcleos urbanos para desempeñar oficios que no requerían cualificación.

 

El segundo ciclo, conocido como transoceánico o americano en razón del destino mayoritario de los que se ausentan, comprenderá desde, por lo menos, finales del siglo XVIII hasta el final de la década de los cincuenta o el comienzo de los sesenta de la actual centuria.

 

Y el tercer ciclo lleva el rótulo de continental o europeo, siendo el más corto de todos ellos pero también el más torrencial, extendiéndose desde los años sesenta hasta el ecuador de los setenta, también de este siglo. Este coexiste con la emigración a las áreas más industrializadas de España (Madrid, Cataluña, País Vasco).

 

Esta etapificación del fenómeno migratorio en Galicia, que se establece atendiendo a la dirección mayoritaria de sus flujos demográficos, no puede inducirnos a ignorar, sin embargo, la participación de los gallegos en la carrera de Indias desde su nacimiento, sino más bien a relativizar  su presencia.

 

 

De hecho, se puede afirmar y acreditar de modo documental que desde los primeros viajes de Cristóbal Colón y la inmediata conquista y colonización de América, Galicia estuvo presente en aquel continente. Pero esa presencia en los primeros tiempos fue más bien modesta, o casi diríamos que tan sólo testimonial. Así nos lo confirman los datos recabados de diversas fuentes demográficas por el hispanista Boyd-Bowman y los extraídos de los Libros de Asiento de Pasajeros de la Casa de Contratación de Sevilla. Del Índice elaborado por Boyd-Bowman se desprende que de los cinco mil cuatrocientos ochenta y un colonizadores que partieron de España con destino a Indias entre los años 1493 y 1519 únicamente ciento once eran de origen gallego; esto es un 2,02% del total. Mientras, por ejemplo, los andaluces tenían una representación do 39,63% y los castellanos en su conjunto alcanzaban el 26,82%. Menor es aún el cupo relativo de los gallegos en las dos décadas siguientes (1520-1539), ya que desciende al 1,45%. Y en las dos posteriores apenas se acerca al 0,8%. Globalmente para todo el siglo XVI, la cifra de los pobladores gallegos se sitúa en seiscientos sesenta y siete; su cota no supera la tasa del 1,25%. A su vez, en el Catálogo de Pasajeros la Indias, de un total de 36.568 registros conocidos para el intervalo de 1509 a 1599 sólo trescientos setenta y cinco aparecen identificados como gallegos; es decir, un 1,02%. Cabe matizar, no obstante, que se carece de información referente a los pasajeros de varios años y que además una parte muy considerable de los inscritos figura en los asentamientos sin procedencia conocida. Al mismo tiempo, ambas lagunas informativas imposibilitan determinar el volumen exacto o cuando menos aproximado del contingente de gallegos que en estas fechas aurorales hizo la travesía. Así y todo, combinando los datos que ofrece Boyd-Bowman y los procedentes de la Casa de Contratación hispalense, José Luis Ante Felez estima en ochocientos treinta y ocho el número de gallegos que pasaron a Indias entre 1493 y 1599, lo que vendría a significar un 1,61% del total de emigrantes peninsulares en el citado período. Al margen de este cómputo quedarían aún los que se ausentaban clandestinamente, que podrían representar el triple de los emigrantes registrados. Aún aceptando esta generosa que no inverosímil hipótesis, Anta Felez considera que la emigración real de Galicia a América en la primera centuria tras el Descubrimiento no debió superar el 3,8% del monto peninsular.

 

Las cifras anteriores, incluso las más  abultadas y optimistas, corroboran la debilidad de los flujos migratorios gallegos al Nuevo Mundo en su etapa inicial. Especialmentesi se compara con la participación de los habitantes de otras áreas territoriales de España en las expediciones del momento –sobre todo Andalucía, Extremadura y Castilla- y más aún con la propia presencia hegemónica de Galicia en la corriente tres siglos más tarde. Con todo, no conviene olvidar que una de las naos Colombinas, capitana del Descubrimiento – la Santa María o La Gallega-, se había construido en astilleros gallegos y tras el embarrancamiento de la misma con sus restos se erigió el Fuerte de la Navidad, primer asentamiento español en América. También cabe mencionar que el puerto gallego de Baiona fue el primero de la península en tener conocimiento del Nuevo Mundo por causa de la arribada a esta villa de la carabela Pinta capitaneada por Martín Alonso Pinzón. Y merece ser resaltado que en el segundo viaje de Colón acompaña al Almirante el noiés Sebastián de Ocampo, que hizo la primera medición de la isla de Cuba en 1508. Como veremos,  la participación de los gallegos en las expediciones del Atlántico y el Pacífico Sur fue destacada y merece otro capítulo

Además de las modestas magnitudes que exhibe la corriente gallega transoceánica en esta primera hora, hay dos hitos institucionales que merecen ser subrayados en lo tocante a las relaciones entre Galicia y América en el transcurso del siglo XVI. El primero es la instalación en 1522 de la Casa de Contratación de la Especiería en la ciudad portuaria más importante de Galicia, A Coruña, con el objetivo prioritario de encontrar una nueva ruta occidental a las islas Molucas. Parte la primera expedición con rumbo á América Septentrional en marzo de 1525. Los resultados de la misma en la esfera económica fueron inapreciables, pero desde el punto de vista geográfico, valiosos e interesantes puesto que permitió cartografiar la franja costera entre Terranova y Florida. De A Coruña salieron aún otras tres expediciones que al cabo resultaron accidentadas y parcialmente fallidas. Especial relevancia reviste la segunda expedición capitaneada por García Jofre de Loaysa. De las cinco naves iniciales  que habían partido  de A Coruña tan sólo una, la Santa María de la Victoria, llega hasta las islas Molucas, mientras que la San Lesmes, desviada de la flota que logra pasar el Estrecho de Magallanes, protagoniza el episodio singular de arribar a las costas australianas.

 

La Casa de Contratación coruñesa tuvo una vida muy efímera, al renunciar el rey español Carlos I a las Molucas a beneficio de los portugueses por el Tratado de Zaragoza de 1529.

 

Y el segundo hito es la autorización para el comercio indiano de los puertos de la ciudad herculina (A Coruña) y de Baiona en 1529 –junto a otros seis puertos de la Corona-, privilegio que estuvo en vigor hasta el año 1573, lo que posibilitaba mantener legalmente relaciones mercantiles con el Nuevo Continente y abría una vía más accesible para el traslado de emigrantes hacia América; esto último al menos hasta 1561, en que se prohibió de forma explícita el traslado de pasajeros. Sin embargo, no hay constancia expresa de que se haya  hecho uso de la licencia otorgada.

 

Poco sabemos de la presencia de los gallegos en Filipinas, pero sí de la labor desarrollada en aquellas tierras por el gobernador Gómez Pérez das Mariñas, que principia su mandato en 1590 y lo termina con su trágica muerte en 1593.

 

En cuanto al siglo XVII, las referencias acerca de los gallegos que cruzaron el Atlántico son aún mucho más fragmentarias e imprecisas, con lo que resulta imposible aventurar cifras siquiera estimativas de los flujos migratorios transoceánicos durante esta centuria. De todos modos no existen indicios que evidencien ni que permitan divisar mutaciones significativas en cuanto a las magnitudes de la dinámica migratoria transoceánica respecto al siglo anterior. Se aprecian, en cambio, variaciones cualitativas que afectan a la composición interna del contingente humano desplazado, pues, como ya anticipó en su día Luisa Cuesta (1932) en un trabajo pionero sobre la materia, “en el siglo XVII, ya no son los gallegos que cruzan el Atlántico pobres emigrantes, anónimos casi siempre, sino que se trata de una cruzada espiritual de la civilización”. Y añade: “Se pide a las Universidades gentes notables en Ciencias y Santidad, para enviarlas en peregrinación de cultura a regir los Obispados y las Audiencias de Indias”.

 

Efectivamente, revisando la nómina parcial de los gallegos identificados que pasaron a Indias y residieron allí durante esta centuria se constata la presencia de cinco virreyes: García Sarmiento de Sotomayor, Diego Osorio y Escobar, José Sarmiento de Valladares,  Gaspar de Zúñiga y Acevedo, y Pedro Antonio Fernández de Castro y Andrade (los tres primeros ostentaron el Virreinato de Nueva España, y el primero y los dos últimos, el de Perú), frente a sólo uno (Gaspar Zúñiga y Acevedo, virrey de Nueva España) en el siglo anterior y tres en el siguiente (José Antonio de Mendoza Caamaño y Sotomayor –Perú-, Pedro de Castro y Figueroa –Nueva España-, Francisco Gil de Taboada y Lemos –Nueva Granada y luego Perú-). Sin salir del diecisiete, procedían también de Galicia ocho prelados (Diego Evelino de Compostela, Mateo Segade y Bugueiro, Diego Osorio de Escobar y Llamas, Francisco de Aguiar y Seijas, fray Sebastián de Ocando, fray Francisco de Sotomayor, Alonso de la Peña Rivas y Montenegro, y Sancho de Figueroa y Andrade) y numerosos altos cargos funcionariales (gobernadores, capitanes generales, oidores, juristas, fiscales, alcaldes, oficiales reales, corregidores, etc.) designados por la Corona y que sin duda desarrollaron una acción influyente en la remodelación de la sociedad receptora. Así y todo, lo que más llama la atención es la nutrida nómina de clérigos, misioneros y frailes de diversas congregaciones religiosas (con los franciscanos a la cabeza) que hicieron la travesía desde Galicia a tierras americanas. Los eclesiásticos configuraron el grupo estamental mayoritario en esta fase del proceso colonizador, imprimiéndole al mismo el carácter de cruzada espiritual y cultural. Este hecho, con independencia de sus implicaciones de todo signo para la población indígena, tuvo también importantes contrapartidas de tipo positivo para los residentes en la metrópoli, pues revertió en beneficio de las propias órdenes religiosas y de otras instituciones radicadas en Galicia a las que los miembros de aquellas se encontraban vinculados. No es casual que de este siglo daten precisamente las primeras remesas escolares debidas a la iniciativa de los indianos gallegos, y que muchos de estos indianos precursores pertenezcan al clero o estén relacionados de una manera muy estrecha con él, como permite inferir el destino que le confieren sus aportes.

 

Durante el siglo XVIII la emigración intrapeninsular de tipo estacional o de estadía intermedia, con dirección a Castilla, Andalucía y Portugal, continúa ostentando una clara hegemonía en Galicia frente a la variante transoceánica, que, al menos en la primera mitad de esa centuria, presentaba aún perfiles de corriente débil y minoritaria. No obstante, en el transcurso de este siglo y singularmente en el recorrido do su último tercio los flujos demográficos ultramarinos de extracción popular experimentaron una notoria intensificación, mostrando por vez primera riesgos de incipiente torrencialidad como tímido preludio de su configuración ulterior en forma de éxodo masivo. Esta densificación y reorientación de la corriente quizás tenga que ver con las crisis agrarias de finales del siglo y de mediados del XIX, y con los desajustes entre los recursos agrarios existentes y la población que de ellos vivía. El transvase humano a Indias adopta además una nueva modalidad, complementaria de la vigente hasta esos momentos de carácter fundamentalmente individual. Se trata de una emigración bajo la variante de desplazamiento colectivo y tutelado, con fines repobladores y a instancias del Estado. Esta nueva modalidad migratoria encuentra su expresión más palmaria en las Expediciones de Familias organizadas y promovidas por la Administración Colonial para poblar las regiones desiertas y hasta inhóspitas del Río de la Plata, con el doble propósito de neutralizar la expansión de los portugueses por aquellos territorios y evitar las incursiones del enemigo francés e inglés.

 

La primera expedición de esta naturaleza –que al cabo resultó fallida para los gallegos- data de 1725. Pero será hacia finales de la década de los 70 cuando la iniciativa alcance su punto más álgido, saliendo del puerto de A Coruña hasta doce expediciones entre los años 1778 y 1784. De todas ellas, la que mayor resonancia historiográfica alcanzó fue la datada en 1778, que tenía como destino previsto la Patagonia, si bien finalmente la mayoría de los pasajeros recaló en tierras del Uruguay y en los alrededores de Buenos Aires, esparciéndose sus componentes por diversas villas y aldeas, abandonados a su suerte, víctimas del fracaso de la experiencia y sumergidos en el más absoluto desamparo. En las doce expediciones salidas de A Coruña participaron mil novecientas cincuenta y seis personas, arribando a Montevideo mil novecientas veintiuna; quinientos diecisiete de los embarcados eran originarios de Galicia. Como se puede apreciar, la empresa tuvo muy tímida acogida entre los gallegos, poco acostumbrados y aún nada proclives a la emigración familiar con perspectivas de asentamiento definitivo fuera de su solar natal.

 

Asimismo, cabe añadir que las relaciones entre Galicia y el Nuevo Continente se afianzaron a lo largo de la segunda mitad del siglo de las Luces a causa de la concesión a la ciudad herculina, en 1764, del monopolio de los Correos Marítimos con las Indias, compartiéndolo con Cádiz (Andalucía). La materialización de esta prerrogativa contribuyó a crear un fluido intercambio mercantil entre el puerto coruñés y los del Río de la Plata y Nueva España principalmente. El hecho tendría crucial importancia para el despegue comercial y marítimo de A Coruña y también para una relativa dinamización económica de toda la comunidad gallega, que por esta vía quedaba introducida en la red del tráfico colonial. La empresa tuvo corta duración puesto que apenas superó los tres lustros en régimen de monopolio (1764-1778) y, si bien franqueó ampliamente el cambio de siglo en régimen de comercio libre (1778-1818), lo hizo ya en el marco de una conyuntura de aguda e insolventable crisis. Con posterioridad al de A Coruña, otros puertos gallegos fueron habilitados para comerciar con América: el de Vigo en 1773 de forma restrictiva con las Antillas y a partir de 1783 de forma libre, y el de Ferrol en 1785.

 

La continuidad de la corriente migratoria ordinaria de carácter popular, tanto controlada como clandestina; su reforzamiento con las expediciones de familias, y la reapertura del comercio colonial directo entre Galicia y América, junto a otras circunstancias como los reclutamientos militares para engrosar el ejército español con destino a Indias, hicieron posible el incremento de la presencia humana gallega en diversas regiones del Nuevo Continente durante el XVIII. Pruebas de esto y de la conciencia diferencial y solidaria que gradualmente van adquiriendo los ausentes radicados en el exterior son las colectividades que de forma sucesiva constituyen en sus principales asentamientos. La Real Congregación del Apóstol Santiago de los naturales y originarios del Reino de Galicia con sede en México fue la primera en tomar cuerpo, quedando aprobadas sus Constituciones por cédula del monarca datada el 6 de febrero de 1768. En 1790 se funda en Buenos Aires otra congregación homóloga. Y en los años de tránsito entre siglos emergerán nuevas réplicas de estas corporaciones en otras latitudes de la América continental e insular. Con la implantación de estas entidades se inicia la protohistoria del asociacionismo gallego en América, un fenómeno de extraordinaria significación por sus realizaciones e implicaciones de todo tipo, con gran proyección en los dos espacios territoriales de la Galicia escindida, como ha corroborado la investigación reciente.

 

La primera mitad (o el primer tercio) del siglo XIX representa un período de transición entre la etapa configurativa de los movimientos migratorios ultramarinos de raíz popular (que ni tan siquiera la constitución de las nuevas repúblicas americanas logró cortar) y la etapa del éxodo transoceánico masivo. Durante esta secuencia cronológica se consolida de manera definitiva la dirección exterior de la corriente, que en su destino americano registra cada vez mayor densidad. Así y todo, los lustros aurorales de la centuria difieren de los más próximos a su ecuador. El proceso independentista que se gestó y consumió en los primeros y las convulsiones sociales que provocó el mismo, crearon unas condiciones muy poco apropiadas para la entrada y el asentamiento en los países en vías de emancipación. Esto contribuyó a mitigar temporalmente –que no a neutralizar- el caudal migratorio, si bien es cierto que los territorios que permanecieron bajo dominio español hasta 1898 continuaron absorbiendo parte de los excedentes demográficos peninsulares. Superada la coyuntura adversa del primer tercio de siglo, la emigración vuelve a recuperar la fluidez de tiempos anteriores. Tampoco resultaron eficaces las prescripciones antiemigracionistas promulgadas por el Gobierno español. Antes bien, propiciaron una emigración clandestina y oficialmente incontrolada alrededor de la cual fue naciendo un fraudulento y lucrativo negocio de tráfico de recursos humanos, de nefastas consecuencias para muchos que huyendo de la necesidad o de la miseria se embarcaban en busca de tierras de promisión y limpios horizontes para labrar su porvenir. Quizás sea este el período más lúgubre, truculento y escabroso en los anales de la emigración más allá del mar, por los abusos, vejaciones y engaños que sufrieron sus protagonistas, previos a su partida, durante la travesía y una vez arribados a las costas americanas.

 

Termina así un ciclo de larga duración que sirve de dilatado prefacio a otro mucho más corto en número de años, pero también mucho más torrencial y de muy superior transcendencia en la historia de las relaciones gallegas de base con el resto del mundo.

 

Se viene invocando el año 1853 como frontera legal que, no tal vez, real divisoria entre las dos etapas por las que transitó la corriente migratoria de Galicia hacia el Continente americano. La etapa que ahora comienza difiere en parte de la anterior –al menos de su primer tramo- y sus características más destacables podrían quedar condensadas en los siguientes enunciados:

 

-La emigración adquiere ya proporciones de masividad, movilizando en Galicia un contingente de efectivos humanos superior al de fases precedentes. La magnitud del fenómeno irá confiriendo la categoría de éxodo, al afectar directa o tangencialmente a todo un pueblo y no ya sólo a un segmento del mismo.

 

-La variante migratoria exterior predomina de forma manifiesta sobre la intrapeninsular, y la modalidad transoceánica sobre cualquiera otra.

 

-Las autoridades españolas derogan la prohibición de emigrar, atenúan gradualmente las restricciones para ausentarse e incluso fomentan las salidas del país.

 

-Los gobernantes iberoamericanos, inspirados en el lema del presidente argentino J. B. Alberdi “gobernar es poblar”, desarrollan una política inmigratoria de atracción de población blanca, e incentivan a los europeos que se dirigen hacia sus territorios.

 

La magnitud del fenómeno queda patente de manera diáfana en las cifras que presenta, tanto en términos de saldos netos como de salidas brutas. Entre 1861 y 1930 Galicia pierde definitivamente por la vía del éxodo más de setecientas cuarenta mil personas, lo que viene a representar un 41% de los censados en 1860 y un 33% de los inscritos en el censo de 1930. Y entre 1931 y 1960 la pérdida se estima en unas doscientas ochenta y ocho mil. Un drenaje, pues, muy ostensible de su potencial demográfico, sobre todo si tenemos en cuenta que Galicia tenía una población de un millón setecientos noventa y nueve mil doscientos veinticuatro habitantes en 1860 y de dos millones doscientos treinta mil doscientos ochenta y uno en 1930. Pero este cómputo, ya de por sí muy abultado, resulta sin embargo muy inferior a la suma total de los que se ausentaron del país entre 1861 y 1930: más de un millón seiscientas once mil personas, o, lo que es lo mismo, teóricamente uno de cada dos gallegos, lo que viene a representar un 38% de la emigración española en este intervalo. Para la etapa siguiente (1931-1960) las salidas del país se cifran en unas trescientas treinta y siete mil. En un balance totalizador, se puede fijar en más de dos millones el número de emigrantes salidos de Galicia entre 1836 y 1960 de los cinco millones trescientos mil que partieron de todo el territorio español. Si también tenemos en cuenta que la población gallega no suponía más del 10% de la española, nos daremos cuenta de la elevada cuota de participación de Galicia en el éxodo peninsular durante estos años, lo que la sitúa en términos comparativos entre las regiones más fuertemente expulsivas del conjunto europeo. Todo un pueblo, pues, se vio involucrado de uno o de otro modo en la experiencia o cuando menos directamente afectado por ella y por sus múltiples consecuencias inmediatas y diferidas. Por eso no resulta hiperbólico afirmar que el éxodo impregnó hasta lo más hondo el tejido social del país gallego, llegando a convertirse en un componente sustancial de la propia idiosincrasia de sus gentes, con incidencia en todas las esferas de la comunidad gallega.

 

Si hasta los años centrales del siglo XIX el destino mayoritario de los emigrantes gallegos había sido el interior de la propia península, a partir de entonces América toma el relevo, atrayendo en la década de los sesenta a cerca del 50% de los que emigran, y hacia finales de la centuria a un 85% de los que emprenden el itinerario del éxodo. Los enclaves de asentamiento de esta población emigrante fueron, por orden de preferencia y magnitud, Cuba, Argentina y Brasil durante el XIX, mientras que en el primer tercio del XX Argentina pasa a ostentar la primera posición, seguida a considerable distancia por Cuba y más aún por Brasil y Uruguay. Tras la Guerra Civil española de 1936-39 dos nuevos destinos se incorporan como focos de atracción de los gallegos expatriados: México y Venezuela, rivalizando este último país con Argentina en su capacidad atractiva desde el fin de la II Guerra Mundial hasta la década de los sesenta en que da comienzo el denominado ciclo europeo; compitiendo con la fuerte atracción que ejercen los núcleos españoles que lideran el llamado desarrollismo de estos años.

 

En esta etapa comienza la emigración gallega a Australia, constituyendo un capítulo de la emigración española a aquel continente.

 

GALLEGOS HACIA  LA TERRA AUSTRALIS INCÓGNITA

 

 

Los años finales del siglo XV señalan el inicio de la etapa de las exploraciones marítimas desde Europa, que van a suponer la expansión ultramarina de los habitantes del Viejo Mundo, lanzados al que para ellos representará el descubrimiento y colonización de nuevas tierras. Hasta bien avanzado el XVIII el protagonismo de esta aventura le corresponderá, casi en exclusiva, a las monarquías española y portuguesa, si bien en el caso de esta última se verá suplantada por Holanda a lo largo del XVII. Después, Inglaterra emergerá como la incuestionable potencia colonial en los mares.

 

Si bien desde los inicios mismo del siglo XV los portugueses habían venido buscando rutas alternas para el comercio de las especias (que les permitieran romper el monopolio de los intermediarios venecianos y genoveses, y evitar los excesivos impuestos cobrados por el Imperio Otomano que controlaba las rutas terrestres y marítimas del Mediterráneo), no será hasta 1498 cuando lleguen al emporio de las especias en el noroeste de la India, después de circunnavegar las costas africanas y unir las vías marítimas tradicionales de los mercaderes musulmanes en el océano Índico.

 

Por su parte, los españoles no entraron hasta 1492 en la carrera para llegar al Este asiático. Los descubrimientos de Cristóbal Colón y la nueva ruta del Atlántico les iba a permitir adelantarse a los portugueses en la apertura de otras vías marítimas. Pero Colón, en contra de lo que se esperaba, no se encontró con el ansiado Cipango, sino con un mundo entonces inimaginado: el continente americano. En 1513 Vasco Núñez de Balboa, tras cruzar el istmo de Panamá, da con el océano Pacífico, que él bautiza como Mar del Sur. De este modo, España, en palabras de Carlos Prieto, se convertirá “en la nación que poco después de atravesar el Atlántico y descubrir y empezar a poblar un Nuevo Mundo, descubre, recorre y mide la más grande cuenca oceánica del globo, ensanchando geográfica y culturalmente las dimensiones del mundo”.

 

España no dejará de insistir en su intento de alcanzar las islas de la especiería. La expedición capitaneada por Fernando de Magallanes, a quien tras su muerte en la isla filipina de Mactán sucede en el mando Juan Sebastián Elcano, y que  había salido del puerto andaluz de San Lúcar de Barrameda en 1519 con cinco naves y doscientos cincuenta y siete hombres, arriba a las Islas de las Especias por el Oeste. Rodea América, donde descubre el estrecho que lleva su nombre, y se convierte en el primer navegante europeo en llegar por barco al otro océano que bautizará como Pacífico por comparación con el tormentoso Atlántico. A Juan Sebastían Elcano le corresponde la honra de ser el primero en circunnavegar el mundo, cerrando el circuito en septiembre de 1522 cuando arriba de nuevo a las costas de San Lúcar con una sola nave la Victoria.

 

El descubrimiento de una nueva ruta occidental a las Molucas tendrá otra importante consecuencia: el establecimiento de la Casa de Contratación de la Especiería en  A Coruña. Se escoge  esta ciudad gallega, al decir de F. López de Gomara en su Historia General de las Indias, en razón “de ser muy buen puerto, conveniente para la vuelta de Indias, y cercano a Flandes, para la contratación de las especies con los alemanes y hombres más septentrionales”.

 

Los españoles que circunnavegaron por primera vez el globo, como recuerda el investigador pontevedrés Amancio Landín, ignoraban las dimensiones reales del océano descubierto siete años antes por Vasco Núñez de Balboa. Desconocían igualmente los regímenes de vientos y corrientes de aquella vastedad marina, así como la existencia de grandes zonas sembradas de fondos coralíferos y de atolones orlados por peligrosas barreras madrepóricas. Estaban ajenos a las graves dificultades del regreso al Nuevo Mundo, sólo superadas tras el descubrimiento del tornaviaje por Andrés de Urdaneta en 1565, hallazgo de especial importancia pues inaugura la línea de navegación mercantil de mayor persistencia en el mundo, conocida en México como nao de la China o galeón de Manila, y como nao de Acapulco en Filipinas.

 

La pobreza de instrumentos náuticos en aquellos tiempos era sólo comparable a su excepcional olfato marino. Es bien sabido que la determinación de la longitud geográfica requeriría la utilización del reloj marino o cronómetro perfeccionado, que no aparece hasta el siglo XVIII; sin embargo, valiéndose de rudimentarios astrolabios, cuadrantes o ballestillas, calculaban la latitud con sorprendente precisión.

 

Como continúa A. Landín, para tener una ligera idea del dinámico entusiasmo con que España afrontó la exploración del Pacífico, en la zona comprendida entre las latitudes de los 40º al Norte y al Sur de la línea equinoccial, bastará con recordar que en tan sólo los ochenta y seis años que van desde la expedición de Magallanes a la última de Fernández de Quirós quedan descubiertos para Europa la mayor parte de los grandes archipiélagos de Oceanía. No se detendrá aquí el empeño español por tomarle las medidas al inacabable océano, pero la simple enunciación del hecho en los ocho primeros decenios nos da una idea cabal de la magnitud de aquella tarea, no pocas veces silenciada por razones de Estado, lo que llevó a que muchos de los memoriales realizados hayan permanecido arrumbados en el Archivo de Indias de Sevilla. Con todo, entre 1520 y 1607 las cartas náuticas de nuestros navegantes se enriquecen de islas  correspondientes a los archipiélagos  hoy llamados de Bonin, Volcano, Filipinas, Palaos, Marianas, Carolinas, Marshall, Gilbert, Ellice, Galápagos, Revillagigedo, Juan Fernández, Salomón, Santa Cruz, Nuevas Hébridas, Marquesas, Tuamotu, varios próximos a Nueva Guinea y Australia, y posiblemente el mismo de Hawai. No sin razón puede admitirse la hipérbole de que el más grande de los océanos se  había convertido en el lago español.

 

Galicia, uno de los reinos que conforman la Corona de Castilla en los inicios de la Edad Moderna, contaba con una bien acendrada tradición marinera y Atlántica, como se iba a reflejar una vez más en los descubrimientos protagonizados por sus hijos en los Mares del Sur en el siglo XVI, y que continuarán, a un ritmo menor ya, hasta bien entrado el XVIII.

 

Cabe destacar desde los primeros momentos de las exploraciones oceánicas la presencia de navegantes de origen gallego, que desempeñarán un importante papel. Así, las primeras participaciones de gallegos en las exploraciones en los Mares del Sur vienen dadas por la presencia de personas de este origen en las exploraciones realizadas por los portugueses que, tras cruzar el cabo de Hornos, los llevarían en un primer momento a las costas de la península índica y luego a las Indias orientales.

 

Entre esos gallegos es de justicia destacar a Juan da Nova, descendiente de una familia hidalga que acabó estableciéndose en Lisboa, por lo que es apodado El Gallego. Se desconoce su procedencia concreta, aunque A. Landín señala como su posible lugar de origen la ciudad de Pontevedra.

 

El 4 de marzo de 1501 Juan da Nova embarca en el puerto de Lisboa como capitán mayor al frente de una flota de cuatro naves. Después de una primera travesía a Brasil, vuelve a cruzar el Atlántico hacia la costa africana, donde descubre la actual isla de Ascensión, a la que llama de la Concepción. Después de salvar Hornos se dirige a la costa  de la India, donde funda (en la localidad de Cananore, provincia de Madrás) una nueva factoría portuguesa. En el viaje de regreso al puerto lisboeta descubre en la costa atlántica africana la isla de Santa Helena.

 

En 1505 Juan da Nova vuelve a embarcar. En esta ocasión en la flota capitaneada por Francisco de Almeida, primer virrey de la India portuguesa. Durante esta travesía se descubren las islas de Ceilán y Maldivas y participa activamente en la exploración de las costas de Madagascar, dándole su nombre a una isla situada en el canal malgache.

 

La presencia gallega en las expediciones castellanas por el Océano Pacífico se remonta a una fecha tan temprana como el viaje de circunnavegación del mundo, capitaneado por Fernando de Magallanes. La participación gallega en esta nueva aventura protagonizada por doscientos sesenta y cinco hombres viene de la mano de marineros como Antón de Noia, Luís de Veas, Vasco Gómez, Juan Gallego, Luis de Avendaño, Rodrigo Nieto, Vasco Gallego, Pedro Gallego, Rodrigo Gallego y un largo etcétera. El 10 de agosto de 1519 la escuadra formada por cinco naves (Trinidad, San Antonio, Concepción, Victoria y Santiago) sale del puerto de Sevilla, y tras hacer varias escalas en las Canarias, Cabo Verde y Río de Janeiro, descubre un paso en el extremo meridional del continente americano,  que será conocido como Estrecho de Magallanes. En su viaje por el nuevo océano hay numerosas deserciones e intentos de rebelión. Por fin los expedicionarios logran arribar a las islas Filipinas y en una de éstas, Mactán, muere Magallanes tras un enfrentamiento con los indígenas. El número de naves queda reducida a dos: la Victoria, capitaneada por Elcano, y la Trinidad, bajo las órdenes de Gonzalo Gómez de Espinosa. La primera de ellas continúa la ruta inicial prevista por Magallanes: recala en las Molucas, donde embarca clavo, canela, sándalo y nuez moscada, cruza el Índico y circunnavega Africa, llegando al puerto de Sanlúcar el 6 de septiembre de 1522, con dieciocho marinos a bordo, uno de los cuales, Diego Gallego, es vecino de Baiona (localidad de la provincia gallega de Pontevedra).

 

La otra nave, la Trinidad, en mal estado y ante la imposibilidad de seguir a la capitana, trata en un primer momento de regresar a América cruzando de nuevo el Pacífico, pero ante el fracaso en este intento se limita a realizar desde la isla de Tidore una serie de viajes que permitirán descubrir nuevas islas pertenecientes a los archipiélagos de las Palao y de las Marianas, como las Doi y Morotai, y la de Sonsorol. Entre los tripulantes de este navío figura Gonzalo de Vigo o Gonzalo Álvarez, el cual va a desertar junto a dos compañeros en una de las Marianas, probablemente Maug. En ella permanecen hasta que son encontrados por la nave Santa María de la Victoria, integrante de la expedición de García Jofre de Loaysa a las Molucas. Después de embarcar en ésta, los tres se trasladan a Tidore, donde Gonzalo de Vigo prestará servicio como intérprete. El destacado marino y cronista de este periplo, Andrés de Urdaneta, relata que “un gallego que se llamaba Gonzalo de Vigo, que quedó en estas islas con otros dos compañeros de la nao de Espinosa, los otros dos muriendo, quedó él vivo, el cual vino luego a la nao e nos aprovechó mucho, porque sabía la lengua de las islas”.

 

Pero, sin duda alguna, el principal vínculo de Galicia con el Océano Pacífico vendrá dado por la instalación en la ciudad de A Coruña de la Casa de Contratación de la Especiería, creada por la Real Cédula firmada por el Rey Carlos I en Valladolid con fecha del 24 de diciembre de 1522. Gracias a ella A Coruña adquiría la exclusiva de organizar las expediciones que irían “a las yslas de Maluco y a otras partes donde huviese espeçiería”. Las varias expediciones que se emprenden desde la Casa de Contratación coruñesa serán alentadas por el conde Fernando de Andrade. Salen entre 1525 y 1529 cuatro expediciones al Pacífico oriental, participando, según las expediciones, banqueros alemanes, españoles y flamencos.

 

La primera, dirigida por Esteban Gómez, navegante de origen portugués, se hace a la mar en marzo de 1525 con la finalidad de buscar un nuevo paso en la parte norte del continente americano que permita ir a las Molucas. Tras recorrer infructuosamente la costa desde Florida a Terranova, tiene que regresar al puerto del que había salido.

 

La segunda expedición, bajo el mando del comendador García Jofre de Loaysa y que tenía como piloto a Juan Sebastián Elcano, está compuesta por siete navíos, que salen al mar el 24 de julio de 1525. Antes, el Rey Carlos I le había concedido al comendador el título de Capitán General de la Armada y Gobernador de las Islas de Maluco, como se recoge en un extenso documento del que se reproduce un extracto:

 

Por cuanto Nos mandamos ir al presente una armada á la continuación y contratación de la especiería á las nuestras islas del Maluco, donde habemos mandado que se haga el asiento y casas de contratación... por ende acatando la persona y experiencia de vos Frey García de Loaisa, Comendador de la orden de san Juan, que sois tal persona que guardareis nuestro servicio, é que bien y fielmente entendereis en lo que por Nos vos fuere mandado y encomendado; es nuestra merced y voluntad  de vos nombrar, y por la presente vos nombramos por nuestro Capitán general de la dicha armada, desde que con la bendición de nuestro Señor se haga a la vela en la ciudad de la Coruña, hasta llegar a las dichas islas, ... y vos damos poder y facultad  para que por el tiempo que nuestra merced y voluntad fuere, podais usar, e useis de los dichos oficios de nuestro Capitán general de la dicha armada, e de nuestro Gobernador y Capitán general  de las dichas islas de Maluco, asi por mar como por tierra ... e hayais y tengais la nuestra justicia cevil e criminal en la dicha armada, y en las dichas islas y tierras de Maluco, asi de naturales dellas, como de todas otras cualesquier personas, asi de nuestros reinos e señoríos, como de fuera dellos que en ellas estuvieren, e de aquí en adelante a ellas fueren, e de las que fueren e anduvieren en la dicha armada... Y es nuestra merced , y mandamos que hayais de salario en cada un año de los que ansi vos ocupárades en lo susodicho... dos mil e novecientos y veinte ducados, que montan un cuento y noventa y cuatro mil y quinientos maravedis, los quales mandamos a nuestros oficiales que  residen en la dicha ciudad de la Coruña en la Casa de Contratación de la especería, que vos den y paguen en esta manera: los ciento y cincuenta  mil maravedis luego adelantados, que es nuestra merced de vos mandar dar con que os adereceis, y proveais de las cosas necesarias para el viage , y lo restante, que se montare en vuestro salario a razón de los dichos un cuento y noventa y cuatro mil y quinientos maravedís por año, a la vuelta que volvais a estos Reinos en llegando a ellos en la dicha Casa de Contratación de la especiería, sin nos pedir nueva libranza para ello...”

 

Las condiciones del viaje provocan la pérdida de varios barcos y sólo una parte da flota cruza el Estrecho de Magallanes. Únicamente la nave Santa María de la Víctoria llega a las Molucas.

 

Durante el viaje por el Océano Pacífico se aleja de la expedición la nave  San Lesmes, con treinta y dos hombres, de los que aproximadamente la mitad eran gallegos, según la relación que publica R. Hervé, extraida a su vez del documento conservado en el Archivo General de Indias de Sevilla (Contaduría, legajo 427, ramo 8, folio 123 ro.-125 vo.):

 

Francisco de Oçes, capitan desta caravela, hijo de Fernando de Oçes, defunto, y de Lionor de Bargas, vecino de Cordova.

Diego Lopez, criado del Francisco de Oçes, fijo de Bartolome Sanches de Monrroy, defunto, y de Mari Lopes, naturales de Monrroy.

Juan de Bolivar, clerico, hijo de Gonzalo de Bolivar, defunto y de Mari Ortis de la Herera, vecinos del Valle de Salzedo.

Bartolomé Dominguez (sobresaliente), hijo de Pedro Domingues, vecino de la Coruña, defunto, y de Maria Alonso, de la feligresia de San Niculas.

Petre Rux, condestable de los lombarderos desta nâo, no tiene padre ni madre.

Johan de Rauman, lombardero, natural de Arrauman, casado con Agueda de Cortynes.

Enrique de Pomar, lombardero, natural de Pomar en Alemania, casado con Beatris de Trabay ques y esta en La Coruña.

Johan Sanches, marinero y piloto de Poniente a Levante, natural de Calis, no tiene padre ni madre.

Ortiño de Alango, piloto de Portugalete, hijo de Ortuño de Alango, defunto, y Maria Ochoa de Butron.

Rodrigo Varela, maestro de la nâo, casado con María Alonso, vecino de La Coruña en la feligresia de San Jorje.

Pedro Guerra, contramaestre de la dicha nâo Santo Lesmes, casado con Sancha de San Pedro, de la feligresia de Santo Tomas.

Johan Dasagras, marinero y despensero, hijo de Pedro Rodrigues e de Maria Dasagras, vecinos de La Coruña, de la feligresia de Santo Tomas.

Gonzalo Yanes, vecino de La Coruña, marinero y carpintero, casado con Yñes Calada, de la feligresia de San Jorje.

Fernendo de Baldayo, calafate, vecino de La Coruña, casado con Maria Alonso, a la colación de San Jorje.

Gonzalo Fernades, marinero, casado con Yñes Fernandes, vecino de La Coruña, de la feligresia de San Nicolas.

Johan Garcia, marinero, hijo de Fernan Garcia y de Maria des Fernos, vecinos de La Coruña, de la feligresia de San Niculas.

Johan Lopes, de La Coruña (marinero), casado con Maria Fereyrina, de la feligresia de San Jorge.

Alonsa de Parga, marinero, vecino de La Coruña, casado con Constança Orves, de la feligresia de San Niculas.

Alonso Rodrigues, marinero, vecino de La Coruña, casado con Maria Domingues, de la feligresia de San Niculas.

Juan de Arratran, marinero, natural de Bilbao.

Garcia Martin, marinero, vecino del Puerto de Santa Maria, no tiene padre ni madre.

Diego Ollero, marinero, vecino del Puerto de Santa María, casado con Marina Rodrigues.

Pedro Xuares, grumete, no tiene padre ni madre, natural de Bibero.

Pedro de los Casares, grumete, hijo de Fernando de los Casares, defunto, y de Marina Dorada.

Pedro de Sarria, gromete, natural de Maman, de la feligresia de San Salvador, junto de Sarria, no tiene padre ni madre.

Sancho de Turçios, gromete, hijo de Johan de Paços, naturales de Turçios.

Adan de Toro, gromete, natural de San Lucar, no tiene padre ni madre.

Pedro de Valladolid (gromete), natural de Valladolid, no tiene padre ni madre.

Johan de Dios, paje, hijo de Garcia de Dios, defunto, y de Juana de las Fragas, natural de las Fragas, tierra y obispado de Burgos.

Johan Peres, paje, hijo de Diego Allero, marinero, y de Marina Rodrigues, natural del Puerto de Santa Maria.

                 

Por mucho tiempo se especuló sobre su destino final. Su rastro se pierde el 1 de junio de 1526. Según diversas investigaciones pudo ser el primer navío europeo en divisar las costas del nuevo continente australiano. Así, el investigador de ese país Robert Langdon, responsable del Departamento de Manuscritos de la Universidad Nacional de Canberra, publica en 1975 la obra The Lost Caravel en la que a partir de diversas observaciones antropológicas y lingüísticas llega a la conclusión de que que la San Lesmes recorrió el archipiélago de Tumatou, donde divisó por primera vez, entre otras, las islas de Amanu, de Hao y Anaa, y en las que se asentaron algunos tripulantes. El resto, en la misma nave o con otra embarcación local o de nueva construcción, sigue rutas distintas: una parte prosigue hacia el archipiélago de Sociedad (isla de Raiatea) y a las Cook, para llegar posteriormente a las grandes islas de Nueva Zelanda; otro grupo se dirige desde Anaa hacia el levante, llegando a Raroia, Takume, Napaku, Fangatau, Tatakoto, Nukatuvake y Vahitahi. Para R. Langdon, estas etapas no se cubrieron de un modo continuado; antes, en muchos casos, debieron mediar largas estancias en las islas, en las que algunos mismo afincarían creando así una descendencia, aún perceptible, de sangre mestiza. El profesor de Canberra considera más probable que estos descendientes protagonizaran la migración que él documenta a las otras islas.

 

Una tesis que goza hoy de más predicamiento es la presentada por Roger Hervé, conservador del Departamento de Cartas y Planos de la Biblioteca Nacional de París, en su libro Découverte fortuite de l'Australie et de la Nouvelle-Zélande par des navigateurs portugais et espagnols entre 1521 et 1528, publicado en 1982. En el volumen, a partir de una muy documentada representación cartográfica de un amplio territorio denominado Xava la Grande (que en diferentes mapas de la escuela del puerto normando de Dieppe ocupa el lugar correspondiente al continente australiano, con referencias a su descubrimiento por navegantes portugueses y españoles entre 1521 y 1528), llega a la conclusión de que la ruta tomada por la San Lesmes la llevó hasta las costas de Nueva Zelanda y Australia.

 

Para R. Hervé, el elemento decisivo para el primer avistamiento europeo de Australia es la derrota seguida por la San Lesmes, una vez que se pierde de la flota de Loaysa. Ante la imposibilidad de regresar a España a través del Estrecho de Magallanes, la carabela pone rumbo al sur y descubre la isla de Santa Inés, sobre los 53º de latitud austral, llega después al estrecho de Drake y las islas Shetland del Sur, no lejos de la Antártida. Vientos del sureste obrigan a la nave a tomar la dirección noroeste, lo que le permite concluir tan larga etapa avistando a las Antípodas y, finalmente, la costa suroriental del archipiélago novocelandés. La información cartográfica diepperiana le permite a Hervé concluir que el avance hacia poniente le aconsejó a Alonso de Solís, a la sazón capitán de la San Lesmes, navegar en busca de las Molucas, por lo que aprovecha el viento favorable que le lleva a las aguas meridionales de Australia. La tripulación desembarca en la isla de Tasmania y, posteriormente, pasa a la tierra continental del actual estado de Victoria (desembarcando quizás cerca de las dunas de Warnambool). Prosigue su viaje a lo largo de la costa oriental de Australia hasta el extremo septentrional de la península de York, permaneciendo por un tiempo en la badía de Rockhampton, zona abundante en topónimos en las cartas dieppesas.

 

Apunta el investigador francés la posibilidad  de que a la altura de 1528, en un punto indeterminado de la Australia septentrional, se encontrasen los supervivientes de la San Lesmes con la segunda expedición portuguesa capitaneada por Gomes de Sequeira. Se apunta  como posible que la memoria de estos descubrimientos se haya  perdido por la rivalidad con los portugueses, que disputaban a España la posesión de las Molucas. Como insiste Hervé, muchos de los descubrimientos permanecieron ignorados y guardados bajo siete llaves en el Archivo de Indias de Sevilla por motivos de seguridad del Estado. Un recuerdo confuso de esta navegación sólo aparece en textos portugueses de la época. Y tenemos también la mención enigmática del planisferio de Petrus Plancius, de 1592 sobre “los descubrimientos hechos en el Océano Austral por un navío español separado de su flota”. Esta mención no recibió nunca explicación hasta este momento. Tendríamos, pues, en los tripulantes de la nave salida del puerto coruñés en 1525 los primeros europeos en pisar territorio australiano.

 

Una tercera expedición, formada por tres naves capitaneadas por Diego García de Moguer, sale del puerto gallego de Fisterra, pero se va a limitar a la exploración del estuario del Río de la Plata y la costa argentina.

 

La cuarta expedición, organizada por Simón de Alcazaba, no llega a salir, a pesar de que este marino de origen portugués crea en el puerto de A Coruña unos astilleros para construir las naves con las que pretendía hacer el viaje.

 

Ante el fracaso de estas expediciones y las presiones de Lisboa, el Rey le cede a la Casa Real Portuguesa (Tratado de Zaragoza, 1529) los derechos sobre las islas de la Especiería, motivo por el que desaparece la Casa de Contratación de la Especiería de A Coruña.

 

Esta primera mitad del siglo se completa con la expedición de Miguel Noble, contramaestre de la nave Santiago, de 144 toneladas de arqueo. El barco se dirige desde México, en 1536, a prestar ayuda a las tropas de Francisco de Pizarro, que estaban en Perú. Una vez auxiliadas y de regreso, en el mes de abril de 1537 el capitán del Santiago, Hernando de Grijalva, decide adentrarse en el Océano Pacífico en busca de nuevas tierras. Después de varios meses de navegación sin hallar ninguna traza de tierra firme, y terminadas las provisiones, la muerte se ceba en la tripulación, falleciendo el propio capitán; otras fuentes hablan de un motín a bordo. Fuera como fuera, se pone al mando del navío a Miguel Noble, que recorre la costa de Nueva Guinea e islas próximas como Supiori, Ninigo, Japen y Biak. Varios de los marinos deciden quedarse en Nueva Guinea, entre los que se encuentra el propio Miguel Noble, donde son apresados por los papúas y, posteriormente, pasan al servicio de los portugueses.

 

En la segunda mitad del siglo XVI destacan las expediciones organizadas por Alvaro de Mendaña y Neira, noble de reconocido origen gallego (hoy cuestionada por algunos historiadores de la comarca leonesa del Bierzo, limítrofe con Galicia), que van a permitir el descubrimiento de las Salomón y de las islas Marquesas y de Santa Cruz. Las expediciones  protagonizadas por Alvaro de Mendaña se comprenden mejor  si las situamos en el marco de las expectativas despertadas en diversos escritos contemporáneos.

 

A mediados de la centuria se extienden una serie de leyendas que hablan de enormes riquezas en lugares del Pacífico como Havachumbi y Ninachumbi. Señala A. Landín que el prelado y político Pedro de La Gasca pudo alentar esas conjeturas en el escrito que, como presidente de la Audiencia peruana, remite al Rey el 2 de mayo de 1549, y en el que le informa que “parece que esta mar del Sur está sembrada de islas muchas ... y podría ser que en las que están debajo de la equinoccial, o cerca della, hubiese especería, pues están en el mismo clima que las de los Molucos”.  Años después, alrededor de 1553, el historiador Pedro Cieza de León, en La Guerra de Quito, escribe: “Noticia muy grande se tiene, entre los bárbaros moradores de los valles que están entre los arenales confinantes a la mar austral, que hay muy grandes islas, pobladas de gentes ricas y abastadas de muchos metales de oro y plata, y bien proveidas de arboledas fructíferas y de otros muchos mantenimientos”.

 

El clima creado propicia que surjan expediciones desde la costa peruana que tratan de buscar estas nuevas tierras. Entre esas tentantivas se organizan en 1561, gracias al apoyo del gobernador de Perú, los primeros preparativos para una, que fructificarán con la salida, seis años más tarde, de los navíos Los Reyes y Todos los Santos (con un porte respectivo de trescientas y doscientas toneladas). Al frente de esta pequeña flota figura Alvaro de Mendaña y Neira, sobrino del gobernador Lope García de Castro, y en la misma se enrolan los navegantes gallegos como el piloto mayor, Hernán Gallego, el escribano y factor real Gómez Fernández Catoira y Pedro Sarmiento de Gamboa, destacado marino pontevedrés quien más adelante tendrá un importante papel en una serie de descubrimientos en la zona del Estrecho de Magallanes. Después de varios avistamientos de islas menores llegan a las Salomón, estableciéndose en la bautizada como Santa Isabel. Sarmiento, como cronista de la expedición, relata el avistamiento de tierra en los siguientes términos, según el manuscrito que se conserva en el Archivo de Indias: “Del miércoles al jueves 15 de enero por el Oeste guiñado a la cuarta del Sudueste 20 leguas, altura 7 grados escasos Este, ya fue Dios servido de consolarnos con vista de tierra, la cual vido un moço llamado Trejo desde la gavia, como a las nueve horas del día, la vuelta del Sudueste y certificados que era tierra, con grandísimo regocijo dimos gracias al Señor y cantamos en alta voz el Te Deum laudamos, suplicándole nos diese su gracia para que le acertásemos a servir en tan gran negocio como empeçábamos, descubriéndose nuevas tierras a donde se divulgase y predicase la palabra evangélica. La tierra que vimos era pequeña y baja, y por esto el piloto Hernán Gallego no quiso arribar sobrella, diciendo que él no la quería tomar porque despoblada y sin provecho. Pedro Sarmiento, como entendió esto, dixo a voz alta que fuesen a ella y que era poblada, que de allí podrían tomar guía y lengua para lo adelante y que pues que no venían sino a descubrir y no a barloventear... “.

 

En la Santa Isabel construyen un pequeño bergantín, Santiago, que les permitirá conocer el resto del archipiélago y llegar y explorar islas como Ramos, Galera, Buenavista, Guadalupe, Sesarga y Guadalcanal, esta última la más importante y a la que deciden transladar a su centro de operaciones. Pero en Guadalcanal se producen enfrentamientos con los nativos, cayendo en combate varios españoles. La conclusión es que los supervivientes cambian su base, instalada ahora en la isla de San Cristóbal, desde la que continúan realizando nuevas expediciones. El propio Alvaro de Mendaña, en su relación que se conserva en el Archivo de Indias de Sevilla, introduce también aspectos antropológicos de los indígenas:

 

“Hay en esta isla diferentes colores de indios; unos son de la color de los del Pirú y otros negros y algunos blancos, son los que salen poco de sus casas, y muchachos. Enrízanse todos y enrúbianse muchos, y algunos son rubios de su natural. Las mujeres son de mejor gesto y aún más blancas que las indias del Pirú, pero aséanse muchos por tener los dientes negros, que de industria los tienen, ansí hombres como mujeres; los niños y las niñas son de buen gesto, y no parecen tan mal por tener los dientes blancos. Traen las mujeres corto el cabello, que no les llega a los hombros, y muy rubio. Los indios se trasquilan de muchas maneras: unos con coronas, como frailes, otros se cortan el cabello como nosotros, otros se trasquilan casi media cabeza de hacia el colodrillo, otros dejan un pedazo de cabello que parece una gorra puesta de lado, otros dejan unas guedejas que les crecen tanto que, de encima de la oreja, llega hasta debajo de los pechos, y traenla hecha una trenza, otros no se trasquilan y hacen unos rizos a manera de tocado, que enrizan el cabello por las puntas por un lado y por otro, hasta llegar sobre las orejas, y después hacen otro rizo muy menudo por medio de la cabeza, que toma del colodrillo a la frente...

 

Traen la lengua y labios muy colorados y se los colorean con una hierba que comen, que tiene la hoja ancha y quema como pimienta, y con cal se hacen de lucayos blancos, que es una piedra que se cría en la mar como el coral; mascando esta hierba y teniendo desta cal en la boca, hecha un zumo colorado que es el que les hace tener siempre muy colorada la lengua y labios, y también se pintan con este zumo la cara por gallardía. Aunque más que en esta hierba, no se tiene el zumo colorado si no le mezclan con la cal dicha”.

 

Y continúa:

 

“La música que ellos tienen son muchos canutillos de cañas juntos, puestos por su orden, unos mayores que otros, a manera de órgano, los cuales tocaban con la boca, como quien toca pífano, y unos caracoles grandes a que ellos llaman coflís. Luego mandé que tocasen alguna trompeta y pífano, y después cantaron algunos soldados, tocando una vihuela; admiráronse de ver nuestros instrumentos, y más de oír cantar. Danzaron luego, que son muy amigos de danzas, y como yo les daba algunos regalos y les hacía buen tratamiento y les mostraba mucha amistad, me venían a ver cada día, aunque con poca comida; y cada vez que venían al navío traían sus armas”.

 

Ante la situación creada con los indígenas y las dificultades para su instalación deciden regresar a América, optando por realizar una travesía por el norte del Pacífico, lo que les permite descubrir algunas islas pertenecientes al archipiélago de las Marshall y San Francisco (actual Wake). Pedro Sarmiento de Gamboa pretendía seguir una ruta más meridional, que según su teoría los aproximaría a una gran masa de tierra firme, presumiblemente el continente australiano.

 

El deseo de hacer un asentamiento en las Salomón obliga a Mendaña a desplazarse a España, donde presenta en mayo de 1572 una petición en tal sentido al Consejo de Indias. Por fin, la autorización real del 27 de abril de 1574 le garantiza a Álvaro de Mendaña el derecho a poblar aquellas islas. Trasladado de nuevo a América, la nueva empresa no prospera por la enemistad con el nuevo virrey y por problemas económicos, y se retrasa hasta 1595. En este año sale una nueva flota formada por las naves San Jerónimo y Santa Isábel, el galeote San Felipe y la fragata Santa Catalina, que llevan embarcadas a un total de trescientas setenta y ocho personas; entre estas se encuentran varios niños y mujeres, ya que la intención última de la expedición era instalar una colonia permanente. Acompañaban a Mendaña varios miembros de su familia, su mujer Isabel Barreto y tres hermanos de ella. En esta flota figura como piloto mayor Pedro Fernández de Quirós, portugués al servicio de España que es bautizado por Carlos Prieto como el Don Quijote del Océano por su actuación en una expedición posterior que lo llevará a descubrir nuevas tierras que él nombra Austrialia en honra de su monarca Felipe III de Austria.

 

Esa armada sale el 9 de abril del puerto de Paita (Perú) y, después de aprovisionarse en diferentes puertos de la costa norte, se adentra en el océano el 16 de junio, trazando un rumbo oeste-sureste. En esta travesía va a llegar a un nuevo archipiélago bautizado como Marquesas de Mendoza, actuales Marquesas, dando nombre a islas como la Magdalena (la actual Fatu Hiva), San Pedro, Mohotani, Domínica, Hiva Oa, etc. En la crónica del viaje se describen así los habitantes de ellas:

 

“Casi blancos y de muy gentil talle; grandes, fornidos, membrudos, bueno el pie y la pierna, y maños con largos dedos; buenos ojos, boca y dientes, y las demás facciones; de carnes limpias, en que mostraban bien ser gente sana y fuerte; hasta en el hablar eran robustos. Venían todos desnudos, sin parte cubierta; los cuerpos y rostros todos muy labrados con un color azul, y dibujados algunos pescados y otras labores; los cabellos como mujeres, muy crecidos y sueltos, algunos los traían torcidos y con ellos mismos daban vueltas; eran muchos de ellos rubios y había lindos muchachos, que cierto para gente bárbara y desnuda era el gusto el verlos, y había mucho de que alabar a su Criador”.

 

En su camino hacia las Salomón continúan encontrando más tierra firme, como las islas  San Bernardo (hoy en día islas Danger) y la Solitaria (Nurakita), pero durante el viaje pierden la nao capitana y, tras atracar en la Santa Cruz (en la actualidad Nendo), estalla una epidemia entre la tripulación que afecta al propio Álvaro de Mendaña, quien fallece el 18 de octubre de 1595 después de dictar testamento en el que nombraba a su mujer, Isabel Barreto, como adelantada y gobernadora de las tierras recién descubiertas. El puesto de capitán general lo ocuparía su hermano Lorenzo Barreto, aunque por muy breve tiempo pues muere de un flechazo pocos días después. Isabel Barreto asumirá también el puesto de capitana general de la flota.

 

La decisión es embarcar, y después de una primera tentativa fracasada por llegar a las Salomón Isabel Barreto pone proa hacia Manila. La epidemia, sin embargo, se negaba a abandonar  a los exploradores, lo que ocasiona la pérdida del San Felipe y la Santa Catalina. Tras recorrer las Carolinas orientales (Ponape) y las marianenses de Rota y Guam, la San Jerónimo y la Santa Isabel llegan a la costa filipina, hondeando en la bahía de Manila el 11 de febrero de 1596. En esta ciudad Isabel Barreto volverá a contraer matrimonio, en mayo del citado año, con Fernando de Castro, natural de as Nogais (aldea de la provincia gallega de Lugo), caballero de la orden religiosa de Santiago y sobrino del gobernador y capitán general de las Filipinas, el también gallego Gómez Pérez das Mariñas Ribadeneira. El matrimonio emprende viaje de retorno y arriba a Acapulco, para establecerse posteriormente en Perú, donde Fernando de Castro fue gobernador y justicia mayor de Castrovirreina.

 

Los avatares de la segunda expedición de Mendaña  se convirtieron en material literario pues constituyen el motivo central de la novela de Robert Graves Las islas de la Imprudencia, publicado originalmente en 1949 y que fue traducida al castellano en 1995.

 

En diciembre de 1605 Pedro Fernández de Quirós, que había sido poloto mayor en la segunda expedicción de Mendaña, salía del puerto de El Callao con la misión de concluir la colonización hasta entonces fallida de las Salomón. Tampoco conseguió Quirós colonizarlas, y lo mismo le pasó con las islas de Santa Cruz, si bien descubrió otras, antes de regresar a la Nueva España, como las de la Austrialia del Espíritu Santo (Nuevas Hébridas). En estas permanece la nave almiranta a cargo de Luís Váez de Torres, quien iba a descubrir el estrecho que separa Nueva Guinea de Australia.

 

En el siglo XVIII, coincidiendo con la época del reformismo borbónico y la necesidad de reafirmar las posesiones españolas frente al expansionismo de otras potencias europeas, surge un renovado interés por las exploraciones en el océano. Así, a mediados de la centuria, y siguiendo las instrucciones del virrey del Perú, Manuel de Amat y Junyent, sale una expedición con la finalidad de explorar las islas pacíficas próximas al continente americano.

 

En estas primeras aventuras marinas participa Cayetano de Lángara y Hugarte, nacido en Ferrol en 1738, quien embarca en el navío San Lorenzo bajo las órdenes del capitán Felipe González de Haedot. En el viaje reconocen la isla de Pascua, también llamada de David o de San Carlos, realizando el primer plano completo y preciso de la misma, en el que se registran todas sus particularidades. Hoy llevan el nombre del marino ferrolano una ensenada y un farallón. Allí dirige el bojeo de la isla.

 

En 1772, y como fruto de esta misma política, salen desde Perú varias flotas para explorar la Polinesia del Sur y más concretamente Tahití, la mayor de las islas de Sociedad. La última de esas expediciones fue capitaneada por Cayetano de Lángara, en 1775.

 

También navega a las costas del Pacífico oriental Francisco Seijas y Lobera, natural de la ciudad gallega de Mondoñedo (Lugo), quien recorre las costas de China y Siam y atraviesa posteriormente el Pacífico.

 

Pero quizás el navegante gallego más destacado en este siglo es Francisco Mourelle de la Rúa. Este hombre, natural de la pequeña aldea de Corme (provincia de A Coruña) y formado en la Escuela de Pilotos de Ferrol, participa en las expediciones a la costa septentrional de América y llegó a las costas de Alaska. En 1780 se encuentra en Manila, donde recibe la orden de tomar el mando de la Princesa, con la que debe atravesar el Pacífico hasta la costa de México. Durante esas singladuras se ve obligado a seguir un rumbo más meridional que el habitual, por el Pacífico Norte, para intentar huir del asedio de la flota inglesa. Su experiencia por esa nueva vía marítima le permitirá realizar abundantes descubrimentos geográficos que con el paso del tiempo serán retomados por outros navegantes. Durante su derrota descubre las Ninigo, dentro del archipiélago de las Bismarck, y más tarde los islotes Ermitaños, los Monges y Anacoretas, la isla de José Basco (del grupo del Almirantado) y la actual Mussau. Una vez rodeada la costa norte de Nueva Irlanda y el archipiélego de Tonga, decide cambiar de rumbo ante las dificultades en su avance hacia el este, y pone rumbo a Guam para seguir la ruta habitual del hemisferio norte.

 

El protagonismo español, y gallego, en estos mares se mantendrá hasta que, ya definitivamente tras la finalización de la guerra de los Siete Años en 1763, Gran Bretaña se convierta en la potencia hegemónica en el Pacífico. Se inicia ahora la segunda gran expansión europea, que hará de las expediciones científicas la vanguardia de la lucha mercantil y estratégica de las naciones europeas en el Pacífico. Como anota a este respecto J. Pimentel, “una ciencia puesta al servicio de la política expansiva europea iba a conducir a Cook hasta la misma orilla de ese gran sueño que por siglos fue la tierra australis incognita”.

 

Tras la expedición del capitán Cook, en agosto de 1788 arriba a la costa oriental de Australia la primera enviada por el Gobierno inglés, compuesta por once navíos y mil quinientas personas, de las que quinientos cuarenta y ocho hombres y ciento ochenta y ocho mujeres eran reclusos deportados. El establecimiento de los ingleses en este continente fue considerado un agravio jurídico por parte de España y una amenaza militar y comercial para sus posesiones americanas y oceánicas. Hasta 1790 España no renuncia a los derechos que consideraba le correspondían por las antiguas bulas pontificias. Al tiempo, organizaba también su expedición científica y política que partía de Cádiz en julio de 1789 bajo el mando de Alejandro Malaspina, y que tenía como uno de sus objetivos el de reconociemiento del peso específico que el gran océano estaba desempeñando en la geoestrategia colonial del momento.

 

Pocos años después el destacado naturalista Alejandro von Humboldt, con motivo de su viaje a América que realiza entre 1799 y 1804, rendía homenaje a la presencia de España en el Pacífico con estas palabras en las que resalta también los descubrimientos protagonizados por marinos gallegos de origen:

 

“... No se puede negar que bajo los reinados de Carlos Quinto, Felipe II y Felipe III, los virreyes de Mégico y del Perú promovieron un gran número de empresas capaces de ilustrar el nombre español. Cabrillo, en 1542, visitó las costas de Nueva California o de la Nueva Albión, hasta los 37º de latitud. Gali, extraviándose al norte, a su regreso de la China á las costas de Mégico, descubrió en 1582 las montañas de la Nueva Cornualles, cubiertas de hielos eternos y situadas hacia los 57º 30´norte. La expedición de Sebastián Vizcaino reconoció las costas entre el cabo San Sebastián y el cabo Mendocino.  En 1542, Gaetaño había encontrado algunas islas esparcidas, inmediatas al grupo de las islas Sandwich: y es indudable que aun este último grupo fue conocido de los españoles mas de un siglo antes de los viages de Cook, pues la isla de la Mesa, indicada en un antiguo mapa del galeón de Acapulco, es idéntica con la isla Owhuhee en la que sobresale la alta montaña de la Mesa o Mauna-Loa. Mendaña, acompañado de Quirós, descubrió en 1595, el grupo de islas conocido con el nombre de las Marquesas de Mendoza, o islas de Mendaña, que comprende San Pedro ú O-Nateya, Santa Cristina, ó Waaitaho, la Dominica ú O-Hivahoa y  la Madalena. A estos mismos intrépidos navegantes debemos el conocimiento de las islas de santa Cruz de Mendaña, que Cateret ha llamado islas de la reina Carlota; el archipiélago del Espíritu Santo de Quirós, que son las Nuevas Ciclades de Bougainville y las Nuevas-Hébridas de Cook; el archipiélago de las islas de Salomón de Mendaña, que Surville ha llamado las Arsácides; las islas Dezena (Maitea), Pelegrino (Scylly-Island de Wallis), y probablemente tambien  O-Taití (la Sagitaria de Quirós), que todas tres hacen parte del grupo de las islas de la Sociedad. ¿Será, pues, justo decir que los españoles han atravesado el grande océano sin reconocer ninguna tierra, si tenemos presentes la gran masa de descubiertas que acabamos de citar y que fueron hechas en una época en que el arte de la navegación  y astronomía náutica estaban muy distantes del grado de perfección que han adquirido en nuestros días? Vizcaino, Mendaña, Quirós y Sarmiento merecen sin duda ser colocados al lado de los más ilustres navegantes del siglo décimo octavo”.   


 

 

 

 

 

 


 

PRESENCIA y REALIZACIONES EN AUSTRALIA de un GALLEGO SINGULAR. ROSENDO SALVADO (1814-19OO)

 

“Era Dom Salvado corto de estatura, pero de complexión recia y robusto, como la nudosa encina de su región nativa, Galicia. Mentalmente poseía la proverbial vivacidad, prudencia, agudeza y tenacidad de su raza. Toda su conducta denotaba un espíritu indomable al servicio de una naturaleza de hierro. Brillaban sus ojos con resplandor y su voz era potente y bien modulada, como otorgada a la vez para el mando y el canto de las divinas alabanzas” Dom Eugenio Pérez O.S.B.

 

Las palabras anteriores de uno de los más destacados biógrafos de Rosendo Salvado bien pueden servirnos de presentación de un notable personaje de desbordante humanidad, con una rica trayectoria vital que proyecta más allá de su indudable vocación misionera.

 

 Lucas José Rosendo Salvado i Rotea nació en Tuy (Pontevedra), el 1 de marzo de 1814. Sus padres, D. Pedro Bernardo y Dna. María Francisca, tenían ya cinco hijos; tres de ellos serían sacerdotes y uno, de nombre Santos, transcurridos los años sería también misionero benedictino en Australia por un cierto tiempo, hasta que las enfermedades le hicieran retornar a España.

 

Sus primeros estudios eclesiásticos los inicia, siendo todavía un niño, en el Seminario de su ciudad natal. Destaca ya, según señalan sus biógrafos, por su afición a las letras y a las artes, y en especial muestra una temprana predilección por la música, que de tanta utilidad le sería, después, en su relación con los aborígenes australianos. A los quince años ingresa en el convento de San Martín Pinario, monasterio benedictino de Santiago de Compostela. Era el día 24 de julio de 1829. Al año siguiente toma el hábito de los monjes negros y pronuncia sus primeros votos como fraile benedictino.

 

A fin de que sus excepcionales aptitudes musicales no se malograsen, el abad de San Martín Pinario le propuso a Rosendo Salvado trasladarse al Monasterio de San Juan de Corias (Asturias) para estudiar bajo la dirección de Fray Juan Copa, el mejor organista que tenía la Orden Benedictina. Sólo dos años le bastaron para regresar a San Martín Pinario como organista.

 

Pero enseguida, a consecuencia del proceso desamortizador del clero regular que se inicia en España con la revolución liberal, Fray Rosendo y su hermano Santos, ya monje profeso en el mismo convento, volvieron a la casa paterna de Tuy y reanudaron de inmediato sus estudios en el seminario de su ciudad natal. De sus excepcionales aptitudes musicales se guarda una pequeña muestra en el Archivo Histórico Diocesano de Tuy donde se conservan arreglos y composiciones propias como “Fantasía, Variaciones y final para piano-forte” o “Pequeño entretenimiento con aire de marcha para piano-forte”.

 

En 1838 embarca en Vigo en dirección a Nápoles, siguiendo así los pasos del que sería su compañero y hermano de hábito y en el episcopado, Fray José Benito Serra, y retoma allí el hábito benedictino en el monasterio de la Cava.

 

A los pocos días de llegar al Monasterio de la Cava (Nápoles), ya era nombrado profesor de música y a los tres meses ordenado presbítero, con el cargo de organista. Entra en contacto con los centros musicales de Italia y en seguida consigue un excepcional prestigio. Recoge su biógrafo Dom Eugenio Pérez (en La Misión de los benedictinos españoles en Australia Occidental. 1846-1900) que “nadie que visitara la capital de las Dos Sicilias, Nápoles, se marchaba sin ir primero a Cava para admirar la dexteridad del fraile filarmónico y las melodiosas vibraciones de su instrumento, considerado, no sin razón, como el primero de Italia”. El 23 de febrero de 1839 se ordenó sacerdote. En ese momento contaba ya con una sólida formación en geografía, historia natural, medicina y otros conocimientos de los que hará gala en sus Memorias Históricas sobre la Australia. Recoge su biógrafo Dom Eugenio Pérez que “destinado en sus primeros años a los estudios musicales, le dedicó sólo el tiempo imprescindible a los de filosofía y teología, pero –añade- adquirió todos los conocimientos que se podían esperar de un obispo misionero”; y haciendo un balance de la que sería su personalidad, añade: tenía, sobre todo, amplia experiencia de los hombres y de los asuntos humanos. Una mente clara y un sentido práctico hacían su conversación agradable, útil, original y rica en imágenes y símiles. Sus escritos en español, italiano e inglés, tienen el sello de una poderosa personalidad.

 

         Salvado y Serra consiguen del Vaticano, tras varias tentativas, autorización para trasladarse a Australia en la misión del reverendo Juan Brady, vicario general de la diócesis de Swan River desde 1843. El día 8 de junio de 1845 embarcaron en el vapor “Istria” para iniciar una larga travesía, que incluía breves estancias previas en Francia e Inglaterra. Desembarcaron en Marsella, continuando el viaje por tierra a Lyon y París, donde el Padre Salvado captó numerosos pretendientes entre los benedictinos, pero sólo obtuvo el consentimiento de embarque el novicio Fray Leandro Fontaine. El 21 de julio llegaba la expedición a Londres y dos días después partían para el monasterio benedictino de Downside, a doscientos kilómetros al oeste de la capital donde perfeccionaron la lengua inglesa.

 

En el mes de septiembre de 1845 zarpaba del puerto de Gravesand la fragata Elizabeth con la expedición misionera dirigida por el obispo Brady hacia Australia. En total viajaban treinta y ocho personas de las que sólo eran españoles los Padres Salvado y Serra. El siete de enero de 1846, al anochecer, la Elizabeth llegaba a la bahía de Fremantle en Australia; al día siguiente volvieron a embarcar para remontar el río Swan hasta Perth.

 

 Los misioneros con el obispo Brady al frente decidieron que el mejor método para iniciar la conversión de los aborígenes era seguirlos en sus desplazamientos. En cumplimiento de su misión, Rosendo Salvado establecerá rápidamente contacto con los aborígenes, internándose en el bush (término del inglés australiano referido al espacio dominado por el desierto y la sabana y no incorporado a la “civilización”), superando con sus variados recursos la dificultad inicial que representaba la trashumancia de los nativos en busca de su maraña, de su alimento. Muchos años después, en su Informe de 1882 escribía Salvado que los nativos de Australia Occidental se veían “forzados a llevar una vida nómada porque el país no ofrece árboles ni plantas con frutos comestibles para la diaria dieta humana y tiene que depender de la caza para subsistir. Las piezas no son abundantes ni se hallan en zonas definidas, especialmente cuando las persiguen asiduamente los cazadores. Por eso los aborígenes son tan nómadas como ellas... Por el mismo motivo no pueden formar comunidades numerosas; y cada familia se ve obligada a llevar una existencia nómada y solitaria...”.

 

 Por consejo del explorador católico capitán Scully (colono irlandés que tanto había de favorecer al Padre Salvado y a su Misión), Serra y Salvado deciden que el territorio de Nunga-Dunga es el lugar apropiado para centrar la empresa evangelizadora; un territorio situado en la región denominada Victoria Plains, región con un suelo rico y apropiado para el cultivo. Era el uno de marzo de 1846.

 

El obispo Brady dividirá la colonia de Swan River, a efectos eclesiásticos de su diócesis, en tres Misiones: Norte, Sur y Centro, correspondiendo esta última a los dos benedictinos españoles, asistidos por el novicio Leandro Fontaine y el postulante irlandés Juan O´Gorman. Este grupo reducido poco después a los dos españoles por la muerte de sus acompañantes, fue el único que no fracasó en la empresa encomendada. En los primeros momentos contaron con el apoyo del capitán Scully que se brindó a transportar alimentos y vituallas hasta el lugar que el  habbía señalado  como más propicio para la Misión.

 

El domingo día 1 de marzo, relata Santiago R. Rodríguez en su biografía del fraile benedictino titulada El Padre salvado. Un gallego civilizador de Australia, publicada en Madrid en 1944, celebraron los benedictinos su primera misa en el lugar de Nungadunga, en los campos que iban a misionar. Esta es en cierto modo la fecha crucial de la Misión de Nueva Nursia, no sólo por la celebración religiosa, sino por el abandono total en el que quedaron los misioneros. Y señala que aunque en el padre Serra residía oficialmente la autoridad, “desde el primer día el padre Salvado fue acatado como caudillo de la Misión”. Años después (como se puede comprobar en el Informe 1882 que se conserva en Nueva Nursia), escribiría Salvado relatando esta experiencia: “No teníamos la más mínima idea –ni nadie nos podía ilustrar- de la vida y costumbres de los aborígenes australianos. Al desembarcar en Australia, pudimos constatar que las opiniones eran muy variadas entre los colonos europeos. Llegué pronto a la conclusión de que la mejor manera de realizar nuestra labor era la de ponernos en contacto directo con ellos en el bush, donde los males de la civilización europea no habían penetrado todavía”.

 

El mismo Salvado anota que, para animar a sus compañeros, expresó en voz alta su plan de actuación que, según sus propias palabras consistiría en: “Juntaremos los salvajes que encontremos, conviviremos con ellos, llevaremos su vida nómada hasta que encontremos tierras propicias. Allí les enseñaremos con nuestro propio ejemplo cómo se labra la tierra y los fijaremos a ella. Estudiaremos su lengua, sus modales y sus costumbres, y cuando ya seamos tan “salvajes” como ellos, les hablaremos de Dios y los traeremos al redil de la Religión, y acaso encontremos en ellos futuros hermanos en el apostolado que nos ayuden a convertir a sus congéneres. Y una vez puestos los cimientos de la Misión, ya no precisaremos avanzar más en el bosque ni a través de las llanuras; tendremos un centro de atracción que obrará como mancha de aceite y, poco a poco, acudirán las hordas a la fe y al amor de Jesucristo”.